Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Entrevista | Dani Rovira Cómico y actor

"Creo que soy una persona excepcional, pero me di y me regalé tanto, que acabé seco"

El malagueño Dani Rovira está en los cines con la singular comedia 'Playa de lobos' y pronto regresará a su tierra para su tradicional show navideño en el Teatro Cervantes, esta temporada su monólogo 'Vale la pena'

Dani Rovira, en una imagen de archivo

Dani Rovira, en una imagen de archivo / Pablo Estrada

Elena Pita

Vaya enredo más angustioso en una sola noche y su amanecer… ¿Se consigue no entrar en bucle con un papel como este?

Se consigue, porque se rueda a trocitos y uno tiene muy claras las secuencias del día. Es verdad que cuando la ves armada hay tanto giro sobre giro que puede dar la impresión de que mi personaje se va a volver loco, pobrecito, porque no tiene la información hasta el final.

De hecho, por momentos parece que está volviéndose loco. ¿No lo sufrió usted? Porque el espectador sí lo sufre, eh.

Es de lo que se trata, de provocar emociones. Mi personaje es muy básico, un cachorrillo que siente lo que ve y ve lo que hay. No entiende nada hasta el final. Y sí, una situación así en la vida te puede provocar un brote. Me gusta de la peli que no te puedes atener a nada: es una comedia, no, pero te ríes; es un thriller, no, pero vas a tener el culo apretado; es un musical, no, pero tiene sus momentitos… Entonces, ¿qué cojones es esto? Francella y yo no sabíamos bien lo que habíamos hecho y ¿sabes qué pensé cuando la vi montada? Que es una película rara bien. Y como yo soy muy bizarrillo para el cine, me gustan las pelis que indagan en caminos más oscuros o insondables, estoy muy orgulloso: no es mainstream ni tiene una etiqueta clásica.

¿Muerte a la etiqueta?

Es como tu vida, que son muchas cosas a la vez. A lo largo del día pasas por 12 géneros diferentes. Mola que una peli se libre de los establos.

“Morir no duele porque no te enteras, solo los demás sufren. Lo mismo pasa cuando eres imbécil”, cita atribuida a Albert Einstein y epílogo de la película. ¿Es atractivo hacer de imbécil?, porque lo que hace en la última escena es ya para arrearle, coño…

Es atractivo hacer todo lo que no tenga que ver contigo, es muy divertido desproveer a tu personaje de todo tu background y racionalidad. No es que yo sea el más listo de la clase, pero ya estoy un poquito sacudido de la vida. Es un personaje simple, hay gente que nace en una habitación y cree que ahí lo tiene todo y es feliz, y luego a otros nos gusta abrir puertas y lo vamos complicando todo y llegamos a un conocimiento más vasto. Tiene un punto de clown el personaje, de ese adulto con mirada de niño capaz de cambiar de emoción en cuestión de segundos y que no se guarda nada. Y el otro es el cara blanca, el que tiene la información, usa la ironía y rompe la cuarta pared para decirle al público: dios mío, valiente zote este pavo que se cree que Metáfora es el nombre de mi mujer.

Tiene la muerte algo de muy mágico y conciliador, porque al que se queda le pone frente a preguntas muy profundas a las que no había llegado, y esta reflexión sobre la vida merece mucho la pena

De nuevo un personaje cargado de traumas: “Somos las heridas que sufrimos de niños”, decía a propósito de El campeón, y contaba que llevaba entonces 10 años haciendo terapia: ¿11 ya?, ¿ahí sigue?

Sí, sí, hasta el punto de que estoy estudiando Gestalt, que es una rama especializada en el material regresivo, la herida. Me parece muy enriquecedor. De la niñez arrastras surcos y aprendizajes que, si al hacerte adulto decides trabajarlos, entiendes de dónde viene tu carácter. Es una reconciliación, abrazándote al niño. El ejercicio está en decir: tío, el que provoca todo esto es un niño herido que eres tú, y entonces te haces más autoindulgente. Lo que te pasa es un eco del niño, de hecho yo en casa tengo una foto mía de pequeño y cuando me fustigo miro la foto y me digo: esto se lo estás haciendo a este chaval. Ahí estoy, indagando, con la ayuda también de la profesión.

Que es muy introspectiva en la propia psicología, claro. Pero dígame, ¿esas heridas le habían hecho mucho daño, incluso físico?

No, en absoluto. Todos tenemos traumas, y por suerte las nuevas generaciones de padres que van a terapia o se trabajan ejercen la crianza de forma más consciente. Cualquier frase, aunque te parezca inocua, puede crear un axioma en el niño que luego a ver quién se lo quita. Claro que no tener traumas es también un trauma, que en sí es una invitación a crecer y sanar.

Trauma, sueño y herida en alemán (pura coincidencia de significados). ¿Apunta lo que dice a que sueña con ser padre, consciente?

Ni sí ni no. No lo descarto, pero la terapia que hago no está asociada con ello. También te digo que no debería dormirme en los laureles y que hoy haría una crianza con mucha más presencia y conciencia; mentalmente me pillaría en un momento muy guay.

Estoy estudiando Gestalt, psicología especializada en el material regresivo, la herida. De la niñez arrastras surcos y aprendizajes que, si al hacerte adulto decides trabajarlos, entiendes de dónde viene tu carácter. Es una reconciliación

Estudió Educación Física y Deporte, ¿cuándo se dio cuenta de que tenía alma de cómico?

