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La Opinión de Málaga

Historias del Deporte

El pie derecho de Uwe Seeler

El pasado 21 de julio, la ciudad alemana de Hamburgo lloraba la muerte a los 85 años de la mayor leyenda de su historia, el futbolista que siempre prometió defender solo la camiseta del club al que llegó cuando tenía diez años

Uwe Seeler lanzando un penalti.

En las afueras del estadio del Hamburgo no hay versiones en piedra de sus grandes leyendas como sucede en casi todos los estadios ingleses, convertidos en un hermoso homenaje a su historia. En el exterior del Volksparkstadion hay un pie derecho gigante de más de cuatro toneladas de peso y cinco metros de alto y otros tantos de largo. Una pieza de bronce que impresiona a simple vista. Es el pie de Uwe Seeler. Cuando el Hamburgo decidió rendir tributo a la mayor leyenda de su historia encargó a un escultor de la ciudad que inmortalizase su pie derecho, su herramienta de trabajo, ésa con la que a lo largo de su vida fue capaz de anotar casi seiscientos goles, siempre con la camiseta del Hamburgo, el equipo en el que jugó su padre, el equipo que prometió defender siempre y al que fue incapaz de ser infiel un solo día.

Uwe Seeler, «nuestro Uwe» como se referían a él en Hamburgo, llegó al club cuando solo tenía diez años y Alemania trataba de recomponerse de las inmensas heridas que la Segunda Guerra Mundial había dejado. Seeler solo tenía dieciséis años cuando Georg Knöpfle le hizo debutar con el primer equipo contra el Gottingen 05. Aquella tarde se enfrentó a un defensa que le sacaba dos cuerpos, un aviso de lo que iba a ser su carrera. Pero Uwe Seeler no se arrugó. Nunca lo hizo. Era un tipo de delantero engañoso. Su aspecto confundía a cualquiera. Más bien pequeño, algo cargado de hombros, con la apariencia de estar algo por encima de su peso y de ser más mayor de lo que decía su documento de identidad, en gran medida por culpa de la escasez de pelo. Esa errónea interpretación tardó muy poco tiempo en extinguirse. «Una pulga cuando saltaba, una liebre cuando corría y un toro cuando cabeceaba». Así le describió el seleccionador nacional, el célebre Sepp Herberger, años más tarde. La fama de Seeler no tardó en extenderse por todo el país a medida que gigantescos defensas caían destrozados por esa mezcla de habilidad y potencia que brotaba de sus piernas. Era un delantero inverosímil, capaz de inventarse un gol con un remate imposible y luego destrozar al portero con un misil desde fuera del área. Manejaba todos los registros. El gran delantero de su tiempo.

Herberger, el seleccionador alemán, estuvo a punto de convocarlo para el Mundial de Suiza en 1954 (que acabaría ganando Alemania) con solo 18 años, pero cuando quiso añadirlo a la lista, impresionado tras verle por primera vez, se encontró con que se había cerrado el plazo para realizar cambios y Seeler se perdió la posibilidad de ser campeón del mundo con los Fritz Walter y compañía. Tardó apenas unos meses en estrenarse con la selección en un partido ante Francia: «Sal y haz aquello para lo que te he traído», le dijo Herberger antes de comenzar. Desde ese día hasta su retirada de la selección en 1972 suyo fue el puesto de delantero centro. Jugó cuatro Mundiales aunque en ninguno de ellos pudo lograr lo que estuvo a punto de conseguir cuando solo tenía 18 años.

El final de la maldición

Mientras se consolidaba como el delantero centro titular de la selección alemana, Uwe Seeler se dejaba el alma en intentar que el Hamburgo, el equipo al que seguía desde niño y del que eran aficionados todos sus familiares, volviese a ganar un título, circunstancia que no se daba desde 1928. No era sencillo teniendo en cuenta el potencial de buena parte de sus rivales. Pero los goles y la fe de Seeler lo cambiaron todo. El equipo no tardó en asomar en las principales finales del país (hasta 1963 que nació la Bundesliga, el campeón alemán salía de los enfrentamientos entre los diferentes equipos que habían ganado los torneos regionales). Seeler y su Hamburgo comenzaron a crear cierta leyenda negra a su alrededor por el temblor de piernas que les entraba en los partidos decisivos. En 1956 perdieron la final de la Copa, en 1957 la final del campeonato alemán ante el Borussia de Dortmund y un año después su verdugo fue el Schalke 04. No había manera de que la ciudad pudiese dar rienda suelta a su felicidad. En 1960 regresaron a otra final, en este caso ante el Colonia. Posiblemente el día más feliz en la carrera de Uwe Seeler. El Hamburgo se impuso por 3-2 en un partido extraordinario que dominaban hasta que a falta de cuatro minutos el Colonia igualó. Parecía que la leyenda negra estaba dispuesta a escribir un nuevo episodio en la vida del Hamburgo cuando Uwe Seeler, a un minuto del final, anotó el tanto de la victoria. Dos goles llevaron su firma aquel 25 de junio de 1960, el día que el Hamburgo volvió a ser campeón de Alemania 32 años después.

