La magia del fútbol reside siempre en verlo como un juego imaginario de niños, donde dos simples piedras puedan diseñar una portería ficticia y las paredes de las casas sirvan para delimitar los límites del terreno de juego, dejando por el camino algún que otro daño colateral en forma de cristal roto entre el sollozo vecinal. Esa es y será la verdadera esencia del balompié con la que crecimos los niños de los pequeños pueblos de la comarca de la Axarquía, donde sumergidos en la inocencia de nuestra edad, pudimos viajar a un mundo imaginario para dibujar las jugadas más maravillosas e inverosímiles que nadie antes haya plasmado sobre un terreno de juego. Soñar siempre fue mi fuerte y perderme en ellos mi gran frustración. Este es el sentimiento que me ha producido el volver a contemplar esta inolvidable imagen que acompaña este texto, casi tres décadas después.

Invadido por una gran sensación de nostalgia –de esas que de cuando en cuando se apodera de mi mente–, de que toda época pasada siempre fue mejor, he regresado hasta principios de la última década del siglo pasado. Al observarla detenidamente viendo el inexorable paso del tiempo que ha caído sobre todos nosotros, ha sido inevitable esbozar una sonrisa y no he podido evitar decir eso de: «¡Madre mía, con esa mata de pelo que tenía!». 

Esta es la primera foto «oficial» de la historia del Sedella, C.F. que data de mediados de 1992, donde un grupo de osados jóvenes pueblerinos soñamos con pasear con orgullo el nombre de nuestro pueblo allá por donde viajábamos.

Intentando poner en orden mis recuerdos, se me viene a la cabeza el año 1984 cuando dejé mi ciudad natal de Schaffhausen, para regresar al pueblo de mis padres con la ilusión de buscar un mejor porvenir cerca de la familia. Recuerdo que al bajar del taxi que nos dejó a orillas de Sierra Tejeda y con mi balón de «reglamento» bajo el brazo, le pregunté a mi madre: «Mamá, ¿dónde está el campo de fútbol del pueblo?», a lo que ella contestó: «Aquí no hay campo de fútbol, hijo…» Efectivamente, ¡en nuestro pueblo no había campo de fútbol!

Sin darme aun por vencido, al día siguiente acudí a los niños con los que jugaba en algún que otro verano que vinimos de vacaciones, y estos me señalaron que los pocos chicos que jugaban a la pelota lo hacían en la explanada de la Iglesia, por lo que me dirigí allí de inmediato con mi balón. No era el lugar que había soñado comparado con los espectaculares campos de césped a los que estaba acostumbrado a jugar en Suiza. Apenas eran unos 20 metros cuadrados de irregular empedrado con baches y escalones, pero el lugar perfecto para dar rienda suelta a mi pasión.

Sin intentar ser precursor de nada, he de reconocer que mi influencia helvética en Sedella, como casi un siglo antes habían hecho otros ilustres suizos como Paul Heubi en Madrid o Joan Gamper en Barcelona, comencé a reclutar a los chicos del pueblo para poder llevar a la práctica aquel juego del balompié que tanto me apasionaba. Apenas contaba con dos lustros a mis espaldas, cuando la desilusión inicial de no disponer de un terreno de juego dio paso a uno de los sueños más bonitos de mi vida, el de: «como ser feliz con muy poco». Solo necesitábamos un balón para dejar fluir nuestra imaginación.

 Y así fue –no sin algún que otro cristal de la iglesia roto de por medio con la correspondiente bronca de Antonio el alguacil o la de Rafael Peales por destrozar su fachada–, como fuimos creciendo felices durante nuestra infancia, hasta lograr, siete años después, formar un verdadero equipo en un pueblo con apenas 400 habitantes, y como tal, quisimos dejarlo reflejado para la eternidad, en esta bonita instantánea.

Y os preguntaréis, pero si no había campo de fútbol en Sedella, ¿dónde demonios se tomó la citada fotografía? Resulta curioso, pero siempre jugábamos de visitante, así que está tomada en el Campo de Canillas de Aceituno, nuestro pueblo vecino, que junto al coqueto campito de Salares de muy reducidas dimensiones o el curioso campo en forma de triángulo de Corumbela, formaban nuestros lugares de peregrinaje cada fin de semana para poder jugar. Sorprendente, ¿verdad? –insisto, éramos muy felices así–.

Pero como si del castillo más grande y poderoso del mundo se tratase, o del puente más largo jamás construido sobre algún océano, una persona sola no va más allá de poder poner la primera piedra, necesitando la ayuda del prójimo para llegar al final del camino. Es por ello que inicialmente mi mirada se detiene con mayor atención en 3 de los componentes de aquella formación.

La primera parada la hago en Salvador Rodríguez García «Salva de Anita». Era al primero que siempre buscaba para ir al encuentro del resto. De él siempre me ha gustado su fortaleza física. Era incombustible. Yo, aun con el horario suizo entre ceja y ceja, merendaba bastante pronto y seguidamente iba a su encuentro. Su madre y con la única condición de que se comiese aquel enorme bocadillo de paté o nocilla que le preparaba todas las tardes, le dejaba venir conmigo. Lo curioso es que él se lo guardaba para cuando se diese el pitido inicial al partido. Es ahí cuando comenzaba a comérselo. Creo que de ahí viene toda su fuerza ya que no me imagino yo haciendo eso, me tendrían que sacar en camilla y con una bombona de oxígeno del campo.

