12 de mayo de 2019
12.05.2019
El marcapáginas

Oficio de mundos

12.05.2019 | 11:50
Portada de 'Un día en la vida de un editor.

Un día en la vida de un editor

  • Jorge Herralde
  • Anagrama
  • 18,90 euros

Voz propia. Es la joya que buscan los editores cuando abren un libro de alguien inédito. Y voz propia es también lo que distingue a un buen editor vocacional de quién sólo invierte en publicaciones de rentabilidad económica, sin fidelidad alguna al amor por la literatura. Ni tampoco una bitácora de editor construyendo rutas. Una apuesta, junto a la voz propia, que definen la vida y la pasión impresa de Jorge Herralde. Un editor que ha hecho literatura a través de sus libros, con cada uno de los escritores a los que respaldó, creció y continúa convirtiendo en cómplices de Anagrama. El sello con el que muchos tenemos amarillo el corazón de lectores y nuestras narrativas de escritores. En mi caso Anagrama, al igual que Alianza, Bruguera y Seix Barral, ha sido la empresa literaria que me ha editado mi gusto de lector. Y También las ambiciones de escritor atento a las enseñanzas y a los descubrimientos. Sin Anagrama y sin la pericia de su fundador, la literatura española poco habría salido de pobre, y de modas efímeras.

Jorge Herralde es un maestro en el oficio de mundos. Se aprecia y se goza en sus memorias recogidas en Un día en la vida de un editor que en 1969 se lanzó voluntarioso a publicar Detalles de Hans M. Enzensberger y un libro sobre Pierre Chodels y Las amistades peligrosas. Un presagio lo último porque desde aquella decisión no ha dejado Herralde de mantener con los libros esa relación estable no exenta de confidencias, romances, traiciones, acuerdos, salones públicos y alcobas privadas, donde suceden las relaciones entre el editor y sus autores. También fue oráculo el del lúcido y polémico ensayista en sus disecciones políticas e intelectuales, porque esa línea de linterna del pensamiento es igualmente otra identidad de Anagrama. De hecho, es clarificador recorrer el fondo editorial del sello para entender la historia de la Transición españolas, el boom de las narrativas europeas y norteamericanas cuyo influjo, casi paralelo y también sucesivo al latinoamericano de Seix, abrió nuevas perspectivas entre el público de los libros. Precisamente una de las exigencias del buen editar: educar, proponer y enriquecer nuestra vocación lectora. Esa misma que se ha mantenido infatigable en este eterno joven y penúltimo mohicano, según se definió a sí mismo el editor corsario que ha surcado el cabo de Hornos del precio fijo de los libros, que casi siempre ha conquistado en la feria del libro de Guadalajara y en la de Líber, y que sobre todo tiene en la de Frankfurt su personal isla de Tortuga

Leer estas memorias es irse de viajes con la voz tímida de un familiar que nos cuenta, con una copa entre las manos y todo el tiempo de sus sueños impreso en la ironía y ternura psicológica de su mirada, la vida que ha ido escribiendo con la ayuda inestimable de los suyos, en especial con la de Lali Gubern, y un talante independiente como su talento. Igual que si leyésemos el diario de algunos de los viajeros del Gran Tour, cruzamos por medio mundo en busca de Grace Paley, de Eudora Welty, de Tito Monterroso y Sergio Pitol, de Tom Wolfe y de Tom Sharpe. Conoceremos los días de plomo y whisky dorado de la gauche divine, de los amigos en Bocaccio, partidarios de ser felices según la proclama de Ferrater; de la censura secuestrando la voz en español de Max Abel, de Antonio Gramsci y Claude Katz; su relación con las revistas, de las que también soy hijo sentimental, como Cuadernos para el diálogo; de su compañerismo de aventura editorial con Lumen, Tusquets, las librerías Leteradura y Ántropos. Lo mismo que su afecto por José Manuel Lara Bosch, quién engrandeció Planeta y con el que compartió esa valiosa e intransferible chispa de la vocación de editor por encima de los números. Sabremos, entre muchas más cosas, de su venta empresa con Faltrinelli y acerca de los escritores españoles contemporáneos a los que ha hecho maduros, de aquel chaval de 12 años que estudió con Luis Goytisolo y que mantiene vivo el espíritu aventurero de que el libro es un pasaporte para cruzar de vidas, y convertirnos en otros. Leer su Día de empresa, es devolverle el abrazo de sus libros.

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