Para la ciudad aquello fue una liberación, entre otras razones porque sospechaban que Seeler acabaría por salir del equipo si veía que allí era incapaz de colmar sus legítimas aspiraciones de ganar los títulos que parecían corresponderle por su calidad e importancia. Él siempre dijo que nada le movería de Hamburgo, pero había incrédulos que ponían en duda sus intenciones. Tuvo que llegar el Inter de Milán para convencerlos. En los años sesenta, cuando los interistas formaron uno de sus equipos más legendarios y que les dio el reinado en Europa, pensaron en Seeler como refuerzo de verdadero lujo. Llamaron al Hamburgo y al futbolista y le pusieron encima de la mesa uno de los contratos más importantes que el fútbol había conocido. Llegaron a ofrecerle un millón y medio de marcos, una cifra desproporcionada por completo. El delantero alemán agradeció el gesto e insistió en que nada le movería nunca de Hamburgo. Otros equipos vinieron tras él, pero siempre encontraron la misma respuesta. «En ningún sitio seré más feliz», repetía. Hasta que su teléfono dejó de sonar. El fútbol se convenció de que resultaba inútil tentarle. Seeler siguió a lo suyo y en 1963 condujo al equipo al primer título de Copa alemana de su historia.

A Seeler ya solo le quedaba conquistar el mundo con la selección alemana para sentirse plenamente satisfecho. Pero el destino le negó esa ocasión. En 1966 perdió la final ante Inglaterra en Wembley y cuatro años después perdieron la semifinal en México ante Italia en el conocido como «Partido del Siglo» que se resolvió por 4-3 en la prórroga. Aquel torneo fue el de la cohabitación en la selección con Gerd Müller, nueve años más joven que Seeler. Helmut Schön lo tuvo claro desde el primer momento. No renunciaría a ninguno de los dos. Pero en las semanas previas al Mundial hubo cierto ruido porque se trasladó que Müller no quería renunciar al dorsal número 9 que en principio era para Seeler. El delantero del Hamburgo, al ser preguntado por la absurda polémica, se limitó a decir: «Cosas de los jóvenes...». Y siguió como si nada hubiese sucedido. Aquel Mundial, en el que Seeler anotó en el impresionante duelo de cuartos ante Inglaterra un histórico gol con la nuca, Müller aprendió muchas cosas sobre el oficio y el compañerismo.

En 1972 Uwe Seeler, tal y como había prometido, se marchó. Dijo adiós a la selección y al Hamburgo pese a lo apetitoso que podía resultarle estirar la carrera dos años más y jugar en casa el Mundial de 1974 que acabaría ganando Alemania. Pero había dado su palabra de que se iría dos años antes y no interferiría en la preparación del equipo nacional: «No quiero jugar por caridad, ni que el seleccionador se vea obligado a hacer algo solo por mi nombre», dijo. Y así se marchó uno de los más grandes goleadores de todos los tiempos. En 1978 le invitaron a jugar en Irlanda un partido promocional con el Cork City que realmente resultó ser un encuentro oficial de la Liga de aquel país y en las estadísticas figura una única participación con el conjunto irlandés. Pese a esta especie de broma irlandesa nadie le niega la condición a Uwe Seeler como uno de los más grandes «one club man» que han existido. Alemania le dio el título de capitán honorífico (honor compartido con Fritz Walter, Beckenbauer y Matthäus) y en Hamburgo simplemente es lo más parecido a Dios que han visto. Por eso la ciudad vivió una de las semanas más tristes de su historia tras conocer el jueves 22 de julio que «Uns Uwe» (Nuestro Uwe) había fallecido a los 85 años de edad. Quedan sus goles, su recuerdo y una mole de cuatro toneladas de bronce que honra su grandeza.

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