Crítica
'Yo no moriré de amor': una pequeña lección de vida
Reseña de la película de Marta Matute, en la Sección Oficial a Concurso del Festival de Málaga

Los protagonistas de 'Yo no moriré de amor' / La Opinión

Yo no moriré de amor
Dirección y guión: Marta Matute
Intérpretes: Júlia Mascort, Sonia Almarcha, Tomás del Estal, Laura Weissmahr.
Hay que tener un stock de inteligencia y sensibilidad más que sobrado para aproximarse a la crónica de los cinco años de una familia desde la irrupción del Alzhéimer en uno de sus miembros hasta su irreversible fallecimiento y lograr que sea el relato, sin eludir ninguna de sus responsabilidades con los asuntos más espinosos, de una reconexión familiar y del crecimiento personal de todos sus componentes. Eso es justo lo que logra la debutante Marta Matute en 'Yo no moriré de amor'.
Su estrategia es clara: zafémonos de las aristas trágicas y el gritoneo, pasemos del regodeo en la injusticia de la enfermedad y olvidémonos de la retórica de las consejerías de Asuntos Sociales; centrémonos en las personas, sus razones y sus circunstancias, intentemos comprenderlas y preguntémonos qué haríamos nosotros en su lugar. La mirada, como en tanto cine español de hoy día, es cotidiana y naturalista (esa casa existe, la hemos visto cien veces en nuestra vida), más de momentos que de argumentos. Sí, quizás pisemos aquí terreno intercambiable y parezca de dominio público esa fórmula testada hace poco por otras autoras recientes que también han pasado por Málaga con historias íntimas y familiares observadas de maneras afines. En todo caso, Matute aporta un plus meritorio: la suavidad en los procedimientos, la ausencia de subrayados y clímax, que nos conduce en ese tránsito de la catástrofe inicial a la aceptación con la que concluye.
El cuidado puesto en todo es extremo y minucioso, como lo demuestra el dibujo de los personajes, no sólo de la protagonista, esa adolescente que no se resigna a buscar su camino (fabulosamente incorporada por Júlia Mascort), sino especialmente de los que quedan algo en la sombra (la hermana mayor, hiperprotectora y azotada por la culpabilidad, y el padre, ese militar jubilado que parece incapaz de reaccionar y comunicarse); y nos hace intuir que el distanciamiento entre todos ellos vino mucho antes del Alzhéimer.
Ahí es donde 'Yo no moriré de amor' triunfa, con empatía y paciencia, como pequeña lección de vida, sin grandes abrazos ni besos, con una hermana cogiendo la mano de la otra mientras duerme y la respuesta serena a la llamada de teléfono que nadie quiere recibir.
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