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EL OFICIO DE ESCRIBIR

Novelas con beca y casa en la Toscana... o Málaga

David Uclés, que empezó a escribir el libro galardonado con el Nadal con una beca Montserrat Roig, evidencia la importancia cada vez más capital del sistema de residencias en el ecosistema literario

Exterior de Casa Sània, que aloja la Residencia Literaria Finestres.

Exterior de Casa Sània, que aloja la Residencia Literaria Finestres. / Joan Castro

David Morán | V.A. Gómez

Barcelona | Málaga

Cuando, el pasado martes, David Uclés recogió en Barcelona el Nadal, una de las primeras cosas que hizo fue dedicarle el premio a sus autoras favoritas: Mercè Rodoreda, Carmen Laforet y Montserrat Roig. Sin ellas, dijo, la obra ganadora probablemente no existiría. En el caso de Roig, el agradecimiento fue doble, ya que si Uclés empezó a escribir La ciudad de las luces muertas fue, en parte, gracias a una de las becas de escritura que llevan el nombre de la autora de El temps de les cireres y que el Ayuntamiento de Barcelona concede cada año a unos 20 autores.

Uclés, que pudo completar La península de las casas vacías gracias, también en parte, a una beca Leonardo de la Fundación BBVA, aplicó en 2022, cuando la subvención barcelonesa constaba de 3.000 euros (ahora son 6.000) y dos meses de residencia en equipamientos singulares como la Casa Batlló o el Real Monasterio de Santa Maria de Pedralbes, y ha regresado en 2026 para evidenciar hasta qué punto el sistema de ayudas y residencias literarias nacionales e internacionales se ha convertido en aliado prácticamente indispensable para cualquiera que quiera hacer de la escritura su oficio.

«Es como disponer de una armadura durante un tiempo, y probar a vivir la vida que podrías llegar a vivir algún día, cuando, si las cosas salen del todo bien, o muy bien, acabes viviendo únicamente de escribir tus novelas», reflexiona Laura Fernández, autora de La señora Potter no es exactamente Santa Claus y una de las beneficiarias de la última hornada de las becas Montserrat Roig.

Interior de Casa Sània, que aloja la Residencia Literaria Finestres.

Interior de Casa Sània, que aloja la Residencia Literaria Finestres. / Xavier Pi

En España, y según datos de la Asociación Colegial de Escritores y Escritoras, poco más de un 15% de los autores viven únicamente de la literatura, por lo que al 85% restante no le queda más remedio que encomendarse al azar, manejarse con soltura con los trámites burocráticos o, peor aún, trabajar.

Precariedad

No extraña que la posibilidad de esquivar, ni que sea durante un par de meses, la intemperie creativa y la precariedad de unos adelantos editoriales cada vez más exiguos se haya convertido en un disputado fenómeno al alza. Solo el año pasado, el programa de ayudas para la creación literaria del Ministerio de Cultura recibió más de 1.080 candidaturas para un total de 80 ayudas de 12.500 euros cada una. Entre los beneficiarios, autores contemporáneos de peso como Kiko Amat, Juan Gómez Bárcena, Brenda Navarro, Eduard Olesti y Anna Pacheco, entre otros.

Lo mismo ocurre en el caso de las becas Montserrat Roig: casi 200 solicitudes, solo 27 autores seleccionados y primeros frutos en forma de Relíquia, novela de Pol Guasch que llega a finales de mes a las librerías con el sello de la beca barcelonesa en páginas interiores. A su lado, destacan nombres como los de Mercedes Halfon, Sabina Urraca, Robert Juan Cantavella, Corina Oprae, Adrià Pujol, Ramon Mas o la propia Fernández, para quien una ayuda así significa, sobre todo, «tiempo y calma».

Un rincón de la Fundación Santa Maddalena en la Toscana, a la que solo se accede por invitación personal.

