Llego agotado al final del verano, pisoteado por el calor y aseteado por las imágenes que las redes sociales me disparan de los viajes de los otros, de las risas de los otros, de todos esos momentos memorables y maravillosos que han vivido los otros y yo no. Así no hay manera. A ver, con la lectura también me sumerjo en otras vidas, pero lejos de angostarme, el conocerlas me insufla vida. Conclusión rápida: menos pasar el dedo por la pantalla del smartphone y más pasar páginas de la tambaleante columna de libros que amenaza ruina en mi mesa. Limpiando en mi habitación, cuarto que cuando me pongo estupendo llamo despacho, he salvado del olvido ‘Crónicas de viaje. Impresiones de un corresponsal español’ (Fórcola, 2014), una antología fabulosa de textos que Julio Camba publicó aquí y allá –‘El Mundo’, ‘La Correspondencia de España’, ‘La Tribuna’, ‘ABC’, ‘El Sol’, ‘Ahora’… y cómo me encantan los nombres de los periódicos, y cómo me apena que hoy en día es de lo poco que me gusta de ellos-. Del final del verano siempre llega una cosa buena, digo buena y me quedo corto, y no es otra que la lluvia de coleccionables que nunca coleccionaré pero que me fascinan y que en estas próximas semanas llenarán de promesas incumplidas los kioskos –esos templos del papel barato que aún resisten el embite del desinterés contemporáneo por los derivados de la celulosa-.