Imagen de un mosquito

La crisis climática nos enferma. Y no es una forma de hablar. No solo la subida generalizada de las temperaturas afecta directamente al organismo, a la fisiología, sino que está provocando el resurgimiento, la expansión o la aparición de enfermedades de transmisión vectorial, es decir, provocadas por artrópodos (mosquitos y garrapatas) previamente infectados por virus y otros patógenos. Tanto unos como otros son muy dependientes de la temperatura ambiental y el calentamiento favorece su supervivencia, su multiplicación y la modificación de su área de distribución.

“El vínculo directo del cambio climático con estas enfermedades está en la variación de comportamiento de los vectores (transmisores), los reservorios y los patógenos”, explica Andrés Iriso, experto en salud ambiental y cambio climático. “Más que de cambio climático, prefiero hablar de cambio global, con el cambio climático como un factor principal. Hay grandes movimientos de mercancías y de personas por barco y por avión, y junto con ellos pueden llegar mosquitos o personas infectadas que en pocas horas transportan patógenos a miles de kilómetros”, puntualiza Ricardo Molina Moreno, responsable del Laboratorio de Entomología Médica del Instituto de Salud Carlos III, en Majadahonda (Madrid).

Además, España se encuentra en una posición de riesgo por la vecindad con África, en tanto lugar de tránsito obligado de aves migratorias y de personas, y por las condiciones climáticas cercanas a las de las zonas donde hay transmisión de enfermedades vectoriales. La crisis climática favorece la extensión geográfica de transmisores ya establecidos y la importación e instalación de algunos subtropicales.

¿Cuáles son las enfermedades susceptibles de aparecer o de crecer en España por influencia del cambio climático? Dengue, chikungunya, encefalitis del Nilo occidental, zika, fiebre del valle del Rift, malaria y leishmaniasis, entre las transmitidas por mosquitos y flebótomos. La fiebre de Crimea-Congo, la enfermedad de Lyme, la fiebre botonosa y otras ricketsiosis figuran entre las transmitidas por garrapatas. Algunas ya están presentes (leishmaniasis, principalmente canina, y Lyme), otras afloran y al resto ya se las espera. Aunque en ese cóctel intervienen más ingredientes que el cambio climático. La primera condición es una afluencia masiva de reservorios animales y humanos, que ya se da en el caso de las enfermedades transmitidas por garrapatas, como subraya Agustín Estrada-Peña, catedrático del departamento de Patología Animal de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Zaragoza. “En España se nos han ido de las manos las poblaciones de hospedadores, como ciervos y jabalíes, que están difundiendo estos artrópodos por lugares donde antes no estaban”.

Mauricio Telenti Asensio, microbiólogo y médico de la unidad de Enfermedades Infecciosas del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), incide en una idea expuesta por Molina: “No todo es cambio climático. Hay infecciones que tienen que ver con los movimientos de personas, materiales y productos”. No obstante, admite que “la evolución hacia Europa de virus de África y de Asia, de algunos de ellos, como los flavivirus, sí es por cambio climático”. Dicho esto, Telenti señala que “el problema está en el futuro cercano, en un horizonte de 20, 30 o 50 años. Respecto a las infecciones relacionadas con el cambio climático aún estamos viendo el inicio”, concluye.

El dengue, por ejemplo, ya está produciendo casos en España. “Pero no es ajeno a nuestro país, como no lo son los vectores implicados en su transmisión”, dice Andrés Iriso. El transmisor típico, Aedes aegypti, no está en España (apareció en Fuerteventura y fue erradicado), pero sí se ha establecido en la península Aedes albopictus, el mosquito tigre, que también transmite el virus y que, según Ricardo Molina, ha llegado para quedarse. “Ya está por todo el litoral mediterráneo y ha ido apareciendo en Cáceres, Badajoz, Córdoba, Sevilla, las tres provincias vascas, Madrid, Aragón... Cada vez va a estar en más sitios y va a ir apareciendo por todo el Norte”. Es un mosquito de zonas cálidas, y España cada vez le resulta más acogedora. “En climas en teoría más adversos, sus huevos permanecen sin eclosionar en invierno hasta que las condiciones son favorables. Y resisten temperaturas de hasta 10 grados bajo cero. Por eso se está expandiendo en todo el mundo”.

