08 de junio de 2019
08.06.2019
El marcapáginas

Ángeles del café Berlín

08.06.2019 | 11:26
Portada de 'Aware'.

Juan Gaitán

  • Aware
  • Ilustradora: Libertad Ballester
  • Editorial Adeshoras
  • 15 euros

Un cadáver de mar, la ciudad amanece con su cuerpo a pie de ola y de esa manera se despierta su memoria. La de la ciudad, la del cadáver, la del narrador que pondrá voz de marea para ir sucediendo la historia de Moe, de Lena y de Jota. Tres formas de vida unidas en equilátero por el periodismo, esa otra geometría perfecta de la literatura y el ángulo de la mirada que observa, que indaga y desvela el envés de las cosas. Ellos tres, Lena, Jota y Moe son los personajes con los que Juan Gaitán trama una novela crepuscular sobre ese oficio de vivir que es el periodismo. El viejo, el de antes, el que va desapareciendo con el desencanto poético de Lena, vértice femenino del amor y del conocimiento entre dos tutores de profesión. Lo mismo que hizo magistralmente Gonzalo Suárez con Ditirambo y Rocambruno, y ella en medio, esa Alicia de Jules y Jim de Truffaut, también en Aware la belleza de lo efímero, trágico, volátil, el espíritu de esta novela crepuscular igualmente acerca de la literatura que se muere, mientras triunfa sobre el lenguaje el aura televisiva. Se pone triste Gaitán, amargo en muchas páginas, herido profundo incluso en otras, descreído y sentimental al pespuntar las vidas rebeldes de estos tres compañeros de El Mañana, metáfora del periodismo que antes despertaba la conciencia de los días y en las novela es el cadáver de Moe que regresa para ser ellos tres, sin vacíos, sin más ambiciones incumplidas, el hombre y su mundo, en un canto de cisne que evoca la mujer de sucesos entre dos amigos cómplices y rivales en aventuras que se complementan y se desencuentran en la historia del libro.

Aware, la belleza efímera del cadáver antes de que el frío color violeta de la muerte lo convierta en carne ajada, en verde amarillento y después en humo con ojo de pez. Posiblemente el destino definitivo de Moe, el personaje que en la anterior novela de Gaitán, "Wolframio", se inventaba al escritor EE para hablar de sí mismo y de la imposibilidad de la felicidad. Había nacido con zapatos unos años antes en Donde las nubes dan sombra y termina ahora, él mismo convertido en triángulo, en esta novela crepuscular también en el tono aware de sus destellos poéticos: "la tristeza que se disimula más bajo la lluvia; la noche asentada en su gama de soledades", sonando como estribillos de saxo en el callejón de atrás de cualquier noche de la memoria. Esos en los que siempre se ocultan o se reposan los muertos de una ciudad muerta, según define su territorio escénico Gaitán, moviendo al lector por sus calles, también violetas en su corazón, igual que verdes oscuras y marrones sucios en su envidias y tramas, en sus esperanzas venidas a menos o desclasadas de sus sueños, de la eterna diatriba con el éxito y su carencia, con el destino desigual de quienes escriben para entenderse, para buscarse, para distinguirse, para construir otro mundo, pero todos en el fondo para que un espejo que pocas veces se alcanza les devuelva su reflejo como escritor. Otro de los ejes temáticos, junto al periodismo, entrecruzándose en capítulos y tiempos, alternando los vínculos con otros tres personajes. Nelson, el forense aquejado de la fiebre de soñarse niño robado y decidido a encontrar a su madre en autopsias femeninas del dolor y la orfandad provocada. Su afecto hurtado entre las miradas de Lena, huérfana igualmente de Moe. Y Strada, el periodista poeta triunfador y generoso con el que rinde homenaje Gaitán a Manuel Alcántara; su magisterio al fondo del café de Varela donde intentará socorre de su destino a Lis, la joven embarazada del Café Berlín, el otro cenáculo donde Strada oficia parroquia y le enseña al lector que todos los espejos no esconden los mismos secretos. También serán crepusculares ambos, Lis y Strada, su esperanza frente al destino y las pequeñas y grandes derrotas, redimidas por la lluvia aware de unas hojas sueltas encuadernando al aire las ramas de los árboles de la ciudad. Cicatrices cerradas, heridas que no se cierran y un hermoso final, lo mejor del libro, algo más de veinte páginas encadenando micro cuentos de oficios azules índigo y cobalto.

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