Desde que me la dio a conocer Don Leopoldo, mi primer maestro de Literatura, me he sentido maravillado por esa novela de Luis Vélez de Guevara, ‘El diablo cojuelo’, una de las joyas del Siglo de Oro. El argumento siempre me pareció uno de los más fascinantes de la historia de la narrativa: un estudiante saca a un diablo de la redoma donde un mago lo había encerrado y el diablo, agradecido, lleva al joven volando por los cielos de Madrid y va enseñándole uno por uno el interior de las casas, cuyos techos levanta como si las casas fueran de juguete, y así pueden contemplar a sus habitantes en la absoluta intimidad, tal como son de verdad, con todas sus virtudes y cualidades.

Siempre pensé que este argumento era una hallazgo, un maravilloso rasgo de ingenio, y que pocas posibilidades había de superarlo. Pero la vida tiene la curiosa cualidad de sorprenderle a uno cuando menos se lo espera y, de pronto, por esas cosas que tiene la vida, cae en mis manos esta novela, ‘Historia de un suicida’ de José Antonio Sau, y tengo que bajar a Vélez de Guevara al puesto de subcampeón.

La novela de Sau nos cuenta, como su propio título indica, la historia de un suicida. Y lo hace «levantando los tejados» de un reducido grupo de personajes, dejándonos ver, sentir, puede que comprender, las emociones, sentimientos, razones y necesidades de cada uno de ellos.

Empieza, naturalmente, con el protagonista principal, Bonifacio «Boni» Miró, con lo que desde el primer momento sabemos las razones que tiene para encaramarse a la barandilla del balcón de su casa.

El comienzo de la novela es directo, a bocajarro: «Bonifacio Miró va a morir en unas pocas horas». Estamos ante un texto escrito con un lenguaje esmeradamente periodístico, con un fraseo sin concesiones, desprovisto de todo lo prescindible. Se trata de contar una historia y de contarla sin subterfugios, de la forma más exacta posible.

Esta es la novela de un periodista, y se nota para bien. Cada personaje tiene la «oportunidad» de contarnos su versión de los hechos, su modo de ver las cosas, sus razones y circunstancias. Y el autor, como buen periodista, como uno de esos periodistas que aprendió bien el oficio y lo ejerce honestamente, no toma partido, no juzga, no califica, simplemente expone, cuenta, muestra.

Y así van desfilando todos, equilibrados incluso en el número de páginas que tienen para expresarse. Desde la esposa a la hija, desde el cuñado y socio al mejor amigo… Todos pasan bajo el foco, uno a uno, para componer el mosaico completo de la historia.

La novela es, finalmente, la instantánea de un suceso con personajes al fondo. Es la foto que publicaríamos ilustrando la información, tomada con la distancia necesaria para que se pueda ver al suicida, sí, pero también a la gente que aguarda el resultado final.

La novela va construyendo, mientras circula entre los personajes, una profunda reflexión sobre un asunto esencial, el hecho de ser querido. Siempre conviene saber cuánto se nos quiere. Y quizás la certeza de que nadie nos quiere sea una causa razonable de suicidio, el hecho, terrible pero (y aquí es donde la novela de verdad duele) frecuente, de que valgamos más para todo el mundo muertos que vivos, que ante la pregunta de «¿alguien me quiere?», la respuesta sea no».

‘Historia de un suicida’ es una novela que cuenta, además, con el acierto de no ser muy extensa. Entraría en ese género llamado «novela corta», en el que las herramientas del escritor deben usarse con precisión. Igual que en el relato, nada debe sobrar, debe ajustarse la maquinaria narrativa hasta la exactitud, porque si no la obra se te caerá de las manos. Pero esta ‘Historia de un suicida’ funciona tan bien que no será extraño que la mayoría de los lectores la lean de una sola tacada, sin interrupciones, como debe leerse, como siempre se ha leído, una buena crónica de sucesos.