La gigantesca obra novelística de Virginia Woolf ha prevalecido sobre otras facetas igualmente deslumbrantes de su quehacer como escritora. Si Virginia fue una escritora colosal, que renovó la literatura inglesa del siglo XX, fue igualmente una lectora ávida, perspicaz, de enorme sensibilidad y alcance. Ello lo volcó en sus reseñas de crítica literaria que son un auténtico festín de inteligencia, gusto y originalidad. Durante más de treinta años, de 1905 a 1938, Virginia Woolf fue publicando sus reseñas literarias en The Thimes Literary Supplement, (TLS), el periódico literario «mas respetable y mas respetado de su tiempo», en palabras de T. S. Eliot, que también colaboraba en él. Una selecta recopilación de algunos de esos textos ve ahora la luz. Bajo el nombre de ‘Genio y tinta’, la editorial Lumen recoge catorce de esos ensayos con una meritoria introducción de Francesca Wade.

Durante esos treinta años de colaboración literaria, Bruce Richmond, el editor de TLS, no tardó en considerar a Virginia como la joya dentro de un elenco de críticos literarios, entre los que estaban T. S. Eliot, Henry James, Edit Wharton, George Gissing y Andrew Lang.

Cada reseña de Woolf es deslumbrante y, más aún sigue siendo relevante para los lectores de hoy. En la introducción a ‘Genio y tinta’ Francesca Wade habla de cómo Bruce Richmond, el editor del TLS, dijo que había enviado a Woolf centenares de libros para reseñar «y todas y cada una de las veces había recibido a cambio una crítica deslumbrante capaz de arrojar una luz completamente nueva sobre un escritor ya conocido».

Wade explica que aunque los artículos que aparecían en el TLS se publicaban sin firmar, respondiendo a una práctica del diario, Woolf procuró siempre que los suyos se distinguieran con una voz propia y distintiva. Cada uno de sus artículos es una destilación absolutamente original de su personalidad, su ingenio y su intelecto.

Ella partía de dos premisas necesarias: la libertad para hablar de «lo que a uno le gustaba porque a uno le gustaba» y «no fingir nunca admirar lo que no le gusta». La segunda era volcar todo su ingenio e inteligencia en hacerse entender por lo que ella llamaba «el lector común» que ella imaginaba como esas «personas ocupadas que tomaban el tren por la mañana» y que «cansadas volvían a casa por la tarde».

Su condición de mujer precursora del feminismo convierte en reveladores sus ensayos sobre Charlotte Brontë, George Eliot o Elizabeth Barrett Browning, donde incide en cómo la vida de las mujeres se ha visto acotada y restringida por expectativas sociales perniciosas

Aún así en el primer ensayo de la colección, que escribe sobre las novelas de Charlotte Brontë, Woolf anida esta exquisita visión de sus virtudes narrativas: «Todos y cada uno sus libros parecen un gesto supremo de desafío, retan a que sus torturadores se marchen y la dejen como Reina de una espléndida isla de la imaginación. Igual que haría un capitán en apuros, congregó a sus tropas y con orgullo aniquiló al enemigo».

En sus reseñas intenta situar al escritor en su mundo, conectar sus escritos con la vida que llevaron. Así al hablar de las obras de George Eliot, Virginia Woolf nos da una buena idea de la lucha que fue la vida de la escritora, como se educó en la cultura y las costumbres del mundo por pura fuerza de ambición y como, a pesar de las dificultades, «su asombrosa vitalidad intelectual logró triunfar».«La amplitud de la perspectiva, los trazos grandes y fuertes de los rasgos principales, la luz rojiza de sus primeros libros, el poder de la búsqueda y la riqueza reflexiva de los últimos nos hablan de su grandeza».

Se exalta en su admiración por Montaigne y sus Ensayos. Pocas personas en la historia han conseguido retratarse a sí mismos con la pluma, escribe Virginia. Solo Montaigne, Pepys, y Rousseau, tal vez. Pero «el arte de hablar de uno mismo, de seguir los propios caprichos, de dar el mapa completo, el peso, el color y la circunferencia del alma en su confusión, su variedad, su imperfección, ese arte perteneció a un único hombre, a Montaigne».

En sus ensayos de afirmaciones cortas y fragmentarias, largas y eruditas, lógicas y contradictorias, se percibe, afirma Woolf, el propio pulso y el ritmo del alma, que late día tras día. «Aquí tenemos a alguien, en definitiva, que triunfo en la arriesgada empresa de vivir. Apresó la belleza del mundo con todos los dedos, alcanzó la felicidad».

También el elogio es rotundo para las novelas de Thomas Hardy. Repasa sus 17 novelas y rastrea en ellas las «líneas generales de su genio». Ello le lleva a asegurar que «no posee la perfección de Jane Austen», ni «el genio de Meredith», ni la «maravillosa capacidad intelectual de Tolstoi, pero posee la fuerza del poder trágico», de tal manera que es «el mejor escritor trágico de todos los novelistas ingleses». «Lo que Hardy nos ha dado no es una mera transcripción de la vida en un tiempo concreto; es una visión del mundo y del destino del hombre tal como se revelaron a un genio profundo y poético, a un alma delicada y humana».

Al traducir el genio de Joseph Conrad, Virginia se detiene en el Conrad de sus primeras novelas, aquellas que narran aventuras y personajes al límite, el que pervivirá, el de ‘Juventud’, ‘Lord Jim’, ‘El negro del Narciso’, ‘El corazón de las tinieblas’ o ‘Tifón’, que acabará cuando se da cuenta de que nunca podría mejorar la tormenta descrita en ‘El negro del Narciso’ o rendir un homenaje más sincero a las cualidades de los marineros británicos que el ofrecido en ‘Lord Jim’. Al buscar esos apoyos en su periodo tardío de novelista «se ve inmerso en una oscuridad involuntaria, una falta de conclusión, casi una desilusión que desconcierta y fatiga».

Genio y tinta

  • Virginia Woolf
  • Editorial: Lumen
  • Traducción: Ana Mata Buil
  • Precio: 18.90€

Por último, Virginia analiza la personalidad de Henry James a través de sus cartas y lo dibuja como un «espectador alerta, distante, incansablemente observador, seguro de sí mismo».

Cuando fracasa sigue seguro de su éxito y responsabiliza al público: era un hombre que nunca dudó de la autenticidad de su genio.

«No hay nada demasiado pequeño o demasiado grande, ni demasiado remoto, ni demasiado extraño que él no pueda rodear en su fluir, sobre lo que no pueda flotar y hacer suyo. Cada frase (…) estaba diseñada con firmeza y en los momentos de mayor ingenio lograba unas expresiones increíblemente acertadas».