Crítica
Morrissey en Zaragoza: un divo, contra su propia leyenda
El artista británico conserva su voz al mismo nivel que su chulería, lo que no está nada mal

Morrissey en la sala Mozart del Auditorio de Zaragoza. / Rubén Ruiz
Javier Losilla
Morrissey (Manchester, 1959), líder que fue de la celebrada y efímera banda The Smiths, se labró una notable y algo errática carrera tras la disolución del grupo. Una trayectoria que le ha dado fama y dinero, un currículo problemático y un ego que, como el Universo, se ha ido expandiendo con los años. El sábado, tras una rara 'espantá' en Valencia, el jueves pasado, llegó a Zaragoza, puso a temblar a la organización del concierto, llenó el Auditorio y puso en trance a los espectadores (en trance de descoyuntarse por bailar y corear las canciones). Bravo por Morrissey, que se dejó de pijadas y facturó un concierto notable con algunos sobresalientes. Obviamente mostró quién manda en el escenario y cómo le gustan los aplausos y que griten su nombre como en el fútbol, nos endilgó algunos parlamentos insulsos entre canciones, y trató con respeto (algo inusual) a la extraordinaria y multinacional banda (tres norteamericanos, una italiana y un colombiano) de dos guitarras, bajo, piano y teclados y batería.
Conformó un repertorio (sus seguidores más entusiastas echaron de menos algunas piezas: 'This Charmin Man', 'Heaven Knows I’m Miserable Now', 'Panic'…) que suele variar muy poco en su gira actual, con recuerdos para The Smiths, por supuesto ('Rush And Push And The Land Is Out', 'How Soon Is Now', la emotiva 'Half A Person' y 'There Is A Light That Never Goes Out'), y ofertó tres canciones bastante aceptables de 'Make-Up Is A Lie', su disco más reciente: 'Notre-Dame', una composición con tintes electrónicos muy sugestiva que resolvió con más intensidad que en la grabación; la que titula el álbum y 'The Monsters Of Pig Alley'. El grueso del programa marcó un calendario que pasó por tres décadas: los ochenta, los noventa y los dos mil.
Voz al nivel de la chulería
En conjunto, sombras y luces en una actuación esperadísima, sin sobresaltos y, en general, entretenida. Morrissey conserva su voz al mismo nivel que su chulería, lo que no está nada mal. En 'Now My Heart Is Full' (1994) creó una cierta atmósfera Bowie. La mencionada 'Half A Person' se le escapó un poco cruda, aunque hay que entender que la estructura del texto no pone fácil evitar la monotonía en el recitado. En el tramo final de la velada echó el resto con unas brillantes 'Jack The Ripper'; 'Everyday Is Like Sunday', sobre la épica del aburrimiento, con una extraordinaria y abierta introducción de la pianista, y 'World Peace Is None Of Your Bussines', toda una celebración colectiva, cantada por los espectadores como un gran coro, pespunteada gozosamente por las guitarras, que Morrissey cerró con la frase en castellano "Paz mundial". Y luego vino el bis: la mencionada pieza de The Smiths 'There Is A Light That Never Goes Out'. Y así terminó el espectáculo, como diría T. S. Elliot: "No con un estallido, sino con un quejido". Mientras abandonábamos la sala sonaba 'You’ll Never Walk Alone', de Judy Garland: "Aunque tus sueños sean sacudidos y destruidos / Sigue, sigue con esperanza en tu corazón / Y nunca caminarás solo".
El sábado en Zaragoza, Morrissey, quizá como excepcional precedente, cantó contra su propia leyenda. Well done, man!
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