Un 11 de febrero de 1963 acostó a sus dos hijos, encendió el horno, abrió la espita del gas, metió la cabeza y se suicidó... Estaba en proceso de separación de su marido Ted Hughes. Era Sylvia Plath y tenía apenas 30 años. Había dejado una colección de asombrosos poemas que sacudieron el espíritu pacato de la sociedad norteamericana y la auparon al éxito literario.

Después, tras su muerte, y al ir conociéndose la intensidad de la vida y de la poesía de Plath surgió el mito literario, que la tragedia de su suicidio, en la cima de su creatividad, no hizo sino cimentar.

Le escribía a su madre casi a diario. En una de esas cartas, meses antes de quitarse la vida, le contaba: «Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida, los que me harán famosa».

Para Plath, «escribir es una forma de vida», y desde pequeña se esmeró en esta máxima que le llevó, junto con sus poemas, ensayos y otros escritos, a mantener un diario y a escribir miles de cartas.

Aquí nos detenemos. En un esfuerzo encomiable y con un mérito singular, la editorial Tres Hermanas se ha embarcado en la publicación de la correspondencia de Sylvia Plath. Lo hará en cinco volúmenes y el primero ya está en las librerías: ´Cartas de Sylvia Plath. Volumen I (1940-1951)'.

Estas cartas de sus años de infancia y juventud, lejos aún de los problemas que le llevaron al suicidio, reflejan sin duda sus días felices, que se prolongarán en los primeros años de su matrimonio con el poeta Ted Hughes.

Leeremos aquí sus primeras cartas, escritas en febrero de 1940, van dirigidas a sus padres. Ella tenía siete años y vivía momentáneamente con los abuelos. Su padre, Otto Plath, moría ese mismo año. La correspondencia de este primer volumen acaba en diciembre de 1951, con Plath matriculada en el Smith College, una universidad privada solo para mujeres en Massachusetts, donde pasó su primer año fuera de casa.

Tras morir su padre, la mayoría de sus cartas van dirigidas a su madre. En una de esas cartas, fechada el 20 de marzo de 1943, aparecen sus primeros versos: Planta una pequeña almáciga/mézclala con la lluvia, la granizada/revuélvela con la luz del sol/y las flores harán su llegada. (tenía 11 años).

Las cartas que no pertenecen al entorno familiar van dirigidas a su amiga Margot Loungway, la madre de su amiga Marion Freeman o a los varios novios que tuvo. También a un admirador, Edward Cohen, que le escribe desde Chicago. En una de sus contestaciones, Plath le proporciona su autorretrato a los 18 años: «Quizás no sepas lo que es que no te acepten en un grupo porque eres demasiado individualista. La timidez, en su terminología, es arrogancia, y las buenas notas son el horror de los horrores porque significa que tienes cerebro. Todo esto suena, no lo dudo, rezumadamente patético pero es uno de los motivos por los que soy como soy. Soy sarcástica, escéptica, y a veces insensible, porque aun tengo miedo de que me hagan daño. En mi interior hay un núcleo muy vulnerable que toda persona egoísta posee, e intento por todos los medios que no se vea. Los tíos me miran y creen que nunca he tenido un pensamiento lo suficientemente serio como para no parar de darle vueltas a la cabeza. Rara vez se dan cuenta del caos que hierve en mi interior».

Con una lucidez extraordinaria, estas cartas no solo retratan una intimidad personal, sino que son una valiosísima reflexión sobre el arte, el sentido, las satisfacciones y las trampas de escribir.

Ella era una vitalista plena, sentía gran curiosidad por todo, por eso en sus cartas encontramos gran variedad de temas. La bomba atómica, la película, ´Un perro andaluz', de Buñuel y Dalí o los problemas sociales de su país: «tiene muchas cosas, pero no siempre buenas ni inocentes».

Reflejan esos días felices de una Sylvia Plath animada, brillante, pletórica, entregada a sus placeres. Para Plath, «nada es real sino el presente», y su deseo es «observar la propia vida con una objetiva curiosidad». Su habitación preferida es la biblioteca, y su preocupación principal, aceptarse a sí misma como mujer.

En sus cartas está toda su vida íntima y cotidiana, sus comidas, sus ropas, sus colecciones de sello, sus paseos, sus citas con hombres, los libros que lee, los detalles más íntimos de su vida diaria están descritos con hermosa naturalidad y candidez en las cartas que escribió a su madre casi a diario durante veintitrés años.