Se cumplen ahora 200 años del nacimiento de Gustave Flaubert, no sólo un coloso de la literatura sino el hombre, junto con Balzac, que sentó las bases de la novela moderna, tal como la concebimos hoy, dándole el prestigio y el valor literario del que carecía y abriendo la puerta a una revolución narrativa que seguirían después genios como Marcel Proust, James Joyce o Virginia Woolf.

Flaubert (1821/1880) vive en un siglo XIX convulso y cambiante, donde nacen los grandes avances tecnológicos, se inicia el capitalismo, se asienta la burguesía como clase dominante. Flaubert se resiste a esos cambios, vive retirado, pero a cambio va a realizar su propia contribución a ese mundo y va a inventar un nuevo modo de narrar. Ese es su gran aporte y Madame Bovary, su manual de instrucciones.

Si hay un testimonio que registra y asiste a la formación del escritor, de su conciencia crítica, de su pensamiento, de su filosofía ese es el conjunto de cartas que escribió Flaubert a lo largo de su vida.

Coincidiendo con su bicentenario, Alianza Editorial publica en España un volumen con 350 misivas, muchas de ellas inéditas en castellano, bajo el título: ‘El hilo del collar. Correspondencia’, con una selección y edición a cargo del catedrático de Literatura Francesa de la Universidad de La Laguna Antonio Álvarez de la Rosa.

En sus cartas está todo Flaubert, sus proyectos, su vida amorosa, sus reflexiones literarias y su particular visión del mundo, de sus congéneres, de la vida.

En la correspondencia, quizá más que en su obra literaria, se encuentra el auténtico Flaubert. En sus cartas se retrata como un Flaubert más nítido y vehemente, más íntimo y desatado, más apesadumbrado por la estupidez que domina su tiempo.

Dividido el libro en nueve etapas que van descubriendo la vida del escritor, hay dos de ellas que ganan en interés. Son las cartas dirigidas a su amante Louise Colet y años adelante a su amiga George Sand.

Sin dudas, las cartas que le manda a Louise son las mejores. Su primer encuentro con ella fue en París, en julio de 1846, en el taller del escultor Pradier. Hay un flechazo casi instantáneo entre la joven poetisa y el incipiente escritor: «Qué irresistible inclinación me ha empujado hacia ti? Por un instante vi la sima, comprendí el abismo y, luego me arrastró el vértigo. ¡Cómo no amarte a ti, tan dulce, tan buena, tan superior, tan amante, tan hermosa!»

En 1853 le envía muchas y, junto a los deleites amorosos, está el tono de hartazgo para con el mundo. «No queda otra cosa que una muchedumbre canalla e imbécil. Todos nos hemos hundido y nivelado en la mediocridad (...) La humanidad siente pasión por el embrutecimiento moral. Y eso me revienta porque formo parte de ella», escribe, y luego, una semana después: «Experimento contra la estupidez de mi tiempo olas de odio que me asfixian». Ese era -explica Álvarez de la Rosa-el estado de Flaubert: asfixiado por el odio. Miraba a todos lados y sólo veía estupidez, mediocridad e hipocresía. Y para no morir, escribía.

De una de esas cartas en la que le habla de novelas anteriores, surge el título de este volumen de Alianza: «¡Con qué pasión tallaba las perlas de mi collar! Sólo olvidé una cosa: el hilo». Y al hablarle de su San Antonio le insiste en que fue una obra fallida pues «no son las perlas las que forman el collar, es el hilo».

A su vuelta de Oriente, en 1851 emprende su gran proyecto de Madame Bovary. A lo largo de los varios años que dura el doloroso proceso de la obra la correspondencia con su gran amigo Louis Bouilhet y sobre todo con Louise Colet es una guía casi diaria de todo el proceso narrativo. Cada noche, cuando dejaba el trabajo de Bovary, Flaubert le escribía explicando cada paso que daba, y las enormes dificultades de su escritura perfecta. Pero sabe que ha descubierto su camino de novelista. «Anteayer me acosté a las 5 de la mañana, ayer a las 3. Desde el lunes pasado, he dejado de lado cualquier otra cosa y solo me he afanado en mi Bovary, cansado de no avanzar. (…) desde que nos dejamos, he escrito ocho páginas de la 2º parte: la descripción topográfica de un pueblo. Ahora voy a empezar una larga escena en la posada que me preocupa mucho (…) La Bovary camina a paso de tortuga y, por momentos, me siento desesperado. En un libro como este una desviación en una línea puede apartarme por completo del objetivo y estropearlo todo (…) Pierdo un tiempo incalculable al escribir, a veces, páginas enteras que después suprimo por completo, porque perjudica el movimiento».

En cuanto empieza a publicarse Madame Bovary en Revue de Paris, en octubre de 1856, la justicia entra en acción, acusándolo de ultraje a las buenas costumbres y al culto católico. Flaubert fue absuelto gracias al buen hacer profesional de su abogado Jules Senard. El resultado no fue el pretendido por la Administración y Madame Bovary, gracias al proceso judicial, tuvo un éxito colosal y Flaubert se convirtió en una celebridad. Cuando vislumbra la absolución le escribe a su hermano «me voy a convertir en el personaje de la semana, todas las grandes zorras se disputarán la Bovary en busca de obscenidades inexistentes».

Ese mismo año, conoce a la escritora George Sand y al escritor ruso Ivan Turgeniev con los que va a mantener, también, una fructífera correspondencia.

Menos conocidas pero tan interesantes como las de Louise Colet, son esas cartas con la escritora George Sand. Pese a las diferencia de edad y, sobretodo ideológicas de cada uno, se cruzaron unas 400 cartas. Flaubert fue de la animadversión a la admiración fervorosa; con ella se abre en canal su pensamiento y da rienda suelta a su bilis social. Así critica la enseñanza gratuita y obligatoria, «que acabará con el pueblo llano»; desprecia a la prensa, «una escuela de embrutecimiento porque exime de pensar». Su individualismo le lleva a rechazar a «la masa, el número, que siempre es idiota», «hace falta una aristocracia natural, legítima»; niega una y otra vez el sufragio universal y exige «acabar con esa verguenza de la inteligencia humana». Pero también se desgañita contra la estupidez humana.

Diferente es su correspondencia con Ivan Turgeniev a partir de la coincidencia de gustos literarios y de sus visiones del mundo literario. Con el escritor ruso podía pasar horas hablando solo de poesía.

La soledad, la melancolía su capacidad de rumiar constantemente contra la «hidra de la estupidez humana», contra la idiotez social que culminara en ‘Bouvard y Pécuchet’ resume el final de sus días. Un año antes de morir le escribe a Turguenev, «no me gustaría morir sin seguir arrojando unos cuantos cubos de mierda sobre la cabeza de mis semejantes». Leemos a un Flaubert desmoralizado, en casi permanente estado de rabia, con la impresión de que no vomita bilis ideológica, sino existencial.

Poco años antes de morir sentencia en una carta en defensa de Maupassant. «La tierra tiene límites pero la estupidez humana es infinita».

El hilo del collar

Correspondencia Gustave Flaubert

Editorial: Alianza

Edición: Antonio A. de la Rosa

Precio: 15,48€