Entrevista
Rocío Márquez presenta en Málaga su íntimo réquiem jondo: «El flamenco siempre ha sido más amplio de lo que hemos querido reconocer"
La cantaora trae el 25 de junio al Cervantes 'Himno vertical', una aventura íntima atravesada por el duelo

Rocío Márquez, en una imagen promocional reciente / Alejandro Cayetano
Es quizás la garganta más prodigiosa del flamenco que indaga y siente, que transita de dentro hacia fuera con una sólida base conceptual. Después de su aventuras en la electrónica con Bronquio, Rocío Márquez (Huelva, 1985) redefine el concepto de réquiem desde la perspectiva jonda más abierta a partir del duelo personal (experimentado tras la muerte de un familiar) con 'Himno vertical'. Inspirándose en la poesía del argentino Roberto Juarroz y creado en fructífera alianza con el guitarrista Pedro Rojas Ogáyar, lo presentará el próximo 25 de junio en el Teatro Cervantes, dentro de su ciclo de recitales veraniegos Terral.
Debe de ser una gran responsabilidad poner en su garganta la palabra de Roberto Juarroz, aunque aquí se haga en guiños, no en versos completos. Juarroz escribió: «El poeta es un cultivador de grietas. Fracturar la realidad aparente o esperar que se agriete, para captar lo que está más allá del simulacro». En este sentido, ¿qué es el cantante, cuál es su objetivo, desde su punto de vista?
La imagen de la grieta me atraviesa mucho porque siento que el cante también sucede ahí. No tanto en las certezas como en las fisuras. En aquello que todavía no comprendemos del todo. Quizá el magnetismo del cante tenga que ver con la posibilidad de adentrarse en esas grietas. En los últimos tiempos estoy cambiando la comprensión interna que tengo como cantaora. De emitir una voz me gusta pensar que la recibo y acompaño. No sabría decir si es una voz interior, una memoria colectiva, una intuición o algo que nos trasciende. Tampoco me preocupa demasiado situarlo o racionalizarlo.
En 'Himno vertical' se concibe a sí misma como «un canal por el que transmitir emociones».
En 'Himno vertical' apareció con mucha claridad esa sensación de ser un canal. No porque desaparezca la voluntad artística, sino porque hay algo que sucede más allá de ella. Mi trabajo consiste en preparar el terreno, escuchar y estar disponible.
Este proyecto nace del duelo, como un homenaje a Nuria, su prima. Y recuerdo lo que dijo Proust: «La felicidad es beneficiosa para el cuerpo, pero el duelo desarrolla los poderes de la mente». ¿Fue lo que pasó con usted?
No sé si el duelo desarrolla necesariamente los poderes de la mente, pero sí creo que transforma profundamente nuestra forma de mirar. La pérdida de mi prima Nuri -que para mí fue como una hermana- abrió muchas preguntas para las que no tenía respuesta. Y el disco nace precisamente de esa imposibilidad de responder. A veces asociamos la creación a una forma de conocimiento, pero en este caso fue más bien una forma de convivencia con el misterio. El duelo tiene algo muy paradójico: nos rompe y al mismo tiempo nos vuelve más permeables; nos obliga a revisar lo que creíamos estable. En ese sentido, sí siento que me llevó a lugares de reflexión y de escucha a los que quizá no habría llegado de otra manera.
Siento que el duelo me llevó a lugares de reflexión y de escucha a los que quizá no habría llegado de otra manera
También supone su primer trabajo autoproducido, bajo el sello Delirioyromero. ¿Qué le da y qué le quita la independencia?
La independencia te da libertad, pero también responsabilidad. Son dos caras de la misma moneda. En este proyecto necesitaba que los tiempos, las decisiones y los procesos respondieran a una lógica muy concreta, muy vinculada a la propia naturaleza de la obra. La autoproducción me permitió proteger ese espacio.
Es un nombre curioso el de su compañía.
Surgió de un buen amigo. Es un juego de palabras que une el lirio y el romero, dos plantas muy presentes en nuestra tierra y en el imaginario de artistas como Lole y Manuel. A partir de ahí aparece el delirio, entendido como un estado de conciencia que nos invita a mirar y experimentar la realidad desde otros lugares.
