Entrevista | Nacho Vegas Cantante
"Estoy abierto a cambiar y a abrazar la fe algún día"
El cantautor asturiano Nacho Vegas acaba de lanzar álbum, 'Piedras semipreciosas', que presentará en junio en el Teatro Cervantes, dentro de su ciclo Terral

Nacho Vegas, en una imagen promocional / Juan Pérez-Fajardo
Chus Neira
En su anterior disco se refugió en el oriente de Asturias para componer. Esta vez viajó al occidente.
Había muchas canciones, ideas esbozadas que habían ido surgiendo durante la gira. Cuando tuve tranquilidad para dedicarme al disco, como había quedado muy contento con la experiencia anterior, viajé a Colunga un mes. Estuve maquetando canciones, puliendo letras e inspirándome en el paisaje. Luego el disco se gestó en dos sesiones de grabación, en marzo y en julio. Antes de hacer la segunda sesión hice otro viaje, esta vez a Piloña, aprovechando que es un concejo con una dinámica cultural muy chula, con la Benéfica y la gente de Bocanegra. Allí alquilé una casa con un hórreo restaurado donde monté mi pequeño estudio.
¿Es un disco más homogéneo en temáticas y sonidos que otros anteriores?
Eso surge luego. Cada canción te pide ser escrita a su manera, y no decides los temas sobre los que escribes. Te nutres de estímulos, y todo eso pertenece a un momento concreto y a un lugar concreto. Aquí la grabación fue curiosamente diferente por esas dos sesiones. En la primera estaban Alivio, Deslenguarte, Fíu. Sabíamos cómo queríamos que sonaran, muy orgánico, aunque luego las canciones se te van a lugares insospechados, como Alivio, con esa producción tan compleja. En la siguiente tanda fuimos más conscientes de lo que queríamos. Hicimos Les ales, la versión de Txoria txori de Mikel Laboa, que tenía muchas ganas de adaptar con un sonido más oscuro, menos de canción de autor. Y Tiempo de lobos, Los asombros y Mi pequeña bestia.
Sorprende la producción de Alivio y la de Mi pequeña bestia.
En Alivio lo que pasó es que había grabado un arreglo de cuerda. Nadie lo veía pero yo me empeñé mucho, aunque al final el sonido de las cuerdas camina muy bien y ya no podíamos escuchar la canción sin él. En Mi pequeña bestia era algo más consciente ya en la maqueta, y apuntaba a la canción francesa, a Moustaki, al festival de San Remo, a atrevernos a llevar la canción a algo más luminoso donde pudiera correr esa pequeña bestia.
En esa canción que habla de componer canciones, también en Seis pardales, donde se trata el caso de Las seis de la Suiza, se dice que uno canta lo que «otros no quieren sentir». En Deslenguarte, en Les ales y en los interludios también está la libertad de expresión.
Me apetecía mucho hacer una canción donde estuvieran presentes Les seis de la Suiza, las movilizaciones, el grupo de sofitu… Y me apetecía que estuvieran presentes en la canción Rodrigo Cuevas, Leticia Baselgas y Rubén Bada. En ese momento quise que hubiera un camino de voces represaliadas por el Estado español, con los mensajes de Anna Gabriel, Javitxu Aijón, Adur Ramírez. El final de ese camino habla de la libertad de expresión y de la disidencia política y es verdad que también recuerda a otras canciones como Deslenguarte, en diálogo con otras más intimistas.
¿Siente usted la necesidad de incomodar?
Es casi una obligación que va en el oficio. No resultar cómodo es una premisa para mí. Se trata de escribir canciones que parten de sentimientos complejos en un mundo en el que estamos tan sometidos a un montón de lógicas de consumo que nos impiden estar satisfechos. Hay que reivindicar el derecho a gritarle a la infelicidad para confrontarla, y eso enlaza con cantarle a otras cosas, a otras faltas de libertades que tienen que ver con la disidencia política. En los primeros discos me decían mucho que era impúdico. El pudor es un enemigo a la hora de escribir canciones. No digo que no tengas que ponerte líneas rojas, también hay que marcarse alguna autocensura porque, como decía alguien, si no te censuraras llegarías al asesinato, pero sí hay que cantarle a lo que a ti mismo te resulta incómodo o a otros, a lo que no gusta escuchar en determinados ambientes.
