Burgnich es uno de los nombres que forman parte de esa alineación que los aficionados del Inter de Milán recitan como si fuese el rosario. El equipo de los sesenta, el de Helenio Herrera, en el que los defensas asustaban y los delanteros dibujaban jugadas imposibles.

Tarsicio Burgnich era de los primeros. Cuerpo compacto, piernas poderosas, rostro que parecía esculpido en piedra, siempre serio. Algún periodista le bautizó como la «fuerza silenciosa del Inter» porque llevaba al límite su discreción. Era como Facchetti, su íntimo amigo y compañero de defensa en el lateral opuesto. El ruido lo dejaban para el campo. Dormían siempre en la misma habitación en las largas y continuas concentraciones que ordenaba Herrera y sus compañeros decían que entre ellos había una competición para ver cuál de los dos era el que menos hablaba. De noche se encerraban a leer. Novela el uno; historia el otro.

Antes de llegar al Inter para instalarse en la cima de Europa y rozar la gloria mundial con la selección italiana, Tarsicio Burgnich tuvo que probar también la cara más amarga de su mundo. El Udinese le había hecho debutar en Primera cuando apenas tenía 18 años. Aquello era mucho más de lo que podía soñar un chico nacido en Ruda, un pequeño pueblo de la región de Friuli, donde los niños se hacían balones rellenando bolsas con heno. Hijo de un veterano de la Primera Guerra Mundial, el pequeño Tarcisio era aficionado del Torino y lloró desconsoladamente el día que se enteró de la Tragedia de Superga donde se perdió un equipo irrepetible.

Ya convertido en futbolista Tarsicio llamaba la atención por su contundencia, por la fe con la que jugaba y sus condiciones como marcador. En ese momento fue esencial la mano de su primer entrenador, Comuzzi, que le repetía que en su trabajo debía tener «un ojo y medio en el delantero al que marcaba y solo medio en el balón. Los defensas se distraen con demasiada facilidad». Tanto fue así que la poderosa Juventus le fichó al año siguiente aunque en Turín su participación fue escasa. Para la historia quedó que allí ganó su primer título (la Liga de 1961) pero nunca sintió aquella conquista como suya.

La Juve le vendió al Palermo de inmediato. «No me da tiempo a deshacer la maleta» era una de las frases que utilizaba para describir el peregrinaje de aquellos años en los que cambió cuatro veces de equipo en otros tantos años. Porque en Sicilia solo resistió una temporada. Llegó entonces el amor de su vida: el Inter de Milán.

Helenio Herrera llevaba dos años al frente del equipo y aún estaba buscando dar forma a su creación. Italo Allodi, el director deportivo en aquel momento, leyenda de los despachos en el fútbol italiano, fue quien se lo recomendó a Herrera. El argentino le sometió a un estrecho seguimiento durante las últimas semanas de campeonato y en verano de 1962 el Inter pagó cien millones de liras por él.

Mucho dinero por un defensa joven que aún no se había asentado en la Primera División. El tiempo no tardó en darles la razón a los responsables del Inter de Milán. Burgnich entró a formar de uno de los equipos más extraordinarios que ha visto el fútbol europeo. La seriedad atrás fue una de sus señas de identidad y hubiera sido imposible conseguirla sin este friuliano que no llegaba al metro ochenta pero que martirizaba a los defensas que tenía que marcar. Sarti en la portería, Burgnich y Facchetti en los laterales; Guarneri y Picchi en el centro sostenían y cuidaban de aquella estructura casi perfecta. Liberaban a sus compañeros, apenas pisaban el campo contrario, pero convirtieron el área del Inter en uno de los lugares «en los que uno podía sentarse a merendar sin que miedo a que nadie le molestase» llegó a escribir Gianni Brera (interista declarado) en las páginas de La Gazzetta.

