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Diario de lecturas

Eduardo Mendoza nunca falla, como Anacleto y los impuestos

Eduardo Mendoza.

Eduardo Mendoza. / L.O.

José Luis G. Gómez

José Luis G. Gómez

Me he bebido ‘La intriga del funeral inconveniente’ (Seix Barral, 2026) con ansia y algo de voracidad, parando solo para soltar unas cuantas carcajadas, porque la nueva aventura del detective sin nombre de Eduardo Mendoza ha sido exactamente el despiporre que deseaba -y a mí sí que me dejó frío y cabizbajo ‘El secreto de la modelo extraviada’ (2015), anterior y algo lejana entrega de esta serie de novelas-. Eduardo Mendoza nunca falla, como Anacleto, ni tan siquiera cuando sí que falla, que como digo no es el caso. Barcelona sigue siendo el escenario de esta farsa tan cervantina como gamberra, en la que todo confluye en un disparate, cuyas intrigas gritan chapuza y hasta los simples figurantes también participan del esperpento -recuerdo las patadas propinadas sin necesidad a la hermana del protagonista por sus compañeros de viaje en un autobús, algo que dice mucho y malo tanto del mundo de estas desventuras como del nuestro, porque son el mismo-. Lector, haga caso de cualquiera que le recomiende que lea este libro, aunque se lo diga aquel viejo amigo que ya no soporta o un pelmazo que le da el viaje en el ascensor -yo podría ser cualquiera de esos dos, según hayamos sido amigos o tan solo coincidamos como completos desconocidos en uno de esos elevadores que son tan lentos como larga es la tortura en forma de charla intrascendente y obligada que suelen acoger de manera cómplice y callada-. Sea como sea, la lectura de ‘La intriga del funeral inconveniente’ resulta conveniente y beneficiosa para cualquiera que sepa que el mundo es un teatro en el que compensa disfrutar de una comedia más que de un drama, porque lo segundo está fijo en el programa.

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