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Crítica

Carlos Miguel Prieto y la música en tiempos difíciles

La Orquesta Filarmónica de Málaga cierra su temporada con un programa que entrelaza la música del siglo XX y la actualidad creativa de Gabriela Ortiz

Dmitry Shishkin.

Dmitry Shishkin. / ofm

Alejandro Fernández

Alejandro Fernández

Málaga

Málaga. 23-04-2026. Teatro Cervantes

Solista: Dmitry Shishkin, piano. Dirección: Carlos Miguel Prieto. Programa: O Kauyumari, de G. Ortiz; Concierto para piano y orquesta en Re mayor, Op. 13, de B. Britten y Décima Sinfonía en Mi menor, Op. 93, D. Shostakovich.

Con el undécimo programa de abono de la Orquesta Filarmónica de Málaga, el conjunto aborda la recta final de su temporada. Para la ocasión, la formación reservaba un programa a caballo entre el repertorio de la centuria pasada y el presente, con páginas de autores de lenguajes y formas diversas; una vía para destacar el sentido acrisolado que define la música del siglo XX y la actualidad creativa a través de la mexicana G. Ortiz, el británico B. Britten y el ruso D. Shostakóvich. En los atriles, una propuesta musicológica que no solo avanza en reflexiones estilísticas, sino también en su profundo carácter existencial, ya que todas las obras coinciden en retratar tiempos de zozobra que no distan mucho del contexto en el que actualmente nos encontramos.

De apenas doce minutos de duración, Kauyumari es una obra de encargo de la Filarmónica de Los Ángeles a la compositora Gabriela Ortiz, estrenada hace apenas cuatro años. Ortiz concibe la pieza como una reflexión sobre el regreso a la vida escénica tras la pandemia, partiendo de la imagen del venado azul como guía espiritual para sanar las heridas del alma y acceder a lo intangible. Esta breve página sirvió para que aflorasen las constantes del trabajo del maestro Carlos Miguel Prieto, quien hacía su debut con la Filarmónica de Málaga como batuta invitada: generosidad en la expresión de los solistas, profundo sentido rítmico y coherencia en unas dinámicas que permitieron destacar el gran valor artístico y la complejidad técnica de este abono, con una Filarmónica especialmente recrecida para la ocasión.

En línea con el compromiso con la música contemporánea del maestro Prieto, prosiguió una página de juventud de Benjamin Britten. Con apenas 24 años, el británico firma su Concierto para piano n.º 1, obra que no esconde evocaciones a su homólogo de Shostakóvich. Britten escribió este concierto en 1938 y lo revisó en 1945, un período marcado por la guerra y por su propio exilio voluntario hacia Estados Unidos; la obra es una declaración de virtuosismo y autoafirmación de un joven creador en busca de una voz propia. Articulada en cuatro movimientos, destaca la complejidad de los tiempos extremos y, especialmente, la transición entre el tercer y cuarto capítulo, que aparecen soldados.

El pianista ruso Dmitry Shishkin fue el encargado de defender la altísima exigencia artística y técnica que Britten insufla en la partitura. Ya en el primer movimiento, Shishkin hizo gala de una extrema claridad gracias a un meditado fraseo que le permitió abordar la exposición de manera electrizante. Sus pasajes, decididamente virtuosos, fueron capaces de establecer puentes dinámicos entre los movimientos extremos y los centrales; de estos últimos destacó el tercer tiempo, donde el solista generó el espacio necesario para una expresión que, por momentos, tornaba lírica frente al capítulo de cierre, donde retomó nuevamente el marcado sentido virtuosístico.

Tras el descanso, llegaba el momento de una de las partituras icónicas del siglo XX: la Sinfonía n.º 10 de Shostakóvich. Esta obra no solo representa el regreso al género tras cinco años de silencio forzado —desde la represión zhdanovista de 1948—, sino también una reafirmación estética estrenada en 1953, a los pocos meses de la muerte de Stalin; un ajuste de cuentas con el terror de toda una época.

Esta Décima Sinfonía recogió todas las virtudes de la Filarmónica de Málaga cuando aborda el gran repertorio sinfónico: una interpretación libre de impostaciones que, cuando cuenta en el podio con una batuta estudiada, es capaz de generar el nivel artístico necesario para hacer de esta página un ejercicio orquestal de primer orden. En el desarrollo dramático de sus movimientos cobraron pleno sentido los numerosos pasajes de los solistas de la orquesta, fundamentales para una partitura que navega entre la tensión y la ambigüedad interpretativa, entre el miedo y el sarcasmo que Shostakóvich imprimió en sus pentagramas.

En definitiva, un programa de calado, serio en su propuesta estética y artísticamente ejemplar, tanto por la labor de los profesores de la Filarmónica de Málaga como por la impronta que ha dejado entre el público el maestro Prieto.

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