Un rincón de la Fundación Santa Maddalena en la Toscana, a la que solo se accede por invitación personal. / alessandro moggi

«Se olvida que los escritores, además de escribir, tenemos un trabajo, y a veces perdemos la cabeza tratando de mantener todas las pistas del circo en marcha», destaca la autora de Connerland. Algo parecido debió pensar el alcalde Jaume Collboni cuando anunció la creación del controvertido programa Narrar Barcelona, residencia de escritura dotada con 80.000 euros (14.000 de ayuda directa y 66.000 en gasto de manutención y edición, matizó más tarde desde el consistorio) para que un escritor latinoamericano de alto nivel se instale en la ciudad durante tres meses y escriba sobre ella.

Para Andrea Genovart, que acaba de regresar de una provechosa residencia de cuatro semanas en Berlín becada por el Institut Ramon Llull y el Literarisches Colloquium, uno de los problemas de este tipo de ayudas es su sistema de valoración, basado en criterios artísticos y geográficos pero no económicos.

Mil trabajos precarios

«Es una adjudicación determinante para quienes no pueden escribir porque deben hacer malabarismos con mil trabajos precarios y no lo es para los autores de éxito y de oficio que viven exclusivamente de su obra. Lo que creo que es problemático es que en sus bases solo se tienen en cuenta los proyectos y nunca, ni en un porcentaje pequeño, las rentas o el capital de los autores y autoras. Así que se acaban otorgando a gente que no las necesita para escribir, y acaban por no tener gente que depende de ellas», apunta la autora de Consum preferent.

En España hay más de 20 residencias para que los autores se dediquen al oficio. Una de ellas es la que organiza desde hace dos años el CAL

En paralelo, sobrepasando el umbral del mecenazgo cultural y el simple empujoncito económico, asoma la sombra de la gentrificación, la exclusividad y el plácido cobijo para autores que hace años que dejaron de necesitar becas pero para quienes nunca está de más un poco de paz, tranquilidad y entorno pintoresco. El Museo del Prado, sin ir más lejos, ha impulsado en colaboración con la Fundación Loewe y Granta el programa Escribir el Prado, residencia-boutique para que autores de renombre «inscriban su imaginación en la rica historia del museo» y por la que ya han pasado un par de premios Nobel (J. M. Coetzee y Olga Tokarczuk) y un Princesa de Asturias de las Letras (John Banville). En Barcelona, el CCCB creó en 2024 un programa de residencias internacionales que estrenó Patrick Radden Keefe, figura estelar del periodismo de investigación y primera espada de The New Yorker.

Nada que ver, en cualquier caso, con la Fundación Santa Maddalena, residencia de fantasía situada en la Toscana a la que solo se puede acceder por invitación de su responsable, la baronesa Beatrice Monti della Corte von Rezzori. Sally Rooney escribió ahí parte de ¿Dónde estás bello mundo?; Zadie Smith superó entre cerezos y viñedos el incómodo bloqueo que le trajo la inesperada popularidad de Dientes blancos; y Pol Guasch escribió la mayor parte de su segunda novela, Ofert a les mans, el paradís crema, en las mismas estancias y salones por las que antes habían pasado Colm Tóibín, Annie Ernaux, Emmanuel Carrère, Jordi Puntí o Gary Shteyngart, entre otros.

«Es un mundo fuera del mundo, acogedor y familiar», explica Laura Fernández

«Durante las tres semanas que estuve en Santa Maddalena, sentí que tenía una relación amorosa con mi novela. Escribí con intensidad, felicidad y libertad. No hay regalo como este: el regalo de esta inefable mezcla de paz y tiempo, y cuando un día gane el Premio Nobel, esta bendita estancia figurará en mi discurso de aceptación (si decido aceptarlo)», dejó escrito Samantha Harvey, ganadora del Booker en 2024 con Orbital y residente en Santa Maddalena en 2021.

Es el modelo, salvando las distancias, de Casa Sanià, la imponente residencia literaria que la Fundació Finestres estrenó en la Costa Brava en 2023 y por la que ya han pasado, en tandas de tres o cuatro al mes, con todos los gastos pagados y una chef con estrellas Michelin, más de un centenar de escritores. ¿Nombres? Los que quieran. De Mariana Enríquez a Núria Cadenes pasando por Camila Fabri, Damon Galgut, Andrés Barba, Sheila Heti, Mónica Ojeda y Ferran Grau.

