Arte-fastos

Rojas Oña, cantor del paisaje

Miguel Rojas Oña, "más que pintar canta en sus cuadros toda la bravura del flamenco"

«Pueblo», de Rojas Oña.

«Pueblo», de Rojas Oña. / ROJAS OÑA

José Manuel Sanjuán

José Manuel Sanjuán

Hacía mucho que no tenía noticias del pintor Miguel Rojas Oña. Lo vi por casualidad en una página web de información local, que también incluye enlaces a otras secciones provinciales y nacionales. Y ahí estaba, este malagueño nacido en Alozaina hace 83 años con el mismo semblante risueño, tan campechano como siempre. Aparecía en una fotografía con otro pintor, Antonio Quero, en el CEIP Manolo Garvayo, de Málaga, invitados a compartir, ante alumnos de distintos cursos, sus experiencias en el mundo del arte, donde hablaron de motivaciones y dificultades, dudas y certezas, logros y renuncias. En agradecimiento, los dos autores donaron sendos cuadros al Centro; y el de Rojas Oña, según consta en la entradilla, era «un óleo de un pueblo de la provincia de Teruel».

Aunque el cuadro no se aprecia con nitidez, sí comprobamos que se trata de un rincón urbano, en formato vertical: una calle en subida, flanqueada por dos tapiales enjalbegados, que desemboca en un edificio monumental, de corte civil o religioso. Pero más que el motivo me interesa destacar la técnica, que intuyo de contornos precisos y contrastes cromáticos; una figuración correcta de bella factura y equilibrada composición. Dado el carácter afable del pintor, podríamos pensar, al igual que el crítico José Mayorga, que «es su espíritu el que aflora a estos cuadros, que por eso resultan teñidos de elegantes texturas». Y siendo cierta esta reflexión, que data de 1976, no podemos olvidar su otra versión de la Naturaleza, a contracorriente del luminismo al uso; aquélla que a finales de los setenta, cuando lo conocí como miembro del colectivo Nueve Pintores, sorprendía en galerías malagueñas y valencianas: una visión bronca y áspera del paisaje rural.

¿Bronca y áspera? Quizá el tiempo haya mitigado su dicción pictórica, o la evolución lógica que, con frecuencia, decanta formas y aplaca temperamentos; pero estoy convencido de que en el fondo de esa calle turolense, como en otros lienzos recientes que espero ver, aún late ese paisajista de veta brava (los estilemas no desaparecen nunca), de pincelada densa, huidiza o compacta, magistral en el uso de ocres y pardos, castellanos, casi solanescos de no ser por la luz que los envuelve y tamiza, especialmente en los celajes. Caseríos, sembrados, rebalajes y, sobre todo, pueblos en la lejanía, quedan sustanciados, marcados por un sentir atávico, profundo, compendio de fuerzas telúricas que no admiten presencia humana o detalles superfluos. Una pugna sapientísima de tonos y contrastes, valores y esencias, que no pasó desapercibida para la crítica y el público de aquellos años; ni siquiera para Antonio Domínguez Ortiz, el gran hispanista, que, para un catálogo de 1981, escribió que Miguel Rojas Oña, «más que pintar canta en sus cuadros toda la bravura del flamenco». Y no le faltaba razón.