Francia siempre dio grandes escritoras relucientes en su rebeldía, su estilo irreverente, su papel intransferible de mujeres indomables, como Flora Tristán, George Sand, Françoise Sagan o Simone de Beauvoir. Colette es también una de ellas.

Colette como una innovadora, así como una maestra del arte de la ficción. Colette va directa al corazón; no le preocupan más que las emociones, y al retratarlas tiene una delicadeza de tacto que puede hacer que incluso lo censurable sea superior a la censura.

Su delicadeza de sentimiento, su ternura de humor cuando se trata de una materia que no suele ser delicada o tierna, hace olvidar al lector que escribe sobre tal o cual y acepta a sus personajes principales como creaciones dignas de sus más íntimas simpatías.

Es el caso de los cuatro relatos cortos incluidos en ‘El quepis’, en el que además del que da titulo al libro aparecen ‘La mocita’, ‘El lacre verde’ y ‘Armande’, una pequeña joya que acaba de publicar Acantilado.

Colette es como Proust, rechaza el anonimato y, en estos relatos, en especial en ‘El quepis’, establece algo así como su propia presencia en primer plano. Ella es la que guía a Marco, la mujer madura a estrechar relaciones con un joven militar, una relación que la mujer convierte en una historia de amor auténtica, pero que debe enfrentarse al fuerte influjo que ejerce la diferencia de edad en la pareja y que le aboca a un final incierto.

Los otros tres relatos son pequeñas delicias bellamente construidas con un manejo, a la vez atrevido y lleno de ternura, que saca a cada uno de ellos de lo común. Hay una descarada audacia y un ingenio sutil y malicioso en todos ellos.