Solo un maestro como Julian Barnes, dotado de la elegancia y el ingenio que ha venido demostrando en su historial narrativo podía firmar de manera memorable un relato como ‘El hombre de la bata roja’, donde despliega con donaire y talento todo un prontuario sobre la vida, el amor y el arte en la Francia de la Belle Époque y sus ecos al otro lado del Canal de la Mancha.

El hombre de la bata roja no es otro que el médico cirujano Samuel Jean Pozzi cuyo retrato pintado por el artistas John Singer Sargent impresionó a Barnes y le llevó a fabular este magnífico relato del que el médico Pozzi es el hilo conductor.

Este comienza con la llegada a Londres en junio de 1855 de un trío algo dispar. El conde de Robert de Montesquiou, el príncipe Edmond de Polignac y el plebeyo de origen italiano Samuel Jean Pozzi.

Un trío extraño, con dos aristócratas homosexuales, o dicho a la manera culta de entonces «de tendencias helénicas», y un plebeyo heterosexual y mujeriego

En Londres los atendió Henry James que tachó a Montesquiou de «curioso pero superficial» y a Pozzi de «encantador», mientras apenas fijo su atención en Polignac.

Siguiendo las andanzas de ellos tres y en especial la de Pozzi, Barnes recorre con amenidad y detalles fascinantes la Belle Époque, ese periodo -nos ilustra el escritor- que describe el tiempo entre la grave derrota francesa de 1870/71 y la «catastrófica victoria» de 1914/18, y no se hizo popular hasta 1941, tras una nueva derrota de Francia.

La Bella Époque fue un último florecimiento de las artes y de esplendor de la alta sociedad antes de que «esta dulce fantasía fuese pulverizada por el metálico y escéptico siglo XX» Pero detrás de este mundo de glamour, Barnes nos recuerda que también fue una época aquejada de crisis, escándalos, corrupción endémica y de inestabilidad política en Europa.

La Belle Époque permitió a su vez el gran triunfo del artes francés. Cuando concluyó Picasso había puesto los cimientos del cubismo, y con él Manet, Cézanne, Renoir, Lautrec o Degas habían traído a la pintura el impresionismo, el fauvismo, le simbolismo, el neoimpresionismo, el cubismo. ¿Quién podía ofrecer más?

En este escenario de la Belle Époque brilla con luz propia el dandi, un fenómeno anglo-francés que iba y venía a un lado y otro del Canal. El dandi debía ser de la alta sociedad, perfectamente vestido, ingenioso y manirroto, un esteta para el cual el pensamiento tiene «menos valor que la imagen».

Aquí volvemos a nuestro trío inicial. Montesquiou era un dandi, un esteta, entendido en arte, de ingenio rápido y arbitro de la moda, «curioso pero superficial» ; el príncipe Polignac albergaba incumplidas ambiciones musicales. Pozzi era sin duda el personaje estrella. Médico cirujano, elegante, mundano y encantador, de conversación culta y de un trato que embrujaba. Poseía un arte de agradar inigualable, junto con una hechizante estrategia social. Era encantador y ambicioso.

El ascenso de Pozzi, el hombre de la bata roja, desde su pueblerino Bergerac hasta la alta sociedad parisina fue, según nos describe Julian Barnes, un triunfo del intelecto, el carácter, la ambición, el profesionalismo y esa seducción que enamoraba tanto a hombres como mujeres. Contribuyó a ello el que era médico, hospitalario, generoso, rico sociable, culto y muy viajado.

La lectura de ‘El hombre de la bata roja’ se convierte, página a página, en un placer inigualable donde Barnes derrocha ingenio, erudición sin petulancia e imaginación, revistiendo en todo momento al relato con un lenguaje sugestivo y una seducción que engancha y que o convierten en una historia deslumbrante.

En sus páginas hay biografía, historia cultural, transitan personajes como Oscar Wilde, Marcel Proust, Sarah Bernhardt, Henry James, Baudelaire o Flaubert. Un relato fascinante de una época que Barnes retrata con sus luces y sombras y sus personajes mas singulares.