Diario coral de residentes

«Me gusta llevar una vida tranquila con la gente que quiero y escribir todo el día y hasta entrada la noche. ¿Por qué, entonces, dejé mi casa en septiembre y me fui a un lugar donde nunca había estado, entre otros escritores? Porque sentía esa necesidad, sin saber qué era lo que necesitaba», anotó Sally Rooney, ilustre visitante de 2025, en el diario coral que todos los residentes se comprometen a completar tras aterrizar en la casa.

«Es la clase de lugar apartado con el que como escritora has soñado con habitar toda tu vida, un mundo fuera totalmente del mundo, acogedor y familiar, en el sentido que un escritor entiende la familia, es decir, estar rodeado de los de tu misma especie, aquellos que hacen lo mismo que tú y que solo quieren hacer eso», explica Laura Fernández, a quien el premio Finestres de Narrativa abrió en marzo de 2023 las puertas de la casa en la que Truman Capote escribió parte de su célebre A sangre fría . «Un mes de escritura en Sanià fue el equivalente a dos años de trabajo en su casa», leemos en el cuaderno de a bordo.

El escritor David Uclés,durante la ceremonia de entrega del premio Nadal, la semana pasada en Barcelona.

El escritor David Uclés,durante la ceremonia de entrega del premio Nadal, la semana pasada en Barcelona. / Jordi Otix

Solo en España existen más de 20 residencias en las que los escritores pueden olvidarse de casi todo lo demás y dedicarse a lo suyo. Una de ellas la organiza el Centro Andaluz de las Letras (CAL), entidad dependiente de la Junta de Andalucía, y que dispone sus residencias en Málaga, Huelva y Granada. De momento se han convocado dos edicones y han participado autores consolidados como Alberto Fuguet, Bárbara Mingo o Daniel Remón y también para autores emergentes. La duración es de 1 mes aproximadamente para autores consolidados y de 15 días para los emergentes. Estos autores reciben una retribución de 2.000 euros o 2.500 más IVA si el en caso de que residan en otra comunidad autónoma y para los autores emergentes la cuantía es de 1.000 euros o 1.500 más IVA si provienen de otra comunidad.

Internacional

A nivel internacional, la cifra de residencias se dispara más allá de los cuatro dígitos entre fundaciones, ayudas públicas y programas de mecenazgo. Gemma Ruiz Palà, por ejemplo, escribió parte de Una dona de la teva edat durante sendas estancias en la Woodward Residency de Nueva York y la Emily Harvey Foundation de Venecia. «Tienen algo de vida monacal, austera, pero de satisfacción también de las necesidades materiales que te dejan muy libre para concentrarte. También tienes un compromiso doble que te blinda un poco contra la dispersión, ya que tú quieres escribir y esa gente ha aceptado tu proyecto. Ahora entiendo por qué la gente lo hace, porque realmente es muy fructífero», relata la escritora catalana.

Laura Fernández, a quien el premio Finestres de Narrativa le abrió las puertas de la casa en la que trabajó Capote.

Laura Fernández, a quien el premio Finestres de Narrativa le abrió las puertas de la casa en la que trabajó Capote. / Marc Asensio Clupes

Inspiración y materia prima

Además de refugio creativo, a veces las residencias se convierten también en materia prima e inspiración literaria, como ocurre en el último libro de Samanta Schweblin. «La asociación de escritores de Shanghái me había dado una habitación en el piso 42 de un rascacielos frente al parque Zhongshan (...). Los otros nueve invitados de la residencia, todos escritores extranjeros, vivían en departamentos idénticos desparramados en otros pisos del edificio», escribe la argentina en William en la ventana, uno de los cuentos de El buen mal.

Mejor eso que el terrorífico retiro de escritores que Chuck Palahniuk ideó en Fantasmas, colección de relatos que aloja el turbador Tripas, cuento que implica una bomba de piscina y unos cuantos metros de intestino humano y con el que el autor de El club de la lucha causó, sin exagerar, oleadas de desmayos. Cosas que pasan cuando se juntan a unos cuantos escritores bajo el mismo techo.

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