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Historias irrepetibles

El gol eterno del «Chango»

El pasado 30 de marzo murió Juan Carlos Cárdenas, el autor del gol más importante de la historia de Racing de Avellaneda, que les dio la Copa Intercontinental ante el Celtic de Glasgow

Cárdenas besa la Copa Intercontinental tras la final. LA OPINIÓN

A Juan Carlos Cárdenas, el «Chango» Cárdenas para la eternidad, le gustaba decir que él cumplía años dos días diferentes. El 25 de julio, cuando nació en Santiago del Estero, la ciudad más antigua de Argentina; y el 4 de noviembre, fecha en que anotó el gol más importante de su vida y de la historia de Racing de Avellaneda. «Y me llegan muchas más felicitaciones en noviembre que en julio» le gustaba recordar entre risas. Fue ese día, en 1967, cuando conectó un impresionante zurdazo en el desempate de la Copa Intercontinental que enfrentaba en Montevideo al Racing con el Celtic de Glasgow y que sirvió para inclinar una serie de tres partidos cargados de violencia. Era la primera vez que un club argentino se proclamaba «campeón del mundo», el título más grande que se podía alcanzar fuera de las selecciones nacionales. Ese gol forma parte de la memoria colectiva del fútbol argentino y especialmente de la hinchada de Racing que revive de forma permanente ese instante. Las jóvenes generaciones que se van incorporando a la fe de «la Academia» aprenden, antes que nada, a idolatrar la figura del «Chango».

Racing encontró a Cárdenas en 1962 cuando éste tenía 17 años y jugaba en el Unión de Santiago de Estero. Desde muy pequeño llamaba la atención de todo el mundo. En la calle donde vivían le llamaban «el polaco» porque era el más rubio de todos los chicos del vecindario, pero ese apodo y él no tardarían en separar sus caminos. Era un delantero con una contundente pierna derecha que los técnicos del club de Avellaneda estaban seguros de que podía tener recorrido en el mundo profesional. Sin haber cumplido los 18 años se despidió de su familia y se subió a un tren para comenzar una nueva vida en Buenos Aires. Cárdenas llegaba a un gran equipo que venía de ser campeón en 1958 y 1961, solo unos meses antes de su llegada. En ese vestuario mandaban Pizzutti y «el loco» Corbatta. Fue éste último quien se encargó de «bautizarlo» para siempre. El primer día que le vio en la caseta le preguntó: «¿Venís de Santiago? Yo estuve allí y a todos los pibes los llaman Chango. Así que a partir de ahora serás el Chango». Desde ese momento murió «el polaco» y nació el nombre por el que todo el mundo conocería a Cárdenas.

En esos momentos de aprendizaje, de absorber todo lo que le rodeaba, hubo otro encuentro que fue especialmente importante para Cárdenas. Un día coincidió en una comida con un grupo de antiguos jugadores de diferentes equipos. Uno de ellos era Carlos Peucelle, una vieja leyenda de River Plate en los años cuarenta. Cuando le dijeron que Cárdenas era un delantero recién llegado a Racing se interesó por él y le dio un consejo que quedó grabado a fuego en la cabeza del joven: «Me dicen que tienes una buena pierna derecha, pero si quieres triunfar en la Primera como punta tienes que preocuparte por la izquierda. Cuanto menos se diferencien una de la otra mejor delantero serás». Desde aquel día la obsesión del “Chango» Cárdenas fue mejorar el remate con la pierna que menos dominaba. En las instalaciones de Racing había una enorme pared en la que se pasaba horas golpeando el balón con su pierna izquierda. En aquel momento no podía imaginarse lo caprichoso del destino porque el gol que le conduciría a la gloria eterna lo marcaría con esa pierna que Peucelle le recomendó mejorar.

Cárdenas estuvo un año cedido en Nueva Chicago (una categoría por debajo) y cuando regresó en 1964 se encontró con cierta inestabilidad en el club por culpa de los numerosos cambios de entrenador que se habían producido en muy poco tiempo. Hasta que Pizzutti dejó de mandar desde el medio del campo y pasó a hacerlo desde el banquillo. En 1965, semanas después de su retirada, el histórico centrocampista se convirtió en el nuevo entrenador del equipo de Avellaneda y en sus planes Cárdenas tenía un papel estelar. De su mano Racing vivió una profunda revolución. En aquel momento nació lo que se conocería como «El equipo de José», al que Fontanarrosa describió como un equipo «con una determinación casi suicida por ir al ataque». Es verdad que aquel Racing de Avellaneda tenía una evidente inclinación por buscar la portería contraria, pero no dejaban de ser sólidos guardianes de la propia meta gracias a figuras como Panadero Díaz, Alfio Basile o Roberto Perfumo. Generaron asombro y también envidia en Argentina. Tanta que un entrenador rival, frustrado tras ser zarandeado en un partido, justificó las diferencias de planteamiento entre los dos equipos porque «Pizzutti está soltero y por eso los manda a todos al ataque». Todo un tratado táctico y sociológico.

