19 de marzo de 2019
19.03.2019
Prosa autobiográfica

El verbo, la vida y la memoria

La ganadora del Premio Cervantes, Ida Vitale, reconstruye la historia de los años que pasó en la Ciudad de México. Un periplo de diez años de obligado exilio que Vitale cuenta como inicio de sus memorias y con la voz clara y libre que siempre ha tenido

19.03.2019 | 19:19
Portada de ´Shakespeare Palace. Mosaico de mi vida en México´.

Shakespeare Palace. Mosaico de mi vida en México

  • Ida Vitale
  • Lumen Editorial
  • 17,90 euros

Nacer o morir en Montevideo, la capital uruguaya, otorga categoría y fuste literarios. No hay más que recordar los nombres de Juan Carlos Onetti, Eduardo Galeano, Cristina Peri Rossi o Mario Benedetti. Méritos —incluido el de ser montevideana nacida en 1923— que concurren en Ida Vitale poeta excelsa, exprofesora, traductora, prosista y crítica literaria, ganadora (entre otros galardones) del Premio Cervantes 2018.

El periplo creativo de Ida Vitale discurre entre dos siglos ennobleciendo con su verbo lírico y «esencialista» la escritura universal. La imagen de serenidad que transmite su figura se vio afectada, no obstante, por circunstancias políticas difíciles en medio de las convulsiones que agitaron al Uruguay sometido a una dictadura militar en guerra con el movimiento tupamaro, lo que llevó a los Vitale (Ida y su marido Enrique Fierro) a exiliarse en México entre 1974 y 1984, aprovechando una beca para ejercer allí como profesores.

Shakespeare Palace. Mosaicos de mi vida en México, es la delicada, tersa y sugerente crónica de esa experiencia. Vivencias narradas con sensibilidad propia de una poeta que utiliza con soltura la observación, el recuerdo y la memoria para penetrar en cada suceso y hacernos confidentes de esa etapa, consecuencia de la diáspora uruguaya. Es un libro de prosa autobiográfica. El primero de este género escrito por la autora y tal vez el último de su extensa producción. Prosa que a veces parece perderse en reminiscencias barrocas sin hacerlo, para sobrevolar lo cotidiano y resolver con elegancia el manejo de la memoria que fija, para reparar ciertos olvidos€ Prosa de altura estilística y reflexión ética para evitar al lector banales intenciones y falsas moralinas que suelen acompañar autobiografías y memorias.

La lectura de este texto empujará —a quienes no la conozcan, espero— a la lectura de la poesía de Vitale. Sin embargo, debo insistir en la belleza de estas palabras escritas para ser leídas en voz alta, donde cada párrafo y cada línea han sido colocadas expresamente para ser leídas con calma. La aventura de la memoria para Vitale empieza antes de la etapa mexicana, reseñando una observación referente al mundo editorial español y a la labor de México como mediadora entre la cultura española y su difusión en las Américas. «Empezábamos —escribe— a leer y admirar autores traducidos en editoriales mexicanas que suplían en parte a las españolas, rehuidas por llegar del dominio franquista€». Son impresiones que va desgranando a través de sus complicados itinerarios entre el Colegio de México y su primer domicilio en una ciudad «inmensa y desconocida» y sin embargo, acogedora.

Recuerda a la profesora Bárbara Jacobs que le descubría al Monterroso «de los detalles deliciosos»; allí vería por primera vez Il Gatopardo. Allí, en medio del «endiablado tránsito mexicano», conocería las diferencias entre Celan y Vallejo€ Hasta encontrar un domicilio en la calle Shakespeare en el elegante barrio de Anzures. Un caserón que pronto sería su Shakespeare Palace, pese a la incomodidad de unas escalinatas irregulares pero que al menos no tenía los techos bajos, «de esos que inventó Le Corbusier con un angustioso pensamiento de posguerra que multiplicó en tantos países, apartamentos oprimentes». Descubriría desde la histórica Glorieta Insurgentes a palabras que circulaban entre los indígenas como tlpalería o titipuchal; la evidencia de su aversión al chile, ese incómodo picante mexicano, hasta el punto de llamar exquisita a la curuba colombiana pese a que le sentaba mal, buscando los lugares donde se ofrecía comida china, pues «los chinos no chile».

Emocionantes los párrafos dedicados a sus amigos mexicanos y a quienes ellos evocaban. El recuerdo de Octavio Paz, de Ulalume y Teodoro, de Elena Garro, Juan de la Cebada, Carmen y Álvaro Mutis, acogedores e inolvidables; la tremenda impresión de haber conocido un día a Juan Rulfo, vecino de unos amigos que emergió de repente y sin esperarlo, para desaparecer y tan solo verlo una vez más y de lejos. De Juan Rulfo, «ese escritor intacto e irrepetible€» le contaron esta anécdota. Un editor montevideano viajó a México con la pretensión de conseguir un texto de Rulfo. Venía dispuesto a pagar lo que «allá no se estilaba€». Fue inútil. Como máximo Rulfo habló, ante la insistencia de los periodistas, de «una novela en astillero», de cuya existencia se dudaba.

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