Opinión | Arte-fastos
Neptuno, Venus, superhéroes y... dos leones
Las esculturas del Puerto de Ginés Serrán serán otro inesperado (o bienvenido) motivo de atracción para miles de turistas encantados de caminar bajo su mirada sin saber si se trata de Neptuno, Poseidón, Aquaman, Namor o Zeus

Ginés Serrán, con una de las esculturas de su conjunto para el Puerto de Málaga / Jorge Zapata/EFE
Sigo con curiosidad el revuelo mediático en torno a unas esculturas de gran tamaño que serán instaladas a la entrada del Puerto de Málaga, concretamente en el acceso por la Plaza de la Marina. El conjunto escultórico se titula Las columnas del mar y consta de dos figuras en bronce de Neptuno y Venus con altura y peso considerables (entre seis y once metros y de una a dos toneladas, según las fuentes), acompañadas, además, por dos leones. Su autor, el ceutí Ginés Serrán, que ha cedido gratuitamente las obras, no entiende la polémica pues al concebirlas ha tenido en cuenta «referentes locales», de ahí que Neptuno sostenga una red de pesca y Venus, un sol. Pero eso no le ha librado de furibundas críticas por parte de instituciones culturales y, sobre todo, de la Real Academia de San Telmo, que no las considera apropiadas para la ciudad porque representan «un pseudo-neoclasicismo pretencioso, de inequívoco enganche kitsch, más propio del cómic de superhéroes y superheroínas surgido del universo Marvel», en palabras de Rosario Camacho, catedrática de Historia de Arte y presidenta de tan docta casa.
Considero que la cuestión no estriba en si las piezas alteran el paisaje urbano o marítimo malagueño por su gigantismo y morfología; de hecho, no conviene olvidar que en ciertos puntos de la Costa del Sol, colocadas en lugares bien visibles, existen otras de grandes dimensiones y dudoso gusto estético que en su momento también provocaron rechazo; y ahí siguen. Lamento decir esto, pero la reacción ciudadana tampoco debería preocupar: a la sorpresa inicial seguirá la aceptación/resignación y después una mansa indiferencia (otra cosa son los turistas y cruceristas, el quid de este embrollo, como veremos después). Sabedor del impacto visual, el artista ha recomendado que se instalen lo antes posible para que los vecinos puedan «acostumbrarse a ellas», algo que, sin duda, ocurrirá más pronto que tarde. (Las protestas han conseguido que permanezcan sólo seis meses en la portada principal, después se buscarán nuevas ubicaciones dentro del Puerto).
¿Po rqué se ha elegido a este artista? La respuesta reside en los mismos motivos estéticos que han provocado el rechazo contundente de las instituciones culturales: el universo Marvel y el kitsch
Como las esculturas han venido para quedarse -dicho en lenguaje llano-, insisto, no deberíamos malgastar energías en debatir su conveniencia o no, o si su presencia «hace añicos el paisaje de la ciudad y una tradición de siglos». Más relevante sería conocer por qué se ha elegido a este artista (contra el que no tenemos nada), es decir, por qué se ha aceptado el estilo monumental y grandioso del que hace gala en todas sus creaciones; y Málaga, en cuanto recipiendaria de estas obras, no es una excepción. La respuesta, a mi juicio, reside en los mismos motivos estéticos que han provocado el rechazo contundente de las instituciones culturales: el universo Marvel y el kitsch, que merecen una explicación más detallada.
Superhéroes, a escena
Las fotografías que circulan por los medios (fragmentos, por supuesto, para no desvelar el misterio y acrecentar, de paso, la expectación) muestran, efectivamente, unos Neptuno y Venus de grandes dimensiones y cuerpos robustos; complexión que, en el caso de Neptuno, se potencia con músculos bien moldeados, anchos hombros, caderas estrechas y torso modelado, como ocurre en la estatuaria griega, de donde procede su matriz iconográfica. Este canon físico, que perfeccionó Policleto en el siglo V a.C., ha pervivido en el tiempo (Renacimiento, Neoclasicismo) y en el siglo XX se transforma en ideal estético, portador de valores heroicos y apolíneos y como «perfecto prototipo de la idea de espectáculo», afirma Omar Calabrese. No es de extrañar, pues, que este modelo corporal, utópico e idealizado («herejía moderna del narcisismo griego», lo define Roman Gubern), se reencarne en los héroes del universo Marvel y en los iconos más famosos del body-building hollywoodiense, Stallone y Schwarzenegger, cuyas gestas y combates emulan aquéllos de sus antiguos referentes helenos (Aquiles, Sansón, Hércules…).