Después estaba Salvador Jiménez Aguilera «Salva de Asunción», más tarde conocido como «El Ancho». La verdad es que a él no le seducía mucho el fútbol, pero se lo pasaba bien repartiendo estopa a diestro y siniestro. Recuerdo que junto a él y con unas vigas viejas que pesaban una barbaridad, levantamos las primeras porterías de madera en el patio del colegio. La red resultó ser un plástico viejo de invernadero. Recuerdo que inauguramos el nuevo «estadio» en un partido contra los chicos de Canillas del Aceituno, a los que ganamos en los penaltis si mal no recuerdo. Fue la primera vez que vino gente a vernos jugar. ¡Qué emocionante resultó aquello!

Por último y dentro de esta primera parte de recuerdos, destacar a uno de mis amigos del alma como es Antonio Luis Jiménez Pérez, el «Pito». Con él entré al colegio, permaneciendo juntos desde entonces hasta salir de la Universidad con nuestra licenciatura bajo el brazo.

Sin lugar a dudas de los momentos más felices de nuestras vidas la pasamos en la UNI entre 1991 y 1995 junto a nuestros hermanos David Mejías Serrano y José García García. Quizás la mente más privilegiada de mi entorno al cual debo de agradecer algún que otro aprobado en nuestro periplo por el instituto. Volviendo a lo que nos concierne que es el fútbol, recuerdo que no hacía mucho ruido por entonces, se limitaba a juntarse con el resto del equipo y a jugar. De él se me viene a la cabeza aquella final que jugamos en 1994 ante el Frente Polisario en la UNI y que gracias a sus 2 golazos en la final (uno de ellos de preciosa vaselina), logramos ganar por primera vez el campeonato. ¡Fue una noche increíble!

Los cuatro juntos fuimos en realidad los que pusimos los cimientos del fútbol en Sedella y si nos echaban de la puerta de la iglesia, nos íbamos al patio del colegio que, aunque era más pequeño, no nos impedía seguir disfrutando del juego.

Seguidamente me detengo en la imagen de José A. Gutiérrez «Jose Millón». De él recuerdo que todos los sábados por la mañana cuando venía de Málaga interrumpía mi sueño bruscamente, para bien temprano irnos ya a desconchar las vetustas paredes de cal de las casas del pueblo con su balón «oficial». Él siempre traía los mejores balones y los chicos disfrutábamos de lo lindo.

Ese que parece que esta alegremente cantando en la imagen es Antonio Rodríguez García «Antonio Curro». De él puedo destacar su entusiasmo y su capacidad de sacrificio. Con el paso de los años, viendo que en nuestro pueblo no disponíamos de instalaciones para jugar y cuando más cundió el desánimo entre todos nosotros, tiró del carro y nos motivó de nuevo para seguir creyendo que todo era posible con sacrificio e ilusión. Se me viene a la cabeza aquel día que fuimos a una entrevista a Velevisa para hablar de fútbol y tuvimos que ir con el clásico «cuatro latas» del Ayuntamiento al que solo le funcionaban 3 marchas. El viaje de Sedella a Vélez se hizo eterno y, ¡cómo nos pitaban en la autovía, ya que no podíamos pasar de 60 kms/h! Nos reímos de lo lindo durante todo el camino.

A su lado y como pareja inseparable dentro de la defensa del equipo, Antonio Cabello «Antonio el del Bigote». Recuerdo que cada vez que alguien me castigaba en demasía, acudía a él para que saldase cuentas con mi rival. Hombre culto y educado, no en vano es profesor.

Y, qué decir de nuestro portero Ignacio Parrado Castro «Atanacio». Uno de los mejores porteros de toda Málaga. Gran apasionado del balonmano y dotado de una agilidad tremenda, que con sus impresionantes actuaciones evitaba grandes goleadas en nuestra contra. Jugaba sin guantes y terminaba los partidos con las manos completamente ensangrentadas.

Para completar la foto Jose «El Sordo», «El Negro» que ejercía de jugador entrenador, Alfredo «El Mellizo» y «Pepito» Toribio que, sin ser grandes malabaristas con el balón en los pies, siempre estuvieron al servicio del equipo con enorme predisposición.

En definitiva, esta es la historia de una foto en la que unos jóvenes e intrépidos apasionados del fútbol, decidieron aventurarse por todos aquellos pueblos blancos que formaban parte del maravilloso entorno Natural del Paraje de Sierra Tejeda; con la firme intención, no solo de disfrutar de su gran pasión, sino la de llevar por bandera a su pequeño pueblo de apenas un puñado de habitantes; y cuya denominación, según cuenta la leyenda, lleva el sello de la propia reina Isabel la Católica; quién vino a pronunciar aquellas mágicas palabras de: «SE-DE-ELLA» tras la victoria cristiana ante los musulmanes encabezados por el propio Sultán de Granada, El Zagal, en la sangrienta batalla llevada a cabo en el Arroyo de la Matanza, dentro de las inmediaciones de la aldea, allá por el siglo XV.