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Fútbol

Summerbee: El delantero que zurraba a los defensas

Leyenda del City en los sesenta, fue distinguido por la Reina Isabel II con la Orden del Imperio Británico

Mike Summerbee cabecea a la red durante un partido. | LA OPINIÓN

Cuentan en Inglaterra que los laterales nunca jugaban con espinilleras hasta el día que se enfrentaban a Mike Summerbee. El extremo nacido en Preston en 1942, uno de los más electrizantes que ha dado el fútbol británico, estrella del primer gran Manchester City de la historia, se ganó una sólida reputación por el trato que daba a los responsables de su marcaje. Con él se acabó la costumbre del delantero preocupado por salir entero del campo de minas en el que se convertían los partidos. Summerbee devolvía todas las que le daban y no había lateral que pudiese estar tranquilo con él tanto si tenía la pelota como si no.

No fue así al principio. Como la mayoría de futbolistas que jugaban en su posición su preocupación era hacer todo el daño posible sin ser cazado por un rival. Y mucho más él. Porque Summerbee, ligero como pocos, extremadamente delgado, era un tipo escurridizo, muy rápido y con una facilidad asombrosa para el desborde. Pero todo cambió tras su llegada al Swindon, club que le fichó cuando tenía diecisiete años. Tras un partido ante el Notts County, jugando en la posición de delantero centro que ocupó en los primeros años de su carrera, escapó un par de veces de la entrada «contundente» de los rivales. Cuando llegó al vestuario Bert Head, el entrenador, se lo comió delante de todos sus compañeros y le dedicó numerosos improperios. Le llamó cobarde y le aseguró que sus días en el fútbol profesional acabarían muy pronto si seguía comportándose en el campo como una «simple bailarina que va dando saltos tratando de que nadie le toque». Aquel discurso transformó a Summerbee como él mismo reconocería en numerosas entrevistas a lo largo de su vida. Se convirtió en un guerrero que no eludía el choque, que perseguía a los defensas de forma voraz y que recurría a la dureza para cortar sus avances. Aquello trajo una colección de tarjetas, llamadas al orden, riñas y audiencias en la Federación Inglesa donde a veces se dilucidaban las acciones más polémicas que habían tenido lugar en un campo de fútbol.

Su juego y su carácter no tardaron en llamar la atención. El Manchester City, un equipo que siempre se había mantenido a una distancia prudencial de los títulos y vivía bajo la opresión de sus vecinos del United, pagaron 35.000 millas al Swindon para llevárselo. Summerbee fue el primer fichaje que realizó Joe Mercer, que había compartido equipo con su padre, tras su llegada al banquillo de Maine Road, con el equipo aún en Segunda División. Pero fue aparecer en escena el extremo y la historia comenzó a cambiar para el City. Ascendieron a Primera ese año y al mismo tiempo llegó Colin Bell a la plantilla. Algo comenzaba a moverse al otro lado de Manchester. Summerbee encajó de maravilla con la hinchada de Maine Road. Comenzaron a llamarlo «Buzzer», adoraban su capacidad para generar peligro con su habilidad como su facilidad para meterse en todo tipo de broncas. Para los defensas ingleses de aquel tiempo el cambio era revolucionario. No solo por la anécdota de que muchos tuviesen que empezar a jugar con espinilleras sino por un cambio de rol al que no estaban acostumbrados. Ellos salían al campo convencidos de imponer su ley pero aquel insolente que parecía tener fuego dentro de su cuerpo salía a torturarles de todas las formas posibles.