“El dengue afectó a España en los siglos XVIII y XIX, muy ligado, sobre todo, al tráfico de barcos; desapareció hacia mediados del siglo pasado, junto con el vector que lo transmitía, el Aedes aegypti”, explica Iriso. “Era una enfermedad olvidada, pero ahora el riesgo aumenta, lo tenemos todo a favor: emigrantes y turistas que pueden venir con el patógeno, y el vector que lo puede transmitir e infectar a otras personas”, así como un clima cada vez más favorable para que el virus y su transmisor sobrevivan, proliferen y se difundan. Esta circunstancia se ha dado ya: “El año pasado tuvimos seis casos de dengue autóctono, sin duda relacionados con el mosquito, cinco en Murcia y otro en Barcelona”, detalla Molina. Lo mismo podría ocurrir con el zika y el chikungunya (en junio saltó la alarma por un falso positivo de tres turistas islandeses de visita en Alicante).

La urbanización del territorio, la proliferación de basura y la concentración de población humana son otros factores que favorecen las enfermedades infecciosas de transmisión vectorial. “El mosquito tigre es forestal; en origen pone los huevos en huecos de los árboles. Pero se ha adaptado y ya los pone en recipientes, desde platos de macetas a bolsas de patatas fritas, y se ha hecho a los ambientes urbanos y periurbanos”, ilustra Iriso. En 2017, casi 500 personas contrajeron el chikungunya en las regiones italianas de Lazzio y de Calabria. Eso mismo podría pasar en España. De hecho, ha ocurrido con la leishmaniasis, transmitida por otro díptero hematófago, el flebotomo.

En 2010 se originó en varios municipios del sur de Madrid el mayor brote de leishmaniasis en humanos conocido en Europa, y que aún no se puede dar por cerrado, con más de 750 personas afectadas. En la generación de ese episodio intervinieron “unas condiciones epidemiológicas muy concretas”, con la aparición de nuevos reservorios, liebres y conejos (el “tradicional” es el perro), una densidad muy alta de flebotomos, la transformación de un medio rural en urbano y la creación de un parque forestal. “Todo eso provocó un repunte” relata Guadalupe Miró, veterinaria experta en Parasitología y catedrática del departamento de Sanidad Animal de la Universidad Complutense. “Si antes en la España mediterránea los flebotomos estaban activos, más o menos, los tres meses de verano, ahora su actividad llega hasta seis u ocho meses”.

Guadalupe Miró describe un cambio de escenario. “Hasta hace diez o doce años, los datos antiguos decían que la zona más endémica era el Mediterráneo, Andalucía, el centro peninsular... Sin embargo, los estudios recientes nos muestran que tenemos leishmaniasis en toda la península Ibérica y en Baleares, solo Canarias está libre”. Según sus datos, la prevalencia varía entre el 1 o 2 por ciento de las zonas menos afectadas y el 40 por ciento de Murcia, Baleares y puntos de Badajoz”.

También están llegando aves migratorias portadoras del virus de Crimea-Congo, que pueden infectar a nuestras garrapatas Hyalomma y a la fauna silvestre (ciervo, gamo, jabalí). “Ha habido tres casos, dos de ellos mortales, en 2016 y 2018”, indica Molina. “Se está empezando a ver que las garrapatas que transportan las aves migratorias de África a Europa, algo que siempre ha ocurrido, ahora sobreviven porque el clima es menos frío y están formando poblaciones permanentes”, afirma Estrada-Peña, que estudió el virus la primera vez que se detectó en España. “Así ha ocurrido en Alemania, Austria, Hungría y Reino Unido”, agrega. España tal vez sea ya su quinta colonia en Europa. No obstante, hoy por hoy, la garrapata con mayor incidencia en la población humana es Ixodes ricinus, transmisora de la borreliosis de Lyme y de la encefalitis; en España se encuentra restringida a la franja Norte debido a sus exigencias ambientales, y el escenario climático previsto a cincuenta o sesenta años vista “hará que encuentre menos lugares apropiados para sobrevivir en España”.





