Este volumen reúne 48 relatos, la totalidad de la obra cuentística de Ricardo Piglia, organizada por el propio autor poco antes de morir en enero de 2017. Como en ‘El joyero’, el relato que abre este volumen, donde cada joya que talla El Chino «es una pieza única», así son cada uno de los cuentos escritos por Piglia, son piezas únicas salidas de su universo literario y dotadas de la magia, la maestría y la audacia mas original que nos permite redescubrir la escritura luminosa y hermosa de un escritor sin par.

Autor de novelas estelares como ‘Blanco nocturno’ o Plata quemada, Piglia siempre tuvo una querencia especial por el relato corto y en él brilló de manera especial y siempre de la mano de sus otras querencias, Cesare Pavese, Borges, Faulkner....

Esta es una colección para fanáticos de Piglia, que traducido resulta para fanáticos de la literatura en mayúsculas, pero también para aquellos que no advierten que detrás de la fachada de un gigante literario acecha además un coleccionista inocente de momentos que pasaban y que son reflejados con la misma grandeza.

Con la colección en la mano, uno puede ver claramente las muchas formas en que el talento artístico de Piglia creció y evolucionó a lo largo de su carrera, hasta alcanzar la fama generalizada. Desde sus primeros relatos de 1967 a los que escribió ya afectado por la ELA mediante el Tobi, un ordenador que se controla con la mirada.

Piglia fue un maestro de la ficción, de la intriga, que manejaba a su capricho. Por ello estos cuentos, desde los primeros de ‘La invasión’ a los últimos de ‘Historias personales’, alcanzan una intensidad extraordinaria desde el comienzo y hasta el final y ello es sólo mérito de Piglia que desborda un hecho histórico, una leyenda o una ficción para dimensionarlo por la fuerza incuestionable de su narrativa, escrita siempre con maestría, asentada en un lenguaje preciso y audaz.

En el relato ‘En otro país’, uno de los dos que componen ‘Prisión perpetua’, Piglia cuenta como el peronismo de su padre les obligó a salir de Adrogué, su pueblo natal, en 1957. Entonces empezó a escribir su diario, y asegura que «si no hubiera empezado esa tarde a escribirlo jamás habría escrito otra cosa». Su otro anclaje con la literatura es un norteamericano llamado Steve Ratliff, apodado «el inglés». «Sin el yo no sería escritor, ni escrito los libros que escribí». Fue el primero que le dio a conocer a William Faulkner, a Scott Fitzgerald , a Henry James. Fue su padrino literario.

En los primeros relatos, agrupados bajo el nombre de ‘La invasión’, se encuentran, a gusto y juicio del propio Piglia, sus mejores cuentos, destacando ‘Las actas del juicio’, que indaga sobre el asesinato del general Urquiza, el militar que gobernó la provincia de Entre Ríos y se enfrentó durante diez años a Buenos Aires hasta que fue muerto por sus propios hombres. ‘Mata Hari, otro de sus favoritos, también tiene el trasfondo histórico de los comandos antiperonistas que conspiraban con toda clase de métodos como, en este caso, el de utilizar a una mujer para sonsacar información por el viejo método del enredo sexual.

Emilio Renzi, su eterno alter ego, surge aquí y allá en distintas épocas y relatos. Majestuoso y con una elaboración pausada el titulado ‘Un pez en el hielo’, con un Emilio Renzi reconstruyendo en Milán los últimos días de Cesare Pavese. Frente al hotel donde se suicidó repasa su diario. En la última carta a su hermana Pavese le dice «yo estoy bien, como un pez en el hielo». Su cuaderno de notas empezaba y terminaba con dos grandes fracasos femeninos. En 1936 estaba comprometido con Tina militante comunista, por ella fue encarcelado, a la vuelta a Milán Tina se había casado con otro. En 1950 la mujer era la actriz americana Constance Dowling, que le dejó para volver a EEUU y casarse con otro. Por ella se mató, antes escribió. «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos».

Pero sin duda son los doce relatos sobre ‘Los casos del comisario Croce’ los que dan un fuste especial a este volumen. Decíamos que Piglia es un maestro de la intriga y supo modelar con maestría la figura del comisario Croce, con su heterodoxia policial y su intuición para investigar el crimen y resolver los casos.

Para ello además Piglia aplica un lenguaje directo y preciso, con cierto aire de crónica que casa a la perfección con la trama policial que ambienta cada narración.

Así en ‘La conferencia’ Croce, es aún un joven investigador policial, que asiste a un coloquio que sobre la literatura policial ofrece el ya ciego Jorge Luis Borges. El relato del coloquio es colosal.

En ‘La promesa’ Croce resuelve el caso de un curandero que roba la Virgen de Luján (Virgen y Patrona de la Argentina) y organiza procesiones de peticionarios que pagan con dinero y la televisión y la radio narrando el show.

En ‘El astrólogo’, Croce recuerda sus vanos intentos de apresar a Leandro Lezín, un terrorista que atracaba joyerías para proveer de fondos a su revolución.

Memorable el relato ‘La Resolución’ en el que Croce investiga varias muertes, poniendo en práctica su método basado en tres aspectos: gran capacidad de observación; el arte de la deducción basada en sus «corazonadas» o «pálpitos», y el pensar con la cabeza del asesino o el criminal.

Leer a Piglia, su sabia maestría para el relato corto resulta ineludible en este febrero plagado de gran literatura sin máscaras ni antifaces. La mejor ficción.