De su mano Racing consiguió el título de 1966 y un año después añadió a su palmarés la Copa Libertadores que consiguió tras imponerse 2- 1 a Nacional de Montevideo en el encuentro de desempate de la final porque los dos partidos habían acabado con empate a cero goles. En el duelo definitivo los goles de Cardoso y Raffo le dieron al equipo de Avellaneda su primer entorchado continental. Eso les abría la puerta de disputar la Copa Intercontinental contra el Celtic de Glasgow, que unos meses antes había conquistado la Copa de Europa tras imponerse de forma sorprendente al Inter de Milan en Lisboa. En aquellos años (finales de los sesenta y comienzos de los setenta) los enfrentamientos en la final de la Copa Intercontinental eran verdaderas cacerías. Muchos de los partidos más convulsos, polémicos y accidentados de este deporte sucedieron en ese periodo de tiempo y en el marco de esta competición. Eso mismo sucedería entre octubre y noviembre de 1967. En el partido de ida, jugado en Hampden Park para que pudiesen acudir más aficionados, los escoceses consiguieron una corta renta de cara a la vuelta gracias a un gol de su capitán, Billy McNeill. La vuelta en Avellaneda, ante más de cien mil espectadores, fue un partido con un considerable nivel de dureza. Los argentinos se cebaron con Jimmy Johnstone, el extremo diabólico del Celtic, al que cosieron a patadas hasta inutilizarlo. Gemmell adelantó al Celtic en el primer tiempo, pero Raffo igualó antes del descanso y en el segundo tiempo el «Chango Cárdenas» marcó el 2-1 que dejaba las cosas como estaban. Sin valor doble de los goles fuera de casa la final estaba empatada y se decidió que se resolvería en un partido de desempate tres días después, el 4 de noviembre, en el estadio Nacional de Montevideo. Una decisión lógica desde el punto de vista geográfico, pero una considerable ventaja para los argentinos que pudieron volver a jugar como «locales» ya que miles de aficionados cruzaron el río de la Plata para alentar a los suyos. Además, había futbolistas que estaban muy cansados; otros «condicionados» como el caso de Johnstone que tenía el cuerpo molido por los palos que le habían caído en el segundo duelo; y también los hubo que directamente no pudieron jugar como el portero escocés Ronnie Simpson que antes del segundo partido recibió una pedrada en la cabeza.

A aquel partido de desempate se le conoció como la «Batalla de Montevideo» por la violencia que hubo en el campo. Rodolfo Osorio, árbitro paraguayo de la final y un absoluto incompetente, no sabía a dónde atender ante la cantidad de incidentes que se produjeron aquella tarde en el estadio Nacional. La policía tuvo que entrar en el terreno de juego en diferentes ocasiones para poner paz en la reyerta continua que organizaron los futbolistas. Hubo cinco expulsados (tres del Celtic y dos del Racing), pero el partido quedó en la historia por la acción en el minuto 56 cuando el «Chango» recogió un balón a más de treinta metros de la portería y se sacó un latigazo con la pierna izquierda que se dirigió como un misil hacia la escuadra derecha de la portería del Celtic. John Fallon, el meta suplente que había entrado por Simpson, voló en busca de un imposible. Después de ese gol ya no se jugó más y media hora después el Racing de Avellaneda conseguía el título más importante de su historia.

Cárdenas, convertido en poco menos que un santo a ojos de sus aficionados, jugó en Racing hasta 1972. Luego estuvo un par de años en México y regresó a casa para retirarse en el club de su vida donde cuidó de su fama bien ganada. El suyo en Montevideo se considera el primer gol «viral» de la historia, al que los aficionados albicelestes recurrieron de forma insistente en las décadas complicadas que siguieron al triunfo en la Intercontinental. Se hizo habitual el comentario de los aficionados que pedían a las televisiones que no lo repitiesen tanto porque «cualquier día va a irse fuera». Cárdenas cuidó de su leyenda con elegancia. Hace unos años recuperó la camiseta con la que jugó el partido definitivo contra el Celtic que estaba en el museo del equipo escocés. Esta semana falleció a los 76 años, pero aquel gol del 4 de noviembre de 1967 le hará vivir para siempre.

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