La escritora Tatiana Tîbuleac nació y se crió en Moldavia, uno de los estados integrados en la antigua Unión Soviética. Viene del periodismo donde consolidó una prestigiosa carrera profesional. Su universo literario se ha conformado contemplando la degeneración social que supuso la desaparición del comunismo en su país, y por la influencia que le ha aportado su ocupación de periodista dedicada especialmente a destapar el infra mundo de los desheredados de la sociedad.

A ello Tatiana Tîbuleac ha sumado lo que es su mejor bagaje narrativo, el que con apenas dos novelas le ha abierto las puertas del mundo literario europeo, un lenguaje con un estilo original y personal, muy sensible y altamente poético, que sabe utilizar para describir incluso escena de fuerte dramatismo.

Se trata de un estilo peculiar que consigue atraer e imantar al lector por su enorme poderío y fuerza. Es contundente y lírico a la vez.

La buena conjunción de estos valores y la elección de unas tramas de corte social muy realistas y bien trenzadas han conseguido esa brillante entrada de Tatiana Tîbuleac en el universo literario.

Lo hizo primero con ‘El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes’ (2016), que deslumbró por la fuerza e intensidad de su lenguaje y por la tensión narrativa que impregna al relato sobre la reconciliación de madre e hijos tras años de rechazo.

De nuevo de la mano de Impedimenta, Tîbuleac publica ahora su segunda novela, ‘El jardín de vidrio’. Sobre el escenario de los años de plomo del comunismo en Moldavia, nos retrata «la otra infancia», la de los niños abandonados por todos, con la falta de afecto y la violencia feroz, golpeándoles de continuo.

Lastochka es recogida de un orfanato por Tamara Pavlovna, que vive de revender las botellas de cristal que recoge en las calles. Lastocika es convertida en esclava por su ‘nueva madre’ en la tarea de recoger vidrios callejeros.

Su ilusión inicial tras salir del orfanato de encontrar una familia y unos padres se desvanece rápidamente en el mundo dominado por el abuso, tanto en el hogar como en la calle. No hay cariño ni amor, solo golpes y castigos.

Lastochka se traslada a un bloque de pisos en Chisinau, donde el grupo de inquilinos se convierte en su familia: gente diversa pero corriente y triste, cada uno infeliz a su manera.

Lo conmovedor es que Lastochka, se considera afortunada, pues la vieja que la maltrata y le esclaviza es, al fin y al cabo, lo único que ha tenido en su vida parecido a una madre. La paciencia, su cualidad mas superior , la ayudaba a superarlo todo. Todos, incluida ella, se ven a través del juguete que ella quería y que no recibió como regalo, pero lo encontró en la calle: un caleidoscopio roto, recogido de debajo de las ruedas de un coche.

Tatiana Tîbuleac