Si me permite el comentario, cuando la escucho cantar a veces siento que duda, que reflexiona; su garganta no sentencia. ¿Se lo toma como piropo?
Muchísimo. Porque creo que las preguntas son más fértiles que las respuestas. Hay formas de cantar que buscan la afirmación, la contundencia o la demostración. Son absolutamente legítimas. En mi caso, cada vez me siento más cerca de un lugar donde el cante puede ser también una forma de pensamiento. No me interesa cantar para cerrar una conversación, sino para abrirla. Si en la escucha aparece la sensación de búsqueda o de duda, me parece algo hermoso. La duda no siempre es fragilidad; a veces es una forma de honestidad.
El flamenco ha sabido siempre meditar desde una conciencia más, digamos, popular, pero usted, por ejemplo, canta por Friedrich Schiller en este trabajo. Simplemente escribir «canta por Friedrich Schiller» me resulta curioso. ¿El flamenco ha estado reducido al limitar sus referencias?
Creo que el problema no ha sido el flamenco, sino ciertas lecturas del flamenco. El flamenco siempre ha sido mucho más amplio de lo que a veces hemos querido reconocer. En su historia conviven la tradición oral, la poesía culta, la filosofía popular, la literatura, la religión, la política y la vida cotidiana. No siento que Schiller esté tan lejos de una siguiriya como pudiera parecer. Ambos intentan nombrar cuestiones fundamentales de la experiencia humana. Lo que me interesa es encontrar esos puntos de encuentro. Quizá durante mucho tiempo hemos tendido a simplificar la imagen del flamenco. Pero cuando uno se acerca de verdad a él descubre una enorme complejidad intelectual y emocional.
No siento que Schiller esté tan lejos de una siguiriya como pudiera parecer: ambos intentan nombrar cuestiones fundamentales de la experiencia humana
Esta aventura la ha vivido junto al guitarrista Pedro Rojas Ogáyar. Su trabajo en colaboración se basa en escuchar mucho al otro, no es una simple suma de talentos. ¿Qué debe de tener un artista para que le llame la atención como colaborador?
Curiosidad. Probablemente sea lo primero que me atrae. Me interesan las personas que todavía están haciéndose preguntas. Personas que no trabajan para confirmar lo que ya saben, sino para descubrir algo nuevo. También valoro mucho la generosidad. Entender una colaboración como un espacio de transformación mutua y no como una negociación de egos. Las colaboraciones que más me han marcado son aquellas en las que he salido siendo una persona ligeramente distinta de la que entró.
El año que viene se cumplen 10 desde que defendió su tesis La técnica vocal en el flamenco, que surgió de aquellos nódulos que la obligaron a detenerse. ¿Qué le aportó aquel trabajo académico como artista?
Sobre todo me aportó herramientas para escuchar. A veces se establece una oposición entre conocimiento académico e intuición artística que yo nunca he sentido como real. En mi experiencia, ambas cosas pueden alimentarse mutuamente. La investigación me ayudó a comprender mejor mi instrumento, a cuidar la voz y a nombrar procesos que antes intuía de forma más difusa. Pero quizá lo más importante fue descubrir que cuanto más estudias una cosa, más consciente eres de todo lo que desconoces. Y eso me parece un aprendizaje profundamente artístico también.
Investigar tanto en la voz y sus posibilidades, al conocer tantos colores, facetas y herramientas, ¿hace que sea más difícil encontrar la voz propia o al revés?
En mi caso ha ocurrido exactamente lo contrario. Creo que conocer más posibilidades no te aleja de tu voz; te acerca a ella. Lo que sucede es que la idea de voz propia cambia: antes pensaba que la voz propia era un lugar fijo. Ahora la entiendo más como una relación honesta con el cambio. Nuestra voz no es la misma a los veinte años que a los cuarenta. Tampoco después de una pérdida, de una alegría o de un aprendizaje importante. Investigar me ha permitido aceptar esa transformación. Y quizá ahí, precisamente ahí, es donde siento que aparece algo auténtico.
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