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Entrevista | Mayte Martín Compositora y cantaora

"Me da vergüenza hacer vídeos en las redes, yo no tengo que vender un concierto"

La barcelonesa será una de las protagonistas del Flamenco Lo Serás Tú del Teatro Cervantes, donde presentará su más reciente disco, 'In illo tempore' (19 de abril, 19.00 horas)

La cantaora Mayte Martín, en una imagen reciente

La cantaora Mayte Martín, en una imagen reciente / Pau Gracià

Jordi Bianciotto

En los últimos 25 años no ha dejado de cantar flamenco en los escenarios, pero en sus discos ha grabado boleros, piezas brasileñas y francesas, canciones de autoría propia… Hace dos años nos dijo que para volver a hacer un disco de flamenco «se requerían unas condiciones». ¿Qué clase de condiciones eran? ¿se han dado?

De todo tipo. Para hacer un disco es necesario que un equipo humano, unos compañeros y poder afrontarlo económicamente. Necesito sentirme protegida en el escenario y en el arte. Y ha llegado un momento en que he encontrado unos compañeros que me dan este bienestar. También en Nuevos Medios, con María [Pacheco], hija del fundador del sello, Mario, una persona respetuosa, que antepone el arte al negocio.

'In illo tempore' es álbum doble, donde cada volumen tiene un título propio, Entreverao y Puro. Podrían haber sido dos discos separados.

Podía haber una razón comercial para hacerlos separados, pero, como a mí la razón comercial, me da igual (ríe)... Había una coherencia en el hecho de que fuera un solo disco y doble. Cuando una obra está en su momento álgido, hay que grabarla. No hay que esperar porque separar los lanzamientos te rente más. La fruta hay que comérsela cuando está madura, no cuando se cae podrida al suelo. Entreverao es material que yo ya había hecho hacía mucho tiempo y no quería esperar más. Me apetecía compartirlo. Y en Puro, José Gálvez [guitarrista] y yo estábamos los dos en un punto en que era el momento de hacerlo.

En 'Entreverao' hay influencias variadas: esa 'Sevillana lírica', con pasajes de la Ciaccona, de Bach, donde se cuela la melodía de 'La bohème', de Charles Aznavour. ¿Por qué sigue siendo un disco de flamenco?

La 'Sevillana lírica' no deja de ser flamenco, no es fusión, ni da lugar a una tercera cosa. Es un disco de flamenco que deja entrar influencias de otras cosas. 'Entreverao' me parece una palabra bonita. Ahí está la Mayte más creativa, y en Puro, la más clásica.

Adapta la 'Milonga del solitario', de Atahualpa Yupanqui, un cantante y creador de canciones que representa una sabiduría de la sencillez.

Totalmente. No hay nadie más de raíz, para mí. Atahualpa no ha dejado un legado musical, ha dejado un legado vital. Era un filósofo. Yo no pienso mucho, ¿sabes? Yo siento, y a lo mejor luego le puedo buscar la razón, pero está muy adentro, es un sentir. Las cosas se escogen ellas solas. No las escojo yo.

Ahí trabaja con músicos diversos y no necesariamente flamencos, como Aleix Tobias o Miguel Ángel Cordero, mientras que en Puro está sola con la guitarra de José Gálvez. Hay cantes muy antiguos, ¿de qué origen?

Algunos se conocen de grabaciones del siglo XIX. Yo he sacado cosas del Cojo de Málaga o Manuel Torre, que a su vez lo que hacían era recrear cosas anteriores. Es lo más antiguo que se conoce.

'In illo tempore' se traduce como en aquel tiempo. ¿Invoca la vigencia de lo antiguo?

Para mí es lo que vale, lo que tiene fuste. A mí me ha interesado siempre lo que está agarrado a la raíz. Y me ha parecido siempre que la moda de lo revolucionario… Me pica el cuerpo, ¿sabes? [Ríe] ¡Me pica todo! Sí, ¿por qué hay que ser revolucionario? ¿Por qué?

El último revolucionario del flamenco fue Morente. No ha habido ninguno más, por mucho que se vistan de revolucionarios. Rompedores sí que hay. Del verbo romper

La evolución forma parte del arte.

La evolución es una cosa y la revolución es otra, pienso. Yo no lo entiendo de la misma manera. La revolución yo creo que está sobrevalorada. Me saco de la manga no sé qué y soy un revolucionario del flamenco. El último revolucionario del flamenco fue Morente. No ha habido ninguno más, por mucho que se vistan de revolucionarios. Rompedores sí que hay. Del verbo romper.

