Treinta años después de su exilio forzado en 1939, Max Aub regresó a España en 1969 para una estancia de tres meses. Acababa de terminar ‘Campo de los almendros’ con la que culminaba ‘El laberinto mágico’, la inmensa serie novelística sobre la Guerra Civil, un ejemplo de su magnificencia intelectual.

Nada más llegar lo dejó claro: «He venido, pero no he vuelto», pues sabía que «era imposible volver» a aquella España sometida a la dictadura franquista.

De esa visita surgió ‘La gallina ciega’, su epílogo literario y su libro más sombrío. Lo llamó ‘La gallina ciega’, viendo -como en el juego- a «España, con los ojos vendados, los brazos extendidos, buscando inútilmente a sus compañeros o hijos, dando manotazos al aire, perdida».

‘La gallina ciega’ es la crónica amarga y lúcida de su estancia de tres meses en España, donde Aub descubre con dolor la constatación de la memoria y el olvido de una España borrada en 1939. El contraste entre su memoria histórica y la realidad de la España franquista fue para él doloroso y brutal, más duro en realidad de lo que podía imaginar. «No era mi España», escribe. ‘La gallina ciega’ no es más que la crónica de «la tragedia del desarraigo».

La gallina ciega, la tragedia del exilio

Su visión de la sociedad española es decepcionante. Desprecia su resignación: «este es un pueblo gobernado que no protesta de serlo»; su abandono y carga contra ese pueblo de «ignorantes, de resignados y cada día mas y mas resignados».

Es un desconocido de la juventud y eso le duele y comprende que los jóvenes españoles viven ciegos a cuenta de la desmemoria impuesta por la dictadura. Arremete contra su desmemoria, sin darse cuenta de que en 1939 se impuso una ruptura y las nuevas generaciones crecieron en el silencio y la mentira. Pero le indigna esa actitud «resignada, pasiva , la crónica amarga de buena parte de esa juventud».

Aub arremete una y otra vez contra lo que juzga como la mediocridad intelectual dominante, la vileza miserable, la revisión de la historia de manera mentirosa, el cinismo de algunos dirigentes como el de Carlos Robles Piquer, entonces director general de Cultura Popular, que le dijo que no entendía cómo no dejaban entrar sus libros en España, cuando dependía de él.

En cambio Aub se explaya al recordar sus hermosos encuentros con Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre, al que visita en su casa de Velintonia: «porque nunca perdimos ni perderemos a España del todo, mientras viva Vicente Aleixandre»; «es el poeta contemporáneo español que menos ha cambiado: siempre fue bueno». Más distante, aunque cortés la cita con Dámaso Alonso que no impide su admiración: «por verte vale la pena venir a Madrid y hablar contigo. No tenemos los mismos gustos, pero sí un concepto muy parecido de la vida».

Feliz cuando visita a su querido Américo Castro y admira que a sus 84 años esté con «idéntico empuje, valor, arrestos, arranque», «¿Quién sabe hoy de historia y de literatura española más que él?», y lamenta que viva olvidado de todos en su pisito de Madrid. Visita también a Gerardo Diego, «un hombre culto, bien educado, álgido. Si por él se supiese sería un gran poeta».

Conoce a Domingo Dominguín, el torero comunista «simpático hasta donde mas no se puede, amable, dispuesto a todo». Comen y van a los toros a Las Ventas. Allí conoce a Ignacio Aldecoa y a su mujer «es un gran escritor, que me gusta».

Disfruta de animadas charlas en Cadaqués con Gabriel García Márquez, «gordo, lucido, bigotudo» y afirma su idea de que «toda la literatura suramericana que ha valido políticamente su pena literaria se ha hecho en el exilio, y más aquí, en España. Cena con Ana María Matute, con la que mantuvo un largo epistolario. Visita en su casa de Valencia a su viejo amigo el poeta Juan Gil-Albert,«amable, encantador, inteligente», preso en su exilio interior.

La estancia en Valencia, la ciudad en la que creció y vivió hasta su exilio, resulta la mas emocionante. El reencuentro con su familia, el paseo por las calles de su juventud, por la que fue su casa; la visita a la Universidad donde se reencuentra con su biblioteca que le fue expoliada en 1939, los viejos amigos...

Su interés por la realidad literaria le lleva a conocer a Carlos Barrall «el pachá de los libros», a Gil de Biedma «inteligente, preciso», al poeta Ángel González, «muy desesperanzado del futuro», a Juan Benet, «inteligente sin remedio» y elogia la literatura de Cela, Sánchez Ferlosio, Aldecoa y Martín Santos.

La gallina ciega

Autor: Max Aub

Editorial: Renacimiento

Precio: 37,90€