30 de marzo de 2019
30.03.2019
El Marcapáginas

Impostores

30.03.2019 | 15:14
Impostores

La mujer que vigila los Vermeer

  • José María Conget
  • Editorial Pre-Texto, 2019
  • 17 euros

Me gustan los escritores de fetiches literarios. José María Conget es un maestro entre ellos. Los tebeos, el cine, la literatura son sus objetos de colección y deseo, y a través de ellos explica la identidad secreta de lo que somos. Él, yo, y ese nosotros que abarca a los lectores para quienes la vida fue primero soñarse Capitán Trueno, como promesa del héroe, después uno de los galanes de plano americano que se llevaban de calle y de noche los labios rojos de un beso, y luego, con los sentidos más educados en las aventuras y confidencias de la literatura de libro, el descubrimiento de lo inhóspito de los días, de la belleza de un instante espontáneo, de la lucha contra la grisura de los hombres y de la que a uno le cuesta admitirse, lo amargo del corazón y la penumbra de fósforo y fondo de la memoria. De todo ello tiene cromos José María Conget, y de cada una conoce sus fronteras. No hay ninguna de ellas por las que no haya cruzado su escritura personal, culta, intimista e irónica, despojada de ferocidad y honestamente humana para contarnos acerca de los recuerdos y sus huellas. Lo suele hacer, los trucos no tienen sitio en su equipaje literario, con un guiño a la autoficción del yo que a veces se disfraza de personaje, y otras inventa lo que a él le sucedió en las estaciones urbanas de su viaje por las oficinas laborales, por las pantallas de lo real y de la imaginación en las que Conget narra el deseo de ser otro. Y sobre todo, la conciencia de la impostura vital entorno a la enseñanza, a las ambiciones, a la mirada con la que se aprehende las ciudades, al amor, al matrimonio, a las expectativas, al paso del tiempo, a los fracasos, a la paternidad, a las salas de cine en las que uno se encuentra a solas frente a las películas de su vida y sus finales abiertos, interrumpidos o en bucle.

La mujer que vigila los Vermeer es un estupendo álbum que alberga todas estas estampas de austeridad sensible y estética contenida, hilvanadas de tristeza, y en las que también hay rastros de fantasmas que nos dejan entre los dedos la ternura de su polvo de soledad y heridas. Lo mismo que en estos solventes nueve cuentos, el lector encontrará una autopsia de los códigos del hecho literario, de la trastienda de los académico y más vivo en los tonos de lo agridulce los vacíos, angustias y derrotas de lo que significa ser y nuestra relación con los sueños, con los otros, con nosotros mismos, con lo secreto o lo imposible, con las suaves laderas que se transforman en empinadas colinas. Hay en estas historias alumnas fatales enamoradas de Monty Clift; profesores que admiran mujeres de inteligencia Zambrano y belleza hipnótica; padres que se refugian en el paseo con un hijo y su educación en la cultura, mientras naufraga en su matrimonio; hombres cansados de hacer un trabajo imbécil para un jefe imbécil; estudiantes vengadores en un colegio de curas en el que su héroe roba sotanas; conspiraciones políticas de película; la crisis de la madurez de un tipo; el monólogo de un paciente frente al terapeuta al que conduce al interior en sombras de sus falsos recuerdos; al flaneur que descubre la piel distinta que tienen los lunes. Y la historia de un escritor enamorado de la mujer, esposa de un colega rival en la escritura, que adora la pintura de Vermeer y en una exposición itinerante del maestro holandés observa a los visitantes como un ladronea de gestos y comportamientos. Un bello relato por los ojos de ella que cambian de color según sus emociones, y por la que el protagonista traiciona la amistad, y sin saberlo a la mujer a quién desea.

Es un goce pasear por estos cuentos de Conget que tienen luces y aire de las ciudades que enmarca –especialmente París y Nueva York, los espacios abiertos de los parques y sus referencias insinuadas, al igual que el alma de sus historias, con películas, miradas de directos y psicología de personajes. Un brillante ejemplo de la literatura como espejo de la vida, entendía como creación y cultura.

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