Stefan Zweig fue el más grande europeo de su tiempo. Su talento y su enorme talla intelectual, la fuerza vital de sus convicciones la puso al servicio de una Europa abierta y sin fronteras, pero los dramáticos hechos bélicos de 1914 y después de la Segunda Guerra Mundial, le llevaron al desarraigo primero y finalmente a sucumbir.

Pero su ingente y precursora obra esta ahí. Fue un biógrafo excepcional, poeta, ensayista, novelista, autor dramático, traductor, conferenciante, libretista de ópera incluso y por encima de todo un intelectual de primer orden. Ahora podemos conocer mejor esa brillante personalidad de Zweig a través de sus ‘Diarios’, que por primera vez se publican completos en España de la mano de la editorial Acantilado que continúa con ellos la importante labor de difusión en nuestro país de este austriaco de origen judío.

Ha costado porque la familia se resistió durante mas de cuarenta años a su publicación hasta que por fin aparecieron en alemán y ahora en español.

La aparición de estos Diarios «es una fiesta», como dice en la introducción Mauricio Wiesenthal, uno de los mayores conocedores de Stefan Zweig. Estos Diarios, que no tienen continuidad en el tiempo sino que abarcan periodos determinados de su vida, recorren su juventud, las dos guerras mundiales y sus viajes a Suiza, Nueva York, París, Londres o Brasil y sobre todo «nos permite el privilegio de situarnos junto al autor y seguir el cauce de su vida», señala Wiesenthal, que añade con acierto que los diarios de Zweig son para nosotros más interesantes en este momento del siglo XXI que cuando el autor los escribió entre 1912 a 1940. Hoy pueden leerse como un viaje al pasado y eso los hace novelescos, entretenidos muy reveladores.

Al leer estos Diarios sentimos como el avance del sectarismo en Europa y de la barbarie irracional iba acorralando y hundiendo al escritor humanista que intentaba crear contra su tiempo una obra sublime de tolerancia y comprensión.

Aunque era tímido y reservado hasta extremos contradictorio, eso no le impidió un exquisito cultivo de la amistad. Se relacionó con gente inolvidable como Richard Strauss, Rainer María Rilke, Alma Mahler, Arturo Toscanini, Sigmund Freud, Romain Roland, Hermann Bahr y muchos más, músicos, actrices, o intelectuales, todos ellos descritos en su entorno íntimo y familiar.

Cuando Zweig inicia su Diario, en septiembre de 1912, es ya un hombre de 30 años, doctorado en Viena y Berlín, que comienza una carrera literaria exitosa, ha escrito poemas y relatos cortos, obras de teatro, ha viajado por Francia, Alemania, España y Extremo Oriente.

Zweig está en Viena, pasa por una etapa de «ensoñación y adormecimiento». Son días perezosos, se lamenta de ello, hace propósitos pero nada; solo escribe cartas y cartas. «Son días improductivos». Quiere reaccionar: «Tengo que poner fin a estos días inútiles de una vez por todas. Me horroriza ver como mi vida oscila entre los recuerdos y las esperanzas convirtiéndose en una ilusión fantasmagórica».

En todo caso, en esa fase de su existencia se nota ya su formación cultural exquisita, políglota, pues no en vano estaba preparando ensayos sobre Shakespeare y Dostoievski, autor que le fascinaba y preparaba el estreno de su obra teatral La casa junto al mar.

Dedica mucho tiempo a visitar o a recibir a amigos y conocidos y siempre asombra la perspicacia con la que dibuja a todos ellos: la señora Von Winternitz (luego fue su mujer): «mujer sensible. Tan imperturbable en su desamparo, tan bondadosa en su sosiego, tan inteligente»; Josep Brendel: «un holgazán neurasténico y sumiso, mantenido por su madre, pretensioso y vulgar»; Rittner (dramaturgo): «un hombre refinado, muy nervioso, devorado por la inquietud»; Hugo Wolf: «un tipo reservado, el rostro aniñado, la seriedad que le dan los ojos claros y la ingenua serenidad no dejan sospechar la fuerza de su experiencia interior».