Hay un presencia más panteísta, una especie de comunión con la naturaleza, expresada en los pájaros, en los minerales…
Es verdad que aparecen muchos animales en el disco. Puede tener que ver con el hecho de que para escribir canciones haya salido del entorno urbano. Estar en sitios donde se vive de otra manera y los estímulos son otros hace que se te cuele en las canciones, porque son permeables. Y ahí se genera una comunión con el mundo en su estado más primitivo, el de la naturaleza, que no es el de la ciudad diseñado para tu comodidad, pero donde todo es más hostil.
Entonces, lo de la espiritualidad, ¿nada?
No estoy seguro de que haya un resurgir de nada. Lo que veo en la extrema derecha tiene poco de espiritual, es más fascista que conservador. Siempre me pareció muy respetable la religión y la espiritualidad de cada uno. Entiendo el anticlericalismo como una lucha contra la Iglesia por los privilegios que ha tenido pero eso no significa un rechazo a la religión. Lo de Rosalía o Los domingos creo que son cosas diferentes que han salido a la vez. Me falta perspectiva para pensar si forman parte de algo que siempre ha estado en nuestras vidas.

El cantante Nacho Vegas en una librería-café de Gijón / Juan Plaza
¿Nacho Vegas cree en Dios?
Sí, cuando era guaje. Hasta los 12 años iba a misa. Tenía una abuela muy religiosa y una profesora ultracatólica. Luego es verdad que me gustaron The Housemartins y me interesó la teología de la liberación, el cristianismo de base que habla del pecado estructural del capitalismo. Pero en la edad adulta no he podido ser más que ateo. Me interesa mucho conversar con gente que tiene una postura de fe. Todos necesitamos creer en algo. También puedes creer en el ser humano, en que hay algo que nos puede poner en comunión a gente diferente. En todo caso, estoy abierto a cambiar, a abrazar la fe algún día.
Su defensa del humanismo se centra en este disco en este concepto de la «semipreciosura». ¿Puede explicarlo?
Aunque nunca me interesó el tema de los minerales, me llamó la atención el concepto de piedras semipreciosas. Me interesaba esta cuestión de que es la única palabra en la que utilizamos el prefijo semi para una apreciación subjetiva. No decimos que algo nos parece semibonito, y ni siquiera la inteligencia artificial me pudo explicar de dónde había surgido esto. Llamamos piedras preciosas al diamante, a la esmeralda, al rubí y al zafiro porque tienen una dureza especial, un gran pureza, unos colores muy particulares. Son escasas y caras. Son una representación de la élite, y, por el contrario, las semipreciosas se encuentran mezcladas en vetas, con menos dureza, con gamas de colores… Pero esa semipreciosura es más bonita, porque representa la diversidad, la forma en que las personas nos tenemos que reconocer, como gente mestiza. Cuando se habla de racismo se habla poco de que las razas no existen, que son constructos culturales. Quería reivindicar esa manera que tienen las piedras de mezclarse y de necesitarse confrontándolo con el pijerío de las piedras preciosas. Reivindico la semipreciosura como algo mucho más bello, más complejo, más contradictorio, y por tanto más bonito, más blando, más tierno.
¿Cree que sus ideas políticas se moderarán con el tiempo?
No creo en el tópico de que uno es de izquierdas cuando es joven y luego… Creo que uno se va formando, va dándose cuenta de cómo son las cosas, de la contrarrevolución liberal en la que estamos imbuidos y que sigue siendo el enemigo a batir. La opción de una izquierda transformadora revolucionaria es la única posible desde que el fascismo no solo se ha colado en nuestras instituciones sino que se ha normalizado. Me acuerdo cuando decían que a Vox no se les podía llamar fascistas, que el fascismo era otra cosa. No. Al fascismo hay que nombrarlo con todas las letras: un discurso del odio y de exclusión de hombres blancos trajeados.
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