Crítica
La Pampa y la estepa: Un pulso magistral entre América y Europa

Maximiano Valdés / l.o.

Málaga. 20-03-2026. Teatro Cervantes
Solistas: Ángel San Bartolomé, trompeta y Pedro Cusac, corno inglés. Dirección: Maximiano Valdés. Programa: Quiet City, de A. Copland; Pampeana nº 3, Op. 24, de A. Ginastera; Sinfonía nº 5 en Si bemol Mayor, Op. 100, de S. Prokófiev.
La densidad y la oportuna trascendencia del último programa de abono de la Orquesta Filarmónica de Málaga exigía un nivel artístico y una concreción que solo una batuta invitada de la talla del maestro chileno Maximiano Valdés podía garantizar. Hubo un tiempo en el que los directores míticos exigían semanas de intensa preparación antes de someter el trabajo orquestal al juicio del auditorio; hoy, por el contrario, los programas dan a menudo la sensación de ser simples etapas destinadas a cubrir y salvar el expediente. No ocurrió así en este último concierto de la Filarmónica.
En apenas cuatro días, el maestro Valdés ha sabido transmitir magisterio, autoridad y rigor artístico entre los atriles de la formación, logrando una factura que sitúa a esta cita como una de las cumbres interpretativas de la temporada. Sin excusas, sin paños calientes: una versión rigurosa y especialmente atrayente para un público melómano sensible. Afortunadamente, nos hallamos lejos, muy lejos, de esa superficialidad de páginas singulares más interesadas en la cantidad que en la calidad. Este fue, sin duda, el primer hito que fulminaron batuta y profesores para abordar tres páginas trascendentes entre América y Europa, las cuales reflejan la pluralidad de las escuelas concurrentes en genios como Copland, Ginastera y Prokófiev, capaces de dialogar en un espacio donde la diferencia se concentraba en la mano diestra para aunar el drama épico con el lirismo más depurado.
Resulta escandaloso que un programa de esta altura tan solo contara con unas notas al programa de mano —obra de José Antonio Cantón— reducidas a tres raquíticos párrafos condicionados por los currículos de los solistas. Es obvio que este hecho no es imputable a su autor, sino a la imposición de contenidos del citado programa, que dejó in albis y sin red al auditorio.
Quiet City tiene su origen en una página incidental para una obra de I. Shaw de 1939 que Aaron Copland —alumno, como también Ginastera, de Nadia Boulanger— reescribiría años después transformándola en una pieza orquestal donde el color se conecta directamente con el dominio de la paleta del conjunto sinfónico. Los profesores Ángel San Bartolomé y Pedro Cusac asumieron los papeles solistas aportando la suficiente expresividad a una partitura de apenas diez minutos. En el caso de San Bartolomé, cabe reseñar un control del fraseo que le permitió el dominio del timbre y de largos pasajes cantabile sobre la arquitectura levantada por Valdés entre unas cuerdas especialmente recrecidas para la ocasión. Por su parte, el corno inglés de Cusac funcionó como alter ego de la trompeta solista en constante respuesta, aportando un diálogo íntimo y evocador para una versión equilibrada entre la visión poética de la obra y el rigor técnico demandado.
La trilogía pampeana iniciada en 1947 por el argentino Alberto Ginastera culminó en 1954 con la Pampeana nº 3 para orquesta, que algunos especialistas han querido asemejar a una sinfonía pastoral en tres tiempos. Valdés, junto a los atriles de la OFM, consiguió evocar sobre el escenario del Teatro Cervantes la inmensidad de la pampa argentina en el primer capítulo, para propiciar después la energía e insistencia rítmica del scherzo —con la complicidad de la sección de percusión— y conectarla con la sección final; un desvanecimiento en el que la página de Ginastera se disuelve, misteriosa y delicada, recordando el cierre de la obra de Copland.
Tras el descanso, llegó el turno de una de las sinfonías más trascendentes de la centuria pasada: la Sinfonía nº 5 en Si bemol Mayor de Serguéi Prokófiev. Compuesta en 1944, un año decisivo que vertebra todo el programa, su vigencia hace imposible no vincularla al delicado contexto geopolítico del momento. La ironía y el sarcasmo de Prokófiev siguen advirtiendo de la necesidad de la diferencia como elemento vertebrador y riqueza cultural. En los cuatro tiempos que articulan la partitura, se apreció el especial pulso de Valdés, especialmente en la acumulación de tensión de la monumental coda final sobre los dos temas iniciales expuestos por flautas y fagotes. Un tono hipnótico e inquietante distinguiría al segundo tiempo, capaz de propiciar el ánimo ensoñador y nostálgico del tercer movimiento antes de desatar la tensión acumulada en el cierre, en una interpretación ágil y profundamente meditada.
Un programa con sustancia, propio de una orquesta como la Filarmónica de Málaga, que exige la presencia de batutas de la importancia y el rigor de maestros como Maximiano Valdés. Lástima que esta lógica premisa artística no cale entre los gestores de la OFM. Hace mucho tiempo que venimos señalando la necesidad de un director principal invitado que propicie una mayor madurez artística del conjunto. Vuelva pronto, maestro Valdés.
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