A Burgnich no tardaron en ponerle el apodo de la «roccia» (roca). Fue su compañero Armando Picchi que antes de un partido advirtió a Novelli, un excompañero suyo en el Spal, que tuviese cuidado con Burgnich porque no era a clase de defensa que estaba acostumbrado a desbordar. En el primer duelo entre ambos se produjo un encontronazo y el extremo salió despedido tres metros fuera del campo. Picchi llegó al lugar riéndose y solo le dijo «te avisé de que era como chocar con una roca». Y para la eternidad quedó aquello. El joven Novelli fue solo uno de la infinidad de delanteros que se vieron impotentes ante Burgnich. Herrera siempre le enviaba a marcar al más complicado, al más rápido, al más habilidoso. Él cumplía en cualquier escenario. Era duro, pero no violento. Jamás escapaba de un choque o renunciaba a meter la pierna. Sus primeros años en el Inter, en cuanto Helenio Herrera acabó de coser su idea, fueron gloriosos. Ganaron la Liga en 1963, pero sobre todo se les recuerda por las dos Copas de Europa consecutivas en 1964 y 1965 (una de ellas ganada al Real Madrid donde se encargó de anular a Gento) y las dos Intercontinentales correspondientes que situaron al Inter de Milán en la cima mundial. Una hegemonía en toda regla que se había construido sobre una base granítica gracias a los guardianes que cuidaban de su portería.

Claves en el mejor Inter

Burgnich y Facchetti, íntimos amigos, compañeros de habitación, parecidos de carácter, eran tan importantes como Suárez, Mazzola o Corso a quien apodaban el «pie izquierdo de Dios». Eso decía Herrera y al principio la gente se horrorizaba. Parecía un sacrilegio poner en valor a los defensas de aquella manera, pero al final todo el mundo acabó por reconocer la evidencia. El Inter era grande porque su defensa también lo era.

Italia trató de trasladar aquel modelo de éxito del Inter y Burgnich también fue una pieza esencial en la selección. La Eurocopa de 1968, resuelta en un desempate, fue su mayor conquista y también un ejemplo de su capacidad para entender a los rivales. En el primer encuentro Dzajic –uno de esos talentos del Este que pasaron inadvertidos por el gran público por la imposibilidad de salir de sus países hasta una determinada edad– le volvió loco. Era un extremo tan rápido como habilidoso. Burgnich no podía con él. Marcó el primer gol y menos mal que Italia forzó el desempate (entonces no había penaltis) a diez minutos de que acabase el choque. El seleccionador se planteó de cara a la repetición que otro futbolista marcase a Dzajic, pero fue el propio Burgnich quien le pidió que no lo hiciese. Su marcaje en el segundo partido fue impecable e Italia se impuso por 2-0 para sumar su primera Eurocopa.

Con los Mundiales no tuvo tanta suerte. Se perdió el partido de 1966 en el que Corea eliminó a Italia y en 1970 vivió uno de los grandes episodios de la historia del fútbol. Burgnich había sido de los mejores en aquel campeonato. En la colosal semifinal ante Alemania marcó el segundo gol italiano en una de esas escasas ocasiones en las que pisaba el área que no le tocaba defender. De cara a la final ante Brasil, el seleccionador Valcareggi le envió a marcar a Pelé, el peor trago que uno podía imaginar en aquel momento. No se asustó, nunca lo hizo. «Solo trataba de convencerme de que era de carne y hueso» contaría luego. La cuestión es que Burgnich sale retratado en una de las imágenes icónicas del fútbol mundial: la del primer gol de Brasil. Un cabezazo extraordinario de Pelé en el segundo tiempo. En las imágenes el defensa del Inter hace un enorme esfuerzo por llegar, pero el brasileño emerge por encima de su cabeza. «Me equivoqué. Tendría que haber dado un paso antes. No creía que el balón caería a esa zona y cuando quise llegar ya era tarde».

Burgnich hizo un partido magnífico aquella tarde en el Azteca de México, Pelé no fue de los mejores de su equipo, pero aquella final está explicada en esa imagen que acompañó a Tarcisio Burgnich toda la vida. Seguramente el destino de aquel Mundial no hubiese cambiado, pero él siempre quiso creer que sí, que justo ese día dejó de tener «un ojo y medio en el rival». La «roccia» estuvo en el Inter hasta 1974 (doce temporadas) y cerró su carrera en el Nápoles antes de dedicarse a la tarea de entrenador donde pasó por mil sitios pero nunca tuvo la ocasión de sentarse en alguno de los grandes del fútbol italiano. Cree que pagó su carácter, su silencio: «En este oficio hay que saber venderse y yo nunca he sabido».

Burgnich se ha muerto poco antes de que arranque una Eurocopa. Al frente de Italia está ahora Roberto Mancini, un chico al que hizo debutar en el Bolonia cuando solo tenía 16 años, y que ha prometido honrarle en este campeonato.