23 de marzo de 2019
23.03.2019
Crítica

Un espectáculo triste de verdad

Reseña de 'Los Japón', de Álvaro Díaz-Lorenzo

23.03.2019 | 12:21
Una imagen de ´Los Japón´

Entraba a la sala para ver 'Los Japón' convencido de que aquello iba a ser una absurdez, de que algo así no tendría ningún sentido en un festival de cine mínimamente serio (y no vale la coletilla "fuera de concurso" para justificar su presencia), pero también (no lo niego: animado porque se trataba de la última película que vería de una sección oficial paupérrima) intentando autoconvencerme de que unas risas culpables y poco exigentes no le hacen mal a nadie. Y ahora, unos minutos después de que terminara la proyección, compruebo que hay filmes que pueden provocar daño físico, en serio.

"En España hay mucho cine intelectual que no le interesa a nadie". Es el titular de una reciente entrevista con Álvaro Díaz-Lorenzo, el hombre detrás de 'Los Japón'. Que apela directamente a la carcajada sin coartadas ni buscarse demasiado la vida es la justificación de las tres cosas que vienen firmadas a su nombre (y que prueban que mi memoria es muy mala... no, en realidad, buena, de bonhomía: las vi en su momento y mi cabeza me ha concedido el privilegio de olvidarlas). Todas tienen una buena producción detrás, hay buen dinero metido en ellas, pero todas son subproductos frutos de un destalento absoluto que no valen ni como pilotos de una serie cómica de ésas de Antena 3.

Es triste, de veras que es triste asistir a un espectáculo como éste: escrito sin gracia, interpretado sin convicción alguna y rodado con la mayor de las ramplonerías, perteneciente a ese otro cine español deleznable como el de Antonio del Real ('Desde que amanece apetece', sí) o Álvaro Sáenz de Heredia; o sea, básicamente el cine español contra el que tendría que estar un festival de cine (en) español. Pero le aquí decidimos reírle las gracias. Que no las tiene.

Intoxicaciones por fugu, desastres domésticos con los baños ultramodernos japoneses, megaempresarios que se llaman "Shoshito", niños que quieren ser samuráis, parodias de las películas de terror nipón... Ya se lo imaginan. Qué lástima que no hayan decidido hacer alguna escena con una de las más ancestarles costumbres japonesas, la de hacerse el harakiri cuando has cometido un acto injustificable. ¿Saben? Lo que me extraña es que no haya nado sobre los anos y la bandera de Japón. Yo creo que se le ha pasado a Álvaro Díez-Lorenzo. O, pensándolo mejor, me da que se lo reserva para la segunda parte. Porque el director y guionista, con todo su desparpajo, deja servida en bandeja una secuela de esto.

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