Leo a Alexis Ravelo y palpo a Rafael Chirbes. No estoy comparando estilos. No pueden ser más diferentes, claro, pero la materia con la que ambos trabajan es la misma: un talento genuino, una mirada despiadada y una prosa tan evocadora que, en su radical diferencia, están unidas por la calidad, el sello de la casa. De ambas casas. Porque Ravelo ha publicado hace poco en Siruela ’Un tío con una bolsa en la cabeza’ y Chirbes escribió ‘Crematorio’ y nos regaló al inmortal personaje Rubén Bertomeu, un constructor y promotor levantino sin escrúpulos capaz de todo por asegurarse su comisión que luego, andando el tiempo, inmortalizaría el gran Pepe Sancho en una serie para Canal Plus. Digo esto porque el libro de Ravelo se adscribe a esa corriente de novela negra o policiaca (no es lo mismo pero abramos la mente) que ha creado un subgénero propio en España: la que retrata con minuciosidad la corrupción patria, algo muy nuestro pero que con el boom del ladrillo y el pelotazo como fin último de la cualquier pueblo costero elevamos a la sacrosanta categoría de meta vital con la que forrarse. Hubo una forma de corromperse y de corromper muy propia de los políticos y constructores españoles desde mediados de los setenta hasta finales de la primera década del siglo XXI. Ahí está el caso Malaya. Y otro del estilo que fue el gran Félix Bayón, que glosó ese corrupnoir con maestría. ‘Un tío con una bolsa en la cabeza’ nara la historia de Gabriel Sánchez Santana, alcalde del corrupto municipio canario de San Expósito, a quien dos individuos han dejado maniatado y camino de la asfixia con una bolsa de basura en la cabeza, como bien indica el título. Lo que le queda de vida, el alcalde lo pasará tratando de averiguar quiénes le han hecho eso, por qué y repasando su vida, llena de lealtadas inquebrantables y traiciones, sobres, pelotazos y ladrillo, peleas familiares entre los lados luminoso y oscuro del mismo ADN y amores de barra o de conveniencia. Con una prosa envolvente, seductora y directa, de verbo rápido y frase certera, Ravelo no ha escrito un libro, sino que ha hecho un fresco de la realidad española, ha fotocopiado, como decía, la corrupción patria. Es un libro que se lee rápido, pero no hay aquí un bestseller facilón de los que ganan premios comerciales, sino un tratado sobre los conseguidores, la vida bonita a lomos del delito administrativo y la reflexión existencial desde el lado del mundo en el que sólo se ve la oscuridad.