La vida moderna merma
Cuando Málaga cerraba por vacaciones
Es posible que el verdadero lujo de las ciudades del futuro no sea atraer a más personas, sino conservar algún espacio donde no ocurra nada. Y ese es probablemente el reto que tiene ahora Málaga

Cuando Málaga cerraba por vacaciones | / L.O.

Hubo un tiempo, no hace tanto, en el que agosto terminaba. Parece una obviedad, pero no lo es. Llegaba el último domingo del mes y Málaga empezaba a recogerse. Los turistas volvían a sus casas, los hoteles bajaban un poco el ritmo, determinadas persianas aparecían bajadas y en algunos escaparates quedaba colgado aquel cartel que hoy constituye prácticamente una pieza de arqueología comercial con el «Cerrado por vacaciones».
Aquello nos parecía antiguamente una desgracia. Un atraso. Queríamos una Málaga abierta todo el año. 24 siete. Una ciudad capaz de prolongar la temporada, llenar los hoteles en otoño, atraer congresos en invierno y recibir viajeros cuando ya no era necesario llevar chanclas. Nos indignaba esa mentalidad tan malagueña según la cual determinadas cosas comenzaban después de Feria y otras tantas no arrancaban hasta después de Navidad. Málaga quería dejar de ser una ciudad de temporada. Y lo consiguió. Y tanto.
Este fin de semana, mientras agosto trata inútilmente de despedirse, por el aeropuerto están previstas más de 2.500 operaciones entre el viernes y el lunes. Hay días en los que pasan por aquellas tierras cerca de 100.000 criaturas. Julio superó por primera vez los tres millones de pasajeros. Los hoteles han estado llenos, las calles han estado llenas, las terrazas han estado llenas y hasta los lugares que uno conservaba ingenuamente en su memoria como refugios particulares, empiezan a estar llenos. Ya no existe la temporada baja.
Pero mi duda es si, de camino, tampoco estará empezando a existir la ciudad baja.
Esa Málaga que bajaba el volumen. Que levantaba el pie. Que quedaba un poco en barbecho para recuperarse como sí sucede en otras ciudades como Sevilla o Madrid donde, a pesar de su frenética actividad, sí se identifican claramente espacios temporales en los que todo afloja.
No creo que debamos caer en el discurso fácil contra el turismo. Entre otras cosas porque sería profundamente hipócrita. Buena parte de la prosperidad que vive Málaga está relacionada directa o indirectamente con esa capacidad de atraer gente. El turismo genera empleo, actividad, inversión y una imagen exterior que hace veinte o treinta años nos habría parecido ciencia ficción. Tenemos un aeropuerto maravilloso, conexiones impensables, hoteles níquel, museos, restaurantes y una ciudad que figura en mapas en los que durante muchísimo tiempo ni siquiera aparecíamos.
Todo eso está muy bien. Pero la pregunta que planteo es otra. ¿Y nosotros cuándo?
No me refiero a levantar una frontera en Las Pedrizas ni a poner un torno en calle Larios que exija ocho apellidos malagueños para poder pasar. Tampoco a esa absurda superioridad moral con la que a veces observamos al visitante, como si nosotros cuando viajamos a Roma nos convirtiéramos inmediatamente en intelectuales del Grand Tour y jamás hubiésemos pedido una paella junto al Coliseo.
Me refiero simplemente a preguntarnos qué parte de la ciudad queda reservada para quienes viven en ella. Porque durante décadas confundimos una ciudad turística con una ciudad que recibía turistas. Y quizá estemos descubriendo ahora que no son exactamente lo mismo. Una ciudad que recibe turistas sigue teniendo una vida propia a la que el visitante se incorpora durante unos días. Una ciudad turística corre el riesgo de organizar su vida alrededor de quien viene y terminar considerando ligeramente extravagante a quien permanece.
El vecino empieza entonces a sentirse como ese señor que vive permanentemente en un hotel y al que los recepcionistas miran con cierta desconfianza porque nunca hace el check-out. Málaga está abierta. Permanentemente abierta. A las ocho de la mañana aparecen las primeras maletas rodando por las calles del Centro. A las diez están ocupadas las terrazas. A mediodía se forman colas. Por la tarde llegan nuevos grupos. Por la noche continúa el movimiento. Y cuando termina agosto empieza septiembre, que ya no es septiembre porque tenemos congresos, cruceros, eventos, fines de semana, escapadas y una temporada turística cuya principal característica consiste precisamente en no terminar nunca.
Después llegará octubre. Y luego el puente de noviembre. Y después las luces de Navidad. Y cuando desmontemos las luces estaremos pensando ya en Semana Santa. Y después llegará el verano. Málaga ha conseguido inventar el movimiento perpetuo. Como los relojes caros. Lo cual constituye un maravilloso éxito económico y una dudosa propuesta para el sistema nervioso.
Quizá por eso empiezo a echar de menos aquella ciudad que alguna vez no tenía nada que ofrecer. Un domingo sin una actividad que corte media ciudad. Una tarde sin una agenda cultural imposible de abarcar. Un restaurante al que se pudiera decidir ir sin haber reservado el jueves anterior. Una calle por la que caminar sin participar involuntariamente en una gymkhana entre maletas, bicicletas, grupos guiados, la muchacha que baila en Tik Tok acarreando un altavoz y personas que se detienen en mitad de la acera para averiguar en Google Maps dónde está El Pimpi.
Hasta echo de menos el agosto en el que nuestro carnicero se marchaba quince días y colocaba un folio escrito con rotulador anunciando que regresaría en septiembre. Entonces nos parecía tercermundista. Ahora me parece casi revolucionario. Alguien cerrando. Alguien diciendo que durante quince días no quiere vender nada. Ni atendernos. Ni facturar. Ni recibir una reseña. Simplemente marcharse a su cama. A su sofá. A dormir.
Es posible que el verdadero lujo de las ciudades del futuro no sea atraer a más personas, sino conservar algún espacio donde no ocurra nada. Y ese es probablemente el reto que tiene ahora Málaga. No frenar su éxito, sino aprender a administrarlo. No elegir entre turistas y vecinos, porque esa es una dicotomía infantil, sino procurar que el éxito de unos no termine expulsando la normalidad de los otros.
El Ayuntamiento tiene aquí una tarea difícil. También la Junta, el Gobierno, los empresarios y, por supuesto, nosotros mismos, que exigimos una economía poderosa mientras protestamos cuando sus consecuencias aparcan delante de nuestra casa. No hay una única palanca ni un único culpable al que cargarle el muerto. Las ciudades cambian porque cambian muchas cosas a la vez.
Este fin de semana miles de personas abandonarán Málaga mientras otras miles llegan. Las maletas se cruzarán en el aeropuerto, en Vialia y en las carreteras. Unos terminarán sus vacaciones y otros las empezarán. Y la ciudad seguirá funcionando como si agosto no hubiese terminado nunca.
Durante años soñamos con dejar de ser una ciudad de temporada. Lo conseguimos. Ahora sólo nos falta inventar una temporada para nosotros mismos.
Viva Málaga.
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