La amenaza de la malaria ya no es la que fue

España sufrió el azote de la malaria hasta 1964. El franquismo acabó con ella desecando enormes superficies de humedales, que el mosquito Anopheles, su transmisor, utiliza para reproducirse. Hace unos años saltó la alarma: una mujer de los Monegros contrajo paludismo, de la especie Plasmodium vivax. Probablemente fue introducida por un jornalero procedente de alguna región endémica exótica. Los científicos que acudieron a la zona encontraron el vector, el mosquito Anopheles atroparvus, y el protozoo. “La enfermedad causada por esta especie no es preocupante. Una vez erradicada la malaria endémica, tenemos la suerte de que ninguna de las variantes genotípicas de Plasmodium falciparum del África subsahariana, la especie realmente peligrosa, prende en nuestros mosquitos”, explica Ricardo Molina. Es decir, que aunque llegue una persona infectada con este parásito a España, los mosquitos que viven aquí y que actuaron como vectores en el pasado no serían capaces de transmitir la malaria. “Eso no significa que debamos bajar la guardia porque nos podría llegar y aclimatarse otra especie de anofelino”.

El virus del Nilo occidental, que transmiten los mosquitos Culex, los habituales en las zonas habitadas, se encuentra bajo vigilancia: en 2018 hubo un brote importante en Europa, en la isla portuguesa de Madeira, con 2.000 casos.

En el campo, siempre con pantalón largo y repelente

Prevención. Esta es la palabra clave frente a los patógenos emergentes y sus vectores. Una prevención institucional, por parte de las autoridades y los expertos, mediante protocolos de actuación ante la aparición de casos, y también personal, por parte de quien viaja y de quien sale al campo, donde hay mosquitos y garrapatas. El riesgo asociado a estas últimas es el más fácil de evitar. “Las medidas preventivas son simples, pero funcionan: pantalones largos, camisa de manga larga, llevar los calcetines por fuera de los pantalones, lo que implica que hay que calzar botas, nada de chanclas, y poner repelente sobre la ropa, no en la piel”, cita Agustín Estrada-Peña.

Enfrentarse a los mosquitos y los virus que transmiten es más complejo. Desde 2007, Javier Lucientes, catedrático del departamento de Patología Animal de la Universidad de Zaragoza, encabeza un programa de vigilancia de puertos y aeropuertos, financiado por el Ministerio de Sanidad, cuyo propósito es detectar cualquier mosquito exótico que pueda llegar de las zonas de origen de las enfermedades de transmisión vectorial. “Dentro de este programa existe un subprograma que va elaborando un mapa de distribución anual del mosquito tigre para vigilar su dispersión. Así, cuando se produce un problema, se tiene información precisa sobre sus poblaciones”, apunta el entomólogo Ricardo Molina. “Con el mosquito tigre se pueden aplicar medidas de control, pero nunca se va a llegar a la erradicación. Por eso es importante disponer de expertos, de equipos, de gente cualificada, para hacer trabajo de campo sobre estos vectores y poder actuar sobre ellos, porque cada vez va a ser más necesario”, advierte Molina. El Ministerio de Sanidad aprobó en 2016 un documento de preparación y respuesta frente al zika, el chikungunya y el dengue, “muy útil, con las pautas a seguir si surge algún caso”, agrega.

ENFERMEDADES Y CAMBIO CLIMÁTICO

Javier Lucientes
ANÁLISIS - Javier Lucientes
Catedrático de Patología Animal, facultad de Veterinaria de Zaragoza
Redacción: Joan Lluís Ferrer (coordinador), Luis Mario Arce, Francisco José Benito y Minerva Mínguez. - Diseño y maquetación: Javier Caldito
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