La inmensa popularidad del emporio Marvel (comics, películas, merchandising) ha salpicado al Neptuno malagueño donde la prensa extranjera (¡vaya por Dios!) ve similitudes con Aquaman, heredero del reino submarino de Atlantis (por cierto, personaje no de Marvel, sino de su competidor, DC Comics), interpretado por, cómo no, el musculoso actor Jason Momoa. Pero volviendo al mundo terrestre, ahí donde la Sra. Camacho ve en el coloso un baldón estético, otras instancias o consejerías (Turismo, por ejemplo) pudieran ver un fabuloso reclamo publicitario, uno más de la ciudad. Otro inesperado (o bienvenido) motivo de atracción, entreverado de historia y mitología, para miles de turistas -y cruceristas- encantados de caminar bajo su mirada severa sin saber si se trata de Neptuno, Poseidón, Aquaman, Namor o Zeus, y sin perder el sueño por ello. (Una última reseña sobre dioses, héroes y otros mitos contemporáneos: aún resuenan los ecos de la San Diego Comic-Con Málaga, el evento de culturas pop -se anuncia- más influyente del mundo y traído a la ciudad como «motor de desarrollo cultural y económico». Así se explica que Schwarzenegger, invitado, fuese recibido en olor de multitudes y presentado por Antonio Banderas como «the legend». Y no se equivocaba).
Unas gotas de kitsch
La otra objeción acerca del conjunto escultórico consiste en su vinculación con el kitsch, antaño entendido como copia grosera o degradada del arte elevado, y que la señora Camacho considera más apropiado para un parque de atracciones que para un recinto portuario como el de Málaga. Tampoco hay que rasgarse las vestiduras: el purismo estético lleva décadas ausente de las prácticas artísticas contemporáneas, por donde el kitsch se agazapa bajo mil disfraces. A mayor abundamiento, la actual posmodernidad se rige -nos lo advierte Marc Augé- por «un espíritu de consumo inmediato que se aviene muy bien con la conversión del mundo en espectáculo». De manera que los objetos kitsch, como nuestros Neptuno y Venus (o Puppy, el perrito de 12 metros que saluda a los visitantes del Guggenheim Bilbao), no persiguen funciones de conocimiento, tan sólo la estimulación de efectos (así funciona Disneylandia, ficción proyectada para adultos, que «nos hechiza sin apelación posible», dirá Baudrillard). En consecuencia, un cebo irresistible para un público «perezoso» (Umberto Eco), abierto a experiencias artísticas pero que no le supongan esfuerzos innecesarios. (Una última consideración: Abraham Moles, con gran perspicacia, subtituló su libro clásico sobre el kitsch 'El arte de la felicidad'. ¿Acaso no buscan la felicidad -o sus sucedáneos- los miles de turistas -y cruceristas- que visitan la Ciudad del Paraíso? ¿Quiénes somos nosotros para privarles de aventuras imaginarias en este paraíso mediterráneo, ornado por seres fantásticos?).
No voy a concluir este escrito con las habituales recomendaciones a las partes implicadas (artista-Academia-Ayuntamiento-Autoridad Portuaria): consenso, diálogo, altura de miras y otras milongas similares. Prefiero terminar con una cuestión que considero fundamental y en la que nadie parece haber reparado: la presencia de dos leones en el conjunto escultórico. Ignoro las razones por que el señor Serrán incluye dos fieras de la sabana africana junto a personajes cuya razón mitológica procede (Venus) o se desarrolla (Neptuno) en el mar. Si las partes implicadas me permiten un consejo, sustituiría los leones por delfines, más acordes con el medio acuático, y luego de saber que un tal Delfino, mensajero enviado por el dios Poseidón (o su par romano, Neptuno), convenció a la nereida Anfitrite para ser su esposa, propuesta matrimonial que la bella rechazaba, según nos cuenta Robert Graves en su libro sobre los mitos griegos.
Sustituiría los leones del conjunto de Ginés Serrán por delfines, más acordes con el medio acuático
Más aún, si queremos potenciar el dramatismo y la espectacularidad, animaría a cambiar los delfines por tiburones, por lo que la repercusión mediática sería enorme (¿se imaginan cuántos selfis, cuántos vídeos en TikTok, cuántos reels en Instagram?) y quizá, qué digo quizá, sin duda alguna, se convertirían en los futuros iconos de la ciudad, como vaticina el escultor. Eso sí, para evitar nuevas controversias estilísticas, elegiría dos escualos de sobra conocidos por el gran público. Por un lado, solicitaría al Museo de la Academia de Cine de Los Ángeles su pieza estrella: el tiburón que Steven Spielberg utilizó en 'Jaws' (1975). Por otro, procuraría convencer (igual que Delfino a Anfitrite) a Steve Cohen, inversor financiero, multimillonario y propietario de 'La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo' (1991), obra del británico Damien Hirst: un tiburón disecado, conservado en formaldehído y encerrado en una urna de cristal; inversión por la que Cohen pagó 12 millones de dólares en 2005. En fin, mejor no demos más ideas, no vaya a ser que desde ciertas instancias o consejerías hagan cálculos… y nos tomen la palabra.
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