A Morente sí lo considera revolucionario, pero quizá no tanto por Omega, que es el disco favorito de rockeros y profanos del flamenco.

¡A mí es el único que no me gusta! [Ríe] Él lo sabía y nos reíamos. «Ya sé, ya sé que no te gusta…» A mí me gusta todo lo que ha hecho Morente: Lorca, El pequeño reloj, Sueña la Alhambra… Obras maravillosas, y seguramente Omega también lo sea. Estoy seguro de que lo es. Lo que pasa es que yo no conecto con eso. Pero él sí ha sido un revolucionario. Porque revolucionario se es, de manera natural, no porque tú quieras sacudir nada. Ser revolucionario es como ser alto o tener los ojos verdes. No lo puedes decidir tú. Y aquí hay mucho disfraz de revolucionario, y no. A mí, las cosas, si no están conectadas a la raíz profundamente, no me interesan.

¿Camarón fue revolucionario?

Mira, a ver si te lo explico bien. Yo creo que Camarón era un intérprete con una voz preciosísima, con una manera de cantar muy dulce. Pero ser revolucionario para mí es otra cosa. Es cambiar un concepto. Revolucionario lo fue también, antes que él, Marchena. Hay uno cada bastantes años, y no tiene que ver con que sean buenos cantaores, sino que te dan una visión distinta de algo. Que no va de montar un pollo y liarla, que eso se hace muchas veces porque no tienes nada que contar.

No solo habla de cante y música.

Hablo de arte. De cómo el engranaje de la industria ha pasado de ser un vehículo que conecta el arte con el público a ser lo que manda. La industria estaba al servicio de la creación del artista, de su personalidad, y ahora es al revés. El artista se somete a la industria cada día más, porque si no, no encuentra salida. Y es difícil mantener los pies en el suelo y decir «no importa si no hay salida, aquí me quedo». Se paga a un precio muy alto. Se pasa mucho miedo y debes tener unos principios muy sólidos.

Cuando graba estas canciones, piensa tal vez: «¿qué dirían los cantaores de hace un siglo? ¿Les parecería bien esto que estoy haciendo?».

Siempre lo tengo en la cabeza, porque para mí toda esta gente y todas estas obras son sagradas. Tengo mucho cuidado con cómo lo hago. Sí, pienso en qué diría Pastora [La Niña de los Peines], o qué diría El Cojo de Málaga, o Tomás [Pavón]. Sí que lo pienso.

He aprendido todo esto por amor, empezando por mi padre, que era un enamorado del flamenco. Nunca he pensado si las cosas son rentables

Hablar de «sagrado» parece que va en una línea contraria a la de entender la canción como un objeto popular al que no hay que tener miedo.

Miedo no hay que tenerle a nada, hay que tenerle respeto, que son cosas diferentes. No le tengo miedo a nada, pero le tengo respeto a todo. A todo lo que toco, al público, a mis muertos, que me enseñaron a hacer de esto un acto de amor. He aprendido todo esto por amor, empezando por mi padre, que era un enamorado del flamenco. Nunca he pensado si las cosas son rentables, porque estoy conectada con otra cosa que no tiene nada que ver con el negocio. Es una cosa para mí sagrada y que tiene que ver con mis principios.

De hecho, se puede interpretar este álbum como un homenaje a una manera de sentir y expresar los sentimientos a través del arte que puede haber quedado enterrada en la actualidad, donde todo es supersónico, hiperconectado…

Totalmente. Yo no me adapto a todo eso. No sé si es para bien o para mal, pero, para mí, las cosas tienen sentido o no lo tienen, independientemente de si son lo que se lleva, lo que toca. A mí me da vergüenza hacer vídeos en las redes sociales. «Hola, voy a estar cantando ahí, venid a verme…». Eso es trabajo del programador. Yo no tengo que vender un concierto. Tengo que hacer lo que hago lo mejor que pueda. Nos hemos permitido ser tratados como objetos. Nos hemos cosificado. O haces eso, o pierdes el bolo. Pues hay que estar dispuesto a perder el bolo. Yo lo he hecho.

¿Ve cosas que la horrorizan?

Sí, y no me escandalizo. Me pongo de mala leche. Si no entendemos que tenemos un don que debemos poner al servicio del arte, no al servicio del negocio, nos vamos a la mierda.

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