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Tendencias

Del sombrero al abanico: así han cambiado los puestos ambulantes de la Feria

Los vendedores tradicionales cuentan qué productos triunfan, cómo ha cambiado el público y por qué el turismo y los nuevos hábitos han transformado sus negocios

Una mujer posa con un abanico para su amiga en un puesto ambulante

Una mujer posa con un abanico para su amiga en un puesto ambulante / Gregorio Marrero

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Adrián Torres Postigo

Adrián Torres Postigo

Málaga

Hubo un tiempo en el que recorrer la Feria de Málaga significaba encontrarse con calles tomadas por sombreros cordobeses, cañas rocieras y otros complementos que hoy empiezan a resultar extraños para quienes se detienen ante los puestos ambulantes. El calor de estas fechas, que cada vez es mayor con el paso del tiempo, ha provocado que el abanico le haya ganado el partido al sombrero y el resto de los objetos y se ha convertido en el objeto estrella durante las últimas ferias.

«Yo he conocido la Feria de Málaga de punta a punta, todo el mundo con sombrero», recuerda José María, que empezó a trabajar en este mundo con 15 años y, a sus 47, suma más de tres décadas ligado a la fiesta. «Había años donde lo que más se vendía era sombrero; ahora ha cambiado, es el abanico. Es curioso».

Dos clientas abonando un producto en un puesto ambulante

Dos clientas abonando un producto en un puesto ambulante / Gregorio Marrero

Pero no es una impresión aislada. Basta con preguntar de puesto en puesto para que la respuesta se repita. Sergio Bueno, con unos 15 años de experiencia, señala los abanicos y las flores como sus artículos más vendidos. Juan Manuel Rosaluque coincide: las flores siguen teniendo tirón, pero las altas temperaturas han colocado al abanico por delante. «Con los calores que está haciendo y demás, los abanicos es lo que se está vendiendo más», explica.

Objetos que se pierden

Los mostradores funcionan, así como una pequeña hemeroteca de la Feria. Lo que aparece y desaparece de ellos cuanta también como han cambiado quienes pasean por las calles del Centro. Sergio lo comprueba con objetos que hace años resultaban mucho más familiares. «La caña rociera, ya la gente dice: '¿Esto cómo se sopla?' La gente no sabe lo que es esto», cuenta. Tampoco se pregunta tanto por el sombrero cordobés ni se llevan los mismos complementos: «Va cambiando un poquito la indumentaria».

A pocos metros, un puesto de almendras cuenta una historia diferente. Enrique lleva más de cuarenta años vendiendo este fruto seco y mira hacia atrás para recordar una época en la que el negocio era muy diferente. «Antes se vendía muchas almendras, y apenas gente quiere comprarlas», lamenta. Su memoria alcanza los tiempos de la peseta, cuando asegura que el margen era mayor y conseguía vender todo el género. Hoy las almendras cuestan más y, según sostiene, salen menos del puesto.

Otro de los puestos en la calle Larios

Otro de los puestos en la calle Larios / Gregorio Marrero

Entre el sombrero que pierde terreno, la caña rociera que algunos ya no reconocen y las almendras que añoran tiempos mejores, otros artículos ocupan el hueco. Abanicos, flores, mantones, pulseras, imanes, bolsos o recuerdos de Málaga forman parte de un catálogo obligado a renovarse: «En el tema del souvenir siempre hay cosillas nuevas», explica Sergio.

Del malagueño al turista

Y es que no sólo ha cambiado lo que se vende. También lo ha hecho quien se coloca delante del mostrador. Juan Manuel tiene 28 años, pero habla desde un negocio que ha visto pasar tres generaciones de su familia. «Esto antes de ser de mi padre era de mi abuela», explica. Desde ese puesto ha percibido un cambio claro: «Ahora lo que hay son más extranjeros. Antes era la gente de Málaga la que bajaba al Centro».

La misma transformación la observa Paco Sariñas después de cerca de cuatro décadas vendiendo. Antes, recuerda, predominaba el público local; ahora el turismo tiene mucho más peso y se lleva mantones y abanicos como recuerdo. En su puesto se puede salir con un abanico por unos tres euros, mientras que quien busca un mantón puede dejarse alrededor de 20 ó 25 euros.

Sí, también el datáfono ha llegado a estos puestos

Sí, también el datáfono ha llegado a estos puestos / Gregorio Marrero

Eso sí, no existe consenso sobre quién mira más el bolsillo a la hora de pagar por los productos. Juan Manuel asegura que el extranjero llega dispuesto a regatear e intentar llevarse los productos más baratos. Paco, en cambio, sostiene lo contrario: son los malagueños quienes más comparan y preguntan si en otro lugar pueden encontrarlo a mejor precio. Dos diagnósticos opuestos separados apenas por unos cuantos puestos.

El gasto tampoco necesita ser elevado para salir vestido de Feria. Sergio calcula que el cliente deja de media unos 15 euros en su negocio. Una cifra similar maneja José María, que defiende que siguen siendo artículos asequibles: «No hace falta sacar la tarjeta», bromea, aunque ya cuentan con datáfono.

Entre el negocio y la tradición

Más difícil resulta encontrar una respuesta común cuando se pregunta si es rentable montar y continuar año tras año con el puesto. Para Sergio sí lo es: «Si no, supongo que no estaríamos aquí ninguno de los que repetimos todos los años». Reconoce, no obstante, que el incremento de los costes de los proveedores termina llegando al mostrador. Paco también habla de rentabilidad, aunque cifra en alrededor de un 15% el incremento de los productos de importación.

Otros son bastante menos optimistas. José responde con un rotundo «ya no» cuando se le pregunta si el negocio continúa siendo rentable. Su explicación va más allá de los precios: considera que la Feria del Centro tiene menos tirón que hace tres décadas y recuerda una celebración con más casetas y espacios que atraían público a las calles. Enrique comparte parte de ese desencanto y también habla de menos gente y menos ventas.

Pero incluso entre quienes dibujan un presente más complicado existe resistencia a imaginar una Feria sin estos mostradores. Porque detrás del abanico hay algo más que una solución contra el calor. José María lo describe como un objeto que permite al visitante reconocerse «como uno más»: una flor, un mantón o un abanico sirven para entrar en el ambiente de fiesta.

Quizá por eso confía en que los puestos sobrevivirán a los cambios de modas, clientes y productos. Los sombreros podrán dejar paso a los abanicos las cañas rocieras serán objetos desconocidos para algunos, pero los mostradores continúan formando parte del paisaje de estos días. «Una feria sin puestecitos ambulantes creo que no es la misma feria», sentencia José María. «Formamos parte del decorado de estos días», abunda.

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