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Entrevista | Ricardo Méndez Salmón Escritor

Ricardo Méndez Salmón: «No sé si somos una cultura exhausta los europeos»

«La escritura es una especie de organización del pesimismo»

Ricardo Menéndez Salmón

Ricardo Menéndez Salmón / Ángel González

Inés Martín Rodrigo

Desde la conmoción que experimentó cuando leyó de chaval a Albert Camus, a Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) le acompaña esa idea, tan camusiana, de que toda aventura humana no es más que la apertura del corazón del niño a una serie de pequeñas imágenes que ya nunca le abandonan, lo que hace es reformularlas, reencontrarlas en otros ropajes, encarnadas en otras personas. Y una de esas cosas, basilares, que a él le siguen convocando, a las que continúa acudiendo, en las que busca cobijo, asilo, consuelo, que jamás le han fallado, es la literatura en sus dos formas, la lectura y la escritura. Su obra es tan coherente como su compromiso con un arte lento cuyo encaje, su acomodo hoy, en esta sociedad caótica y acelerada, se antoja difícil. Para fortuna de sus lectores, él es perseverante, paciente, delicado y dedicado a un oficio al que, en su última novela, ‘Arca’, magnífica en su forma y en su fondo, ha entregado seis años, un esfuerzo titánico que le lleva a preguntarse si volverá a reunir las fuerzas suficientes para embarcarse en otra aventura ficcional con semejante nivel de exigencia.

En uno de los ensayos de The White Album, Joan Didion escribió que «nos contamos historias a nosotros mismos para poder vivir». El protagonista de Arca dice que «nuestra propia vida, para gozar de un sentido, tiene que poder ser contada». ¿Puede abundar en ello?

Esa idea siempre ha animado todos mis libros y la propia dedicación a la escritura. Quienes escribimos somos conscientes de que la literatura es una especie de movimiento constantemente fracasado. Pero en ese fracaso perpetuo el escritor asume que nuestras vidas y experiencias sólo alcanzan a ser asumidas si adoptan la forma de un relato. Me asiste la convicción de que nuestras vidas sólo son comprensibles a través del mecanismo del relato, independientemente de que luego, en ese relato, obviamente haya una intervención que transforma, reinventa, reconfigura y en definitiva genera una realidad paralela a aquella que pretendía narrar con esto. En esa tensión es donde todo se resuelve, bendita tensión.

La sed de historias nos ha conformado como especie, estoy de acuerdo con su narrador, pero me pregunto si sigue haciéndolo hoy.

Yo creo que esa pulsión sigue estando ahí, esa necesidad de ser narradores ante una hoguera que hoy puede ser una pantalla de plasma o, no sé, una red social. Pero yo creo que esa pulsión de contarnos, de encerrarnos en historias, me parece difícil eludirla. La condición humana es muy plástica en sus formas, pero es muy exigua en sus fundamentos; los temas que nos siguen convocando, las historias que nos siguen conmoviendo, los lugares donde realmente nos la jugamos siguen siendo muy pocos y muy parecidos a los que podían ocupar a los hombres y mujeres de los principios de la cultura escrita.

Ricardo Menéndez Salmón

Ricardo Menéndez Salmón / Ángel González

¿Y cuáles son esos lugares?

Yo diría que el tiempo, el amor y la muerte, poco más hay, y quizás el lenguaje como la herramienta que nos permite decir esos lugares.

Y, en este mundo cada vez más caótico, ¿es la escritura un intento de organizar la materia?, ¿puede hacer eso la literatura ahora, cuando parece que todo se va al garete?

Me haces preguntas muy comprometedoras, en el sentido de que para mí sí, para mí la escritura es un principio de orden, es una especie de organización del pesimismo. Es decir, yo estoy rodeado de mal rollo, de caos, como tú dices, de hostilidad, de dificultad para encontrar un principio incluso rector de vida, y acudo a la escritura como un gran catalizador de todo ese desorden, para contarme a mí mismo, para contar a mis contemporáneos y para para intentar reconducir todo eso. También hay una doble vertiente de la escritura, al menos para mí: por una parte, fuente de conocimiento, de escrutinio, como los protestantes cuando se miraban a sí mismos y se hacían el análisis interior, y, por otro lado, un principio de asilo, de consuelo, una especie de construcción de una fortaleza interior.

En ese sentido, y como paradójica reflexión, la materia se rebela en su novela, igual que parece estar haciéndolo en la realidad. Ficción y vida, dos vasos cada vez más comunicantes, ¿no?

Me parece que la marca de agua de nuestra época es la velocidad a la que las cosas suceden, y eso es un gran reto para nosotros, los escritores. Cada vez se acorta más, por ejemplo, la distancia entre la enunciación de un deseo y la posibilidad de realizarlo. Eso genera una cultura de la urgencia cuya primera víctima es el amor. El amor es una práctica que necesita tiempo, cuidados, atención, mimo, paciencia, que necesita incluso tedio. Esa velocidad altísima a la que todo sucede hace que, a veces, los escritores vayamos por detrás en los relatos que generamos de las propias exigencias que la realidad produce, de ahí quizás esa sensación que tú insinúas de decalaje, parece que a veces nuestras ficciones llegan tarde a la vida. En este mundo acelerado en que vivimos, la escritura y la literatura se pueden posicionar como grandes contrapoderes, porque son artes de la lentitud, exigen detenerse, tanto en su confección como en su disfrute, los libros que importan se confeccionan despacio y los libros que importan se leen despacio.