Llegan los Diarios de la Primera Guerra Mundial. El día de la declaración de guerra de Alemania a Rusia dice: «Me siento fatal, en mi fuero interno no creo en la victoria austriaca, no sé porqué. Y me asusta pensar en Alemania que ahora se verá arrastrada (…) Estoy desmoralizado, no puedo probar bocado, tengo los nervios a flor de piel y no consigo dormir. Veo a los pobres jóvenes lejos y la miseria que nadie augura».

Tras la guerra, ya en Suiza, deja de escribir en noviembre de 1918. No recuperará su diario hasta octubre de 1931, lo hace «empujado por el presentimiento de que se avecina un periodo crítico, similar a los días de la Gran Guerra».

En enero de 1935 visita por unos días Nueva York. Le asombra «esta elevación a las alturas es el espectáculo mas asombroso que jamás se haya visto, no sobrecoge como la naturaleza sino que incrementa la confianza en el ser humano al elevarlo hasta el cielo». «Aquí lo bueno es lo nuevo. Pero este es un pueblo extraordinariamente pueril».

En el Metropolitan Museum disfruta con Goya (Una corrida de toros). Pero sobre todo le deja traspuesto Vista de Toledo, de El Greco: «es el sueño nocturno más moderno y fantasmagórico que he visto jamás. El Greco es el pintor más grande, más majestuoso».

Disfruta en una barbería, «me dan masaje facial con aceite de limón y un montón de toallas suaves y perfumadas (…) mientras una joven de manos delicadas me hace la manicura. Salgo del local terso, limpio, fresco, perfumado y contento, jamás había conocido treinta minutos más reparadores». Pero Harlem le decepciona, aunque disfruta en los clubes de negros viéndolos cantar y bailar.

El 1 de septiembre de 1939 inicia en Londres el Diario de la Segunda Guerra Mundial. El día en que estando preparando los papeles para casarse se anuncia que Alemania ha declarado la guerra a Polonia. Le sorprende la flema británica: «¡Nadie se imaginaría, ni en sueños, que hoy es el día en que ha empezado la mayor catástrofe de la humanidad!» La situación para él no ofrece dudas: «A partir de hoy empieza otra vida para mí: ya no soy libre ni independiente» «De esos asesinos espero cualquier cosa».

Constata con tristeza como son inscritos en Inglaterra como alien enemies (enemigos extranjeros) al ser considerados alemanes tras la anexión de Austria por Alemania.

El conflicto mundial traerá, según Zweig, «el fin del capitalismo, tal como lo conocemos. Antes de que nos demos cuentas llegará un nuevo orden mundial». También trajo su final en Brasil junto a su esposa, lejos de su amada Europa. «Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la que la labor intelectual ha significado el goce más puro y la libertad personal el bien mas preciado sobre la tierra», dejó escrito.

Antes, en agosto de 1936, camino de Brasil, desembarca por unas horas en Vigo, ocupada por el ejército franquista. El ojo de Zweig, su poder de observación trabaja intensamente en las dos horas que pasó en la ciudad gallega, «llena de militares en relucientes uniformes y disciplina completamente alemana». Detrás de los avatares de una ciudad en guerra, observa lo «colorida que son las calles (...) las ancianas de cabellos desgreñados cubiertas de sudor y polvo, con sus delantales, los pies sucios y, no obstante, la enorme dignidad de sus andares. (...) Y los niños de Murillo, encantadores por su desparpajo y su belleza. Dos horas en España es una experiencia mas intensa que un año en Inglaterra, sobre todo ahora que los cañones atraviesan la ciudad y uno descubre entusiasmado la sabia indolencia de un pueblo incluso en una crisis como esta».

Diarios Stefan Zweig

  • Editorial: Acantilado
  • Traducción: Teresa Ruiz Rosa
  • Prefacio: Mauricio Wiesenthal
  • Edición: Knut Beck
  • Precio: 32,00 €