Bien sabido es que los hijos no vienen con un manual de instrucciones debajo del brazo sobre como afrontar su crianza y educación, también que no hay cursillos para enseñar a ser padres y madres y que la paternidad, sobre todo en el caso de los primogénitos y los hijos únicos, debe aprenderse sin maestros y que la educación de los hijos comporta riesgos que con el paso de los años afloran y terminan en esa reflexión paterna de qué hemos hecho mal.

Casi siempre la pregunta llega tarde, cuando el precio pagado por los hijos por los errores involuntarios de los padres, es muy alto.

Esta grave enseñanza es la que nos deja la escritora estadounidense Jane Smiley en su último trabajo traducido en España, ‘La mejor voluntad’, que edita SextoPiso, editorial que ya nos ha traído otros relatos de Smiley, como ‘La edad del desconsuelo’ y ‘Un amor cualquiera’ que reflejan el enorme talento de esta escritora, Premio Pulitzer en 1991 y su agudeza para hurgar mas allá del estanque dorado de las aparentes apacibles relaciones familiares, que en su pluma descubren la turbulencia que anida en muchas de ellas.

Como en ‘La edad del desconsuelo’ o en ‘Un amor cualquiera,‘ en ‘La mejor voluntad’, Smiley se introduce en el mito de la familia, uno de los pilares de la cultura occidental para explorar con lucidez las complejidades de la vida doméstica, para ir destapando aquello que anida bajo la superficie de la familia. Con un ritmo pausado y en apariencia tranquilo, va creando una atmófera de tensión, que va generando la tormenta que pronto explotará.

Robert Miller, agricultor autosuficiente, vive con su esposa Liz y su hijo Tom, en una granja que él pudo comprar por poco dinero después de regresar de Vietnam. Él ha construido y plantado todo en la finca: la casa, dependencias, huertas, jardines, incluso restaurando o construyendo los muebles desde cero. Su esposa cocina en una estufa de leña, hila lana para hacer hilo, teje, cose, enlata y realiza todo el trabajo que la esposa de un granjero habría hecho a principios del siglo XX. No tienen electricidad, ni teléfono, ni automóvil, y Bob intercambia mano de obra o bienes por el poco dinero que necesitan para gastos tales como impuestos sobre la propiedad y útiles escolares. Tom tiene siete años, es un chico bondadoso y educado y el único que cada día sale al exterior para ir a la escuela.

Bob, el padre de familia, se siente especialmente orgulloso de su estilo de vida en el que educa a su hijo Tom, un niño entusiasta y aparentemente receptivo a ese influjo familiar.

Pero es la escuela, el contacto con el exterior y con otros modos de vida lo que hace estallar la crisis. Un día Tommy destroza dos bellas muñecas de la única compañera negra de la escuela, a la vez que le suelte un grave insulto racista.

Es aquí donde los padres se preguntan: ¿qué ha pasado?. ¿Qué hemos hecho mal? Pero ya es tarde. A esa primera agresión siguen otras. Al final de la novela Tommy se ha vuelto tan destructivo que termina también por destruir el modo de vida de sus padres que se verán obligados a luchar por comenzar sus vidas de nuevo.

Pese a la buena voluntad y las mejores intenciones, el niño es víctima de la obsesión de su padre por mantener una exagerada sencillez y austeridad, un estilo de vida autosuficiente y responde con violencia a la falta de otras necesidades. La utopía del padre engendró su propio demonio.

La prosa de Smiley es lúcida y clara, sin adornos especiales, pero la complejidad emocional y moral con que dibuja a sus personajes confirma el talento singular de Jane Smiley, una escritora de larga trayectoria que a lo largo de cuarenta años ha conformado, su posición de una de las mejores escritoras estadounidendes contemporáneas.

La mejor voluntad

Jane Smiley

Editorial: SextoPiso

Traducción: Inga Pellisa

Precio: 15,90 €