Karnawal, de Juan Pablo Félix, es muchas cosas: además de sus muchas nacionalidades de producción (Argentina, Bolivia, Chile y hasta Noruega participan), el filme, que se estrenó ayer en la Sección Oficial, «es western, road movie, historia emocional y sentimental entre un padre y un hijo, y también del un amor a la madre», según la define uno de sus protagonistas, Alfredo Castro. «Y de pasión de unos chicos por defender las artes legendarias de sus pueblos, tradiciones y bailes que caen arrasadas, devoradas por el reguetón, por la globalización», protesta el chileno Castro, habitual del cine de Pablo Larraíson e inmenso, una vez más, en su papel de padre recién salido de la cárcel y ausente de la vida de su hijo (Cabra, interpretado por Martín López Lacci), un adolescente introvertido que se enzarza en problemas de todo tipo pero que halla en el malambo, una danza folclórica argentina, su desahogo y su refugio emocional.

«Este hombre es increíblemente duro, y machista, y sin embargo luchamos mucho porque fuera también un ser amoroso. El final me emocionó hasta las lágrimas», confiesa Castro, uno de los intérpretes más prestigiosos de la escena latinoamericana gracias a filmes como Tony Manero o, muy especialmente, El club, ambas de Larraín.

Félix debuta con esta cinta que se desarrolla en el límite entre Bolivia y Argentina donde la cámara (la dirección de fotografía es, sin duda, uno de los grandes atractivos de la película) persigue el paisaje y el paisanaje. Destacan los espectaculares escenarios naturales de la película, hecho que complicó sobremanera el rodaje: «Fue durísimo, bajando 4.000 metros de altura, eso sí, rodando en lugares maravillosos, pero qué duro, para el equipo fue tremendo, con condiciones climáticas muy desfavorables, y complicado de comer y dormir».

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Presentación de 'Karnawall', en la Sección Oficial del Festival de Cine de Málaga Gregorio Marrero

López Lacci es bailarín profesional, campeón nacional de malambo pero no es actor. «Donde yo vivo plata y vergüenza nunca hubo. Bailamos y ya, allá no existen los pijos, somos compañeros y sea como sea, después de tanto sacrificio, damos el espectáculo bien».

Se metió en el proyecto con 14 años y ahora, con 18, señala Félix, «es lo contrario de lo que se ve en la película». Él lo sabe bien: el realizador desveló que esa misma disciplina del baile, el malambo, fue lo que le salvó a él cuando era un adolescente «igual de perdido que Cabra».