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Crítica

'Mi querida señorita': faltan silencios y dolor, sobran explicaciones

Reseña del remake del clásico del cine español, en la Sección Oficial A Concurso del Festival de Málaga

Elisabeth Martínez, en 'Mi querida señorita'

Elisabeth Martínez, en 'Mi querida señorita' / Netflix

Eduardo Parra

Eduardo Parra

Málaga

Mi querida señorita

Director: Fernando Gómez Molina

Guión: Alana S. Portero (sobre la historia original de José Luis Borau y Jaime de Armiñán)

Intérpretes: Elisabeth Martínez, Anna Castillo, Paco León

'Mi querida señorita' no es exactamente una película; es un espejo. Un espejo que alguien ha frotado con tanto entusiasmo que ha terminado borrando parte del reflejo.

La versión de 2026 llega con ambición. Los productores, Javier Calvo y Javier Ambrossi —los Javis—, llevan años demostrando un compromiso sincero con la comunidad LGTBI. Quieren rescatar la historia, sacarla de las sombras, darle el espacio que el cine español de 1972 no podía permitirse. La intención es noble. Pero a veces la nobleza pesa.

La película sigue a Adela, una mujer atrapada en la Pamplona del cambio de milenio entre un anticuario familiar y las clases de catequesis a niñas que escuchan palabras que ni ella misma termina de comprender. Elisabeth Martínez, debutante, interpreta a Adela con una fragilidad extraordinaria. Sus ojos dudan antes que sus palabras. Sus manos buscan sitio. Su respiración se corta antes de cada frase. Hay una actriz ahí. Una muy buena.

Pero la cámara no confía del todo en ella. El director, Fernando González Molina, demuestra oficio. La película está bien dirigida. Fluida. Elegante. Sabe mover la cámara y ordenar el drama. Pero quizá demasiado bien. Todo está explicado, guiado... y subrayado; falta el riesgo de quedarse quieto, de mirar, de dejar que el silencio haga el trabajo. El gran secreto familiar que debería sacudir la historia llega con menos terremoto del esperado, más trámite que revelación. Un momento que debería abrir la tierra bajo los pies de Adela se resuelve con la calma administrativa de una ventanilla. En Madrid aparecen los aliados. Y ahí empieza otro problema.

Anna Castillo tiene talento de sobra para incendiar cualquier escena. Aquí apenas puede calentarla. Su Isabel está escrita como función dramática antes que como persona. Es la amiga que escucha, la confidente perfecta, el hombro seguro... Pero no respira, no se enfada, no se rompe, no vive. Es una idea del personaje que debería haber sido.

El que sí logra escapar parcialmente del corsé es Paco León. Su sacerdote amigo de la familia —medio gurú, medio cómplice, con más humanidad que sotana— roba escenas con facilidad. León encuentra matices donde el guion apenas deja espacio. Hace reír, dudar y pensar que había una película más interesante escondida dentro de ésta. Incluso Manu Ríos, que tiene esa rara capacidad de iluminar la pantalla al entrar, queda atrapado en un personaje que es más símbolo que carne.

'Mi querida señorita' funciona. Sí. Funciona. Se ve con interés. Tiene momentos de emoción sincera. Pero inevitablemente dialoga con su origen: la obra de Jaime de Armiñán, estrenada en 1972, en plena dictadura. Y ahí aparece la paradoja. Aquella película tenía que esconderse, insinuar, callar. La censura obligaba a sugerir lo que no podía nombrarse. Y en esa limitación nació algo extraordinariamente moderno. El espectador tenía que completar el vacío.

Decirlo todo

Esta nueva versión, libre de cualquier censura, decide decirlo todo, explicarlo todo, nombrarlo todo. Y en esa transparencia bienintencionada se pierde parte del misterio, del dolor y de la modernidad del clásico español.

Los Javis quieren iluminar la historia desde su compromiso con las identidades queer. Y eso se agradece. Pero la película a veces parece más interesada en explicar que en mirar. Hay belleza en la intención, en darle a Adela un horizonte que la Adela original no podía imaginar. Un final con aire. Pero el cine no vive solo de buenas intenciones; vive de silencios. Cuando aparecen los créditos, uno sigue pensando en Elisabeth Martínez. En su mirada perdida, en su forma de caminar como si el suelo pudiera quebrarse. Y uno imagina otra película. Una que confiara más en ella, en su quietud, en su cara. Porque, al final, todo lo que 'Mi querida señorita' se empeña en decir, su protagonista podría haberlo contado sin abrir la boca, solo mirando y respirando. Solo estando ahí.

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