Al tiempo que se asentaba en la máxima categoría, Mike Summerbee se hizo íntimo amigo de George Best. Un día se lo encontró en un bar. Estaba solo sentado en una mesa y se acercó a él para presentarse como un profundo admirador. Desde ese día fueron casi inseparables. Les tocó además vivir una etapa de explosión pop en Manchester y ellos, enconados rivales como miembros de los dos equipos de la ciudad, contribuyeron a su manera a revitalizar la ciudad. Se convirtieron en compañeros durante las largas noches de fiesta y al mismo tiempo abrieron una tienda de moda en el centro con la que completaban sus ingresos. Funcionó bien porque los dos futbolistas, sobre todo George Best, era un reclamo único para un negocio como ése. Pero en el campo mantuvieron una apasionada rivalidad aunque el United a finales de los sesenta, que llegó a conseguir la Copa de Europa, siempre estaba varios pasos por delante. Pero en 1967 con el fichaje de Francis Lee por el City las cosas dieron un nuevo vuelco. Ellos también pasaron a tener su «Santísima Trinidad», al estilo de sus vecinos, que formaban Mike Summerbee, Colin Bell y Francis Lee. Unir a esos tres talentos cambió la historia del club. Esa misma temporada libraron un antológico duelo con el United por el título de Liga que se resolvió en la última jornada a favor del City. Un triunfo por 4-3 sobre el Newcastle (con gol decisivo de Summerbee) les dio el segundo título de Liga de su historia aunque treinta años después del primero.

Summerbee siguió siendo un dolor de cabeza para los rivales y también para las hinchadas rivales que le tuvieron siempre como uno de sus objetivos. Él disfrutaba con aquello y no dudaba en entrar en ese juego que formaba parte del espectáculo. La afición del United se mofaba del tamaño de su nariz con un cántico que decía «Summerbee, Summerbee, camino un millón de millas hasta la punta de tu nariz» a lo que él reaccionó en Old Trafford simulando que se sonaba los mocos con el banderín del córner.

Ganar la Liga fue como sacarle el tapón al City de aquellos años. Detrás vinieron una Copa, la Recopa (el primer título europeo de su historia) y una Copa de la Liga. Pero tal vez lo más importante fue cambiar para siempre la historia del club que entró en una nueva dimensión y a partir de ese momento trazó unos objetivos siempre más ambiciosos. De aquellos títulos Summerbee no pudo estar en la final de la Recopa de 1970 ante el Gornik Zabrze polaco porque una semana antes, en la final de la Copa de la Liga en la que fue decisivo, se lesionó de gravedad y tuvo que perderse ese partido. No fue la única consecuencia que tuvo aquella inoportuna lesión. Alf Ramsey le había convocado para jugar con Inglaterra media docena de veces durante los dos años anteriores y tras su gran temporada existían serias opciones de que entrase en la lista del Mundial de México, pero ya no hubo esa oportunidad. Al margen de quedarse fuera de la cita de 1970 las ocho internacionalidades que tuvo en toda su carrera parecen muy pocas para un futbolista como él.

Jugó en el City hasta 1975. Tony Book, uno de los mejores amigos que tuvo en el vestuario del equipo de Manchester, se hizo cargo del equipo y se vio obligado a afrontar la dolorosa y necesaria renovación de un vestuario ya envejecido, que había dado muchas tardes de gloria y peleado por casi todos los títulos posibles, pero que tenía que dejar paso a una nueva generación. Eso implicaba abrir la puerta a muchos de sus compañeros y amigos. Mike Summerbee estaba entre ellos. No era un trago fácil, pero lo solucionaron de forma fraternal. Con un abrazo y un par de cervezas. El Burnley pagó 25.000 libras por su traspaso y se fue a jugar allí solo un año. Luego saltó por un par de equipos menores hasta que en 1979, con 37 años, decidió que había llegado el momento de parar. Se dedicó al negocio de la venta de camisas y entre otras cosas participó en el rodaje de «Evasión o Victoria» después de que Bobby Moore, otro buen amigo que hizo en el fútbol, le llamase para unirse al equipo de futbolistas que acompañan a Sylvester Stallone y Michael Caine en la película. Como a Summerbee le gustaba decir: «Yo era de los que tenía más frases».

En 2012, ya convertido en embajador del Manchester City, se le diagnosticó un cáncer de próstata. Tras recuperarse Mike Summerbee se ha dedicado estos diez años a la concienciación sobre la enfermedad y ha puesto en marcha campañas para recaudar fondos para ayudar en la investigación y tratamiento de la misma. Por todo ello la Reina de Inglaterra decidió incluir a Mike Summerbee en la lista de personajes que este año, con motivo de su aniversario, se merecen recibir la Orden del Imperio Británico.

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