Como recuerda Carmen Caro, Pío Baroja (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956) suele estar asociado a la imagen de un anciano en boina y zapatillas, sentado en un mullido sofá y arropado por una mesa camilla, una estampa de su ‘última vejez’ que en nada hace justicia a un autor que fue un impenitente viajero.

La prueba más que palpable la tenemos en ‘Ciudades de Italia’, uno de sus últimos encargos editoriales, un libro escrito en 1949 y en el que el escritor vasco reunió las impresiones de todos sus viajes italianos.

La editorial Caro Raggio tenía lista la reedición de la obra el año pasado, pero la pandemia retrasó su salida hasta 2021. Con la edición a cargo de Carmen Caro, sobrina nieta del autor y gran estudiosa de su obra, ‘Ciudades de Italia’ es una ocasión única para pasear por el país de los latinos de la mano de Baroja, que como recalca en varias ocasiones en el libro, nunca ejerció de turista y si viajaba era para buscar ambientación para sus novelas. De hecho, algunas de ellas, como ‘César o nada’ o ‘El laberinto de las sirenas’, están sustentadas en paseos que el autor comparte con los lectores en este hermoso y original libro.

Es la visión de Pío Baroja, pues, la de un escritor y no la de un turista impaciente, de ahí que opte casi siempre por paseos sin rumbo, mucho más provechosos que las visitas guiadas.

En ‘Ciudades de Italia’ descubrimos a un Baroja gran observador de la realidad que, con la salvedad de Florencia, prefiere las personas a los escenarios, algo que podemos constatar en sus garbeos por Nápoles, donde se nos revela como un fino antropólogo: «¡Qué galería de tipos! Gordos, flacos, sucios, limpios, rojos, pálidos, con pellicas de terciopelo o con una bufanda raída, con los pantalones deshilachados y las botas rotas, o almibarados como madamitas», dice de los abades con los que se topa.

También se nos revela como un entendido de la pintura renacentista, en especial de la prerrafaelita, de la que nos regala, cómo no, algunas pinceladas histórico-artísticas.

Pero es innegable que, pese a sus intentos, y aquí está el mayor atractivo del libro, el protagonismo no se lo llevan Roma, Bolonia, Nápoles ni Florencia sino su persona. En la obra nos topamos con un omnipresente Pío Baroja, convertido casi en personaje literario mientras alimenta con sus paseos las futuras narraciones.

En unos tiempos todavía no invadidos por el turismo a gran escala, el donostiarra tiene la ocasión de interactuar con auténticos personajes literarios como ese insufrible pastor protestante que le sigue a todos los sitios o la maravillosa historia de amor fallido con una hermosa y enigmática mujer de blanco. Literatura dentro de la literatura de viajes. Baroja en plena forma.