El hecho de que eligiera Venecia como escenario fundamental de la novela no es casualidad, supongo. La ciudad italiana es símbolo de muchas cosas, entre otras del cataclismo al que nosotros mismos podemos conducirnos.

Claro. Los últimos 13 años he vivido entre Gijón y Venecia, es una ciudad que he llegado a conocer muy bien. Una vez uno se quita de la cabeza, que no es sencillo, pero se evade de la idea de que está en un escenario, Venecia es un milagro. Es una ciudad brotada de las aguas, de una belleza, de una riqueza cultural, de una potencia política que no ha tenido parangón en la historia, al menos de Occidente. Por un lado, estamos ante el más bello sueño de la ingeniería humana y, por otro lado, estamos ante una ciudad que se ha convertido en un puro simulacro, en una ciudad que es constantemente agredida. Entonces, claro, me parecía que Venecia es como el perfecto resumen de lo que hemos sido capaces de construir y de dónde estamos y hacia dónde estamos caminando, puede funcionar como una buena metáfora también del destino de Europa. Sinceramente, tengo la sensación de que nos estamos convirtiendo en un decorado, en un destino vacacional para otras culturas que hoy dominan otros resortes de lo contemporáneo y vienen aquí a gozar de lo que nos queda. No sé si somos una cultura exhausta los europeos. Todo lo que está sucediendo a nivel geopolítico ahora nos invita a pensar que nuestra capacidad de intervención en ese mundo donde se toman las decisiones, pues bueno... No sé si nos quedan la belleza por un lado y los valores por otro, lo que hay que ver es si esos valores tienen hoy capacidad de encarnar en algo que vaya más allá de su mera enunciación. Venecia, desde ese ese punto de vista, me parece un lugar muy significativo.

«En este mundo acelerado, la escritura y la literatura se pueden posicionar como grandes contrapoderes, porque son artes de la lentitud, exigen detenerse»

Pero la novela no es un réquiem, a mí no me lo parece, se sale con una sensación esperanzadora. ¿Usted la comparte, tiene esperanza en el futuro de Europa?

La pregunta del billón será saber cuál va a ser nuestro encaje en lo que esté por venir, en cuestiones de historia y de gran política nunca se pueden hacer muchos augurios porque luego pasan cosas que no estaban en el guion. No sé si nos acabaremos convirtiendo en una especie de reserva espiritual de un tiempo donde el arte, la belleza en su sentido más amplio, fueron elementos basilares de la vida, un modo de saber vivir que hay todavía entre nosotros, una especie de cordialidad democratizada, de respeto hacia ciertas conductas, creencias, modos de estar en la vida. No sé si ese es el destino que nos espera. Los europeos del futuro, nuestros hijos, nuestros nietos, quizás vayan a tener que aprender a convivir con otras formas de moverse por la vida. No lo sé, es una pregunta demasiado ambiciosa para un escritor.

Bueno, para cualquiera, ¿no?

Sí, yo supongo que estamos en un momento histórico a nivel global como de desplazamiento de los ejes de poder. En los últimos años he viajado bastante por Asia y tengo la sensación de que el eje de poder se está desplazando hacia allí. Seguramente estos países, estas culturas, van a introducir en nuestro modo de vivir nuevas preferencias y nuevas representaciones. Habrá que ver cómo somos capaces de asumirlas y qué papel vamos a desempeñar. De todas maneras, yo no soy muy apocalíptico, aunque pueda parecer lo contrario. La historia son ciclos y ahora seguramente estamos insertos en un ciclo hasta cierto punto novedoso, donde se van a desplazar ciertos ejes. Por ejemplo, los lamentos que ahora pone la gente encima de la mesa por el ciclo político que nos está tocando vivir a nivel global... Imagino que el polo se ha movido ahí, pero los movimientos suelen ser pendulares, dentro de 30 o 40 o 50 años seguramente volveremos a un estado de las cosas que a lo mejor a ti y a mí nos puede gustar más.

Estoy de acuerdo, pero el problema serán esos 30 o 40 o 50 años.

Sí, efectivamente. Pero yo creo que también entre las manifestaciones y las realidades luego siempre se generan unos equilibrios. En realidad, sabemos poco de dónde se toman las decisiones importantes y yo creo que los poderes son los primeros interesados en que esto siga de alguna manera en pie y funcionando, creo que ellos saben tensar la cuerda hasta donde es preciso.

Y si, como dice en la novela, la ficción es un lugar desde el que pensar una época, ¿qué piensa, desde su escritura, de este tiempo?

Yo soy como un pesimista antropológico, pero luego, a nivel de cotidianidad, soy una persona bastante, si la palabra no te resulta muy chocante a esta altura del camino, feliz. Es decir, en mis rutinas, en mis hijos, en la escritura, los amigos, los viajes, mi constante asombro ante la capacidad creadora de la humanidad, encuentro lugares de acomodo. Mi pelea ha sido siempre que mi arte no se convierta en una especie de torre de marfil. Yo creo que el escritor tiene que intentar intervenir en su sociedad y en su tiempo en la medida de sus fuerzas. Mi empeño ha sido siempre que mis libros dibujen un arco de coherencia desde la exigencia. Me interesa esa idea del artista que constantemente se exige así mismo para crear una obra dentro de su contexto lo más resonante que pueda y por supuesto que dialogue con su tiempo, con el mundo que le ha tocado.

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