No hubo un momento exacto, pero si echo la memoria atrás, la pamplina siempre ha estado muy presente en mi vida, mi familia, mi entorno. Fueron pequeños pasos que ya presagiaban algo, no me subí a un escenario de repente delante de mil personas: me saqué el título de ocio y tiempo libre, fui monitor de campamento, hacía animación infantil, típico payaso de bodas, bautizos y comuniones, y cuando empecé con la improvisación y el cuentacuentos me di cuenta de mi vis cómica. Pero luego hay que profesionalizar la pamplina encima del escenario. Fue un camino muy sutil, de escaloncitos muy progresivos; desde los 16 años ya estaba frente al público, aunque fuera en un banquete o una asamblea de campamento o en una tetería ante 60 personas. La comedia se me salía, aunque no quisiera: vale, tengo gracia, qué le hago.

¿Y de niño ya le salvaba el humor?

Sí, sí, sí, mi hermano pequeño y yo éramos tremendos. Lo mamamos de mi abuela, mi madre, mis tíos; nos juntábamos los cuatro hermanos a comer y siempre había una base de cachondeo: rompiendo los malos rollos con una broma. Es un ADN inevitable. Y cuando empecé en el cine escuchaba a todo el mundo decir: lo más difícil es la comedia, y para mí era mi forma de comunicarme. No hay una fórmula ni ecuación, sino una especie de sexto sentido que por suerte muchos tenemos. Me parece tan importante crear humor como tener sentido del humor.

Cuando era un excelente y popular cómico, se le percibía muy simpático, “pero igual no lo soy tanto”, ha dicho recientemente. ¿Ha cambiado? ¿La fama repentina que odió, el linfoma que padeció, la subsecuente depresión, le cambiaron mucho?

Sí, todo eso me cambió mucho. O no sé si es que me despojé de todo lo que no era mío y, de repente, el que aparece ahora se parece más al de antes, porque tuve necesidad de protegerme del exterior, de las redes, de las altas expectativas… Entonces llegó un momento en que me vacié, porque vivía por y para el otro, y cuando eres popular el otro es mucha gente. Y ahí la terapia y el recogimiento hicieron su efecto. Ahora no tolero que nadie altere mi paz. Cuando uno pone límites, el otro lo puede ver como una afronta, pero en mi fuero interno creo que soy una persona excepcional; ocurre que me he dado y regalado tanto, que acabé seco. Igual no es un cambio sino una depuración, un quitarme las pajas y quedarme con la esencia: como humano tengo mis límites, no puedo estar cumpliendo las expectativas de medio país, así que cada vez me da bastante más igual lo que el otro pueda pensar. O como dice mi madre: mira, yo el cuerpecito que he echado lo he echado sin ti. No me importa que me pongan a parir, ¿perdón?, ¿pero usted quién es?

La clave de un buen actor, dice a propósito de tu trabajo teatral, es “abrirse en canal para conectar con el público”. ¿También funciona si no eres actor, entre la gente común?

A mí me funciona con los demás, con la gente honesta. Pero vivimos en una sociedad en la que cuando te muestras como eres y vacías tu cabeza de excusas, muchas gracias pero ahora no, se te mira mal. A mí me encanta la gente que se marca los límites. Cuando tú cortas a alguien su privilegio a abusar de ti, se lo toma como una ofensa. Pasa mucho en la familia.

¿No será su caso?

No lo sé, depende, hay con quien sí he tenido que poner límites y me lo ha abrazado y otros que se han ofendido.

Volviendo a la peli, al perverso papel de su coprotagonista, ¿cómo de vil puede llegar a ser el ser humano?

Yo creo que el ser humano tiene un grandísimo espectro, es posible traspasar todos los límites, hasta llegar a la patología. El ser humano va de Beethoven a Hitler, de Drexler al ultra Ochaíta; ninguna otra especie tiene un rango tan amplio de comportamiento. Entre el peor perro y el mejor, no hay una distancia tan larga.

La distancia estará en su dueño, ¿no?

Es exactamente mi teoría: no hay niño ni perro malo, sino adultos o dueños no responsables.

Al final de la peli, lo que se presenta como una comedia termina siendo un dramón terrible, una tragedia con coro griego incluido. ¿Así es el final ineludible de la vida o cree que la muerte puede ser plácida? Algo que usted habrá reflexionado mucho durante su enfermedad, ¿no?

Si vemos la muerte como una tragedia, toda vida termina en tragedia, porque es la única certeza que tenemos. Pero opino como tú que pueden ser las dos cosas. A mí me gustaría que fuera una fase de movimiento positivo para los que se quedan. Todos lo hemos experimentado: la marcha de alguien, ese hueco que deja, hace que las fichas que quedan se muevan, y ese movimiento puede ser para bien si uno se empeña en ser positivo. Tiene la muerte algo muy mágico y conciliador, porque al que se queda le pone frente a preguntas muy profundas a las que no había llegado. Sí, puede ser plácida y bonita, porque esta reflexión sobre la vida merece mucho la pena, siempre que no sea algo disruptivo en sí, como una muerte con 30 años, por ejemplo.

Tracking Pixel Contents