He venido a hablar de mi libro
El malagueño Antonio Fontana publica 'Mala entraña': "Antes de sentarme a escribir una novela, lo que veo, siempre, es el final"
El autor escribe sobre la creación de su más reciente ficción

El escritor malagueño Antonio Fontana / La Opinión
Antonio Fontana
Si les cuento que veo cosas, ustedes pensarán que soy un médium. O, lo más probable, que estoy como un cencerro. Pero ¿y si lo que les cuento es que lo que veo, siempre, es el final de mis novelas? A lo mejor ustedes, entonces, son más indulgentes conmigo y no piensan que esté como las maracas de Machín, sino solo un poco –un mucho– volado de la cabeza. Sí, lo admito: antes de meterme en harina y sentarme a escribir una novela, lo que veo, siempre, es el final. Cómo termina.
Precisamente por eso –para eso– escribo: para averiguar qué ocurre antes de que alcancemos el final que se me ha metido entre ceja y ceja y ya no hay quien lo saque de ahí ni a tiros. O, al menos, así ha sido hasta ahora. Hasta 'Mala entraña', mi última novela. Cuando se me apareció la idea, no vi el final de la trama, no: vi la novela entera, de pe a pa. Mejor dicho: la soñé. Entera. De pe a pa.

Portada de la novela de Antonio Fontana / Alrevés
Me desperté y fue como salir del cine, aunque de donde salía yo, en realidad, era de entre las sábanas. Con una novela en la cabeza, salía, que hay que ver cuánto pesa una novela completa en la cabeza: personajes, argumento, diálogos, ¡todo! Curiosamente, aquella mañana no tuve jaqueca: lo que tuve fueron unas prisas tremendas por anotar los detalles del sueño, que duraron la friolera de… diez, nueve minutos, ¿ocho, quizá? Anotar cada detalle fue una carrera contrarreloj, además de una tarea imposible: a medida que los apuntaba, los recuerdos del sueño se me desdibujaban, se iban borrando, desaparecían. Qué rabia.
Viejos amores, viejos fantasmas
¿Se imaginan ustedes haber visto una película que, nada más terminar, se les empieza a olvidar? Pues así de frustrado me sentí, así de desconcertado. Como si yo fuera una segunda señora De Winter comatosa. En plan: «Anoche soñé que volvía a Manderley…, creo». Aunque en Mala entraña no hay ningún fuego abrasador ni ningún Manderley, sino un lugar llamado Siete Revueltas, aparentemente apacible, aparentemente ideal. También hay viejos fantasmas. Y viejos amores, si es que los viejos amores y los viejos fantasmas no son lo mismo. Y un tesoro de sangre: monedas, joyas, muelas de oro. Y un abismo que la gente del pueblo ha bautizado con el nombre de Las Buitreras, donde en un descuido puedes perder pie y...
También hay varias señoras Danvers de armas tomar –pero, como son andaluzas, imponen menos, pese a su mala leche y a esa atmósfera de desvarío por la que se mueven–. Otra cosa que hay en las páginas de 'Mala entraña' es una vidente que lo ve todo en su bola de cristal salvo lo que realmente importa. Y un asesinato que es el lector quien debe resolverlo. (Oh, sí, malas noticias: en mi novela hay que ponerse a trabajar). Pero ¡alto! ¿«Un asesinato»? Para no faltar a la verdad, en 'Mala entraña' hay cientos de asesinatos: los que se ocultan bajo tierra en el interior de las fosas de la guerra. No, no les voy a engañar: no es que en mi sueño viera todo eso. Es que lo que fui incapaz de recordar… me lo he inventado. De cabo a rabo.
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