No puedo evitar interesarme por cada nuevo álbum de Astérix y Obélix que se publica, pese a que ya desde niño sufrí como si me dieran una puñalada casi cada uno de los que Uderzo publicó sin guión de Goscinny –con la honrosa excepción de ‘La gran zanja’ (1980)-. Sin duda, esa pareja es para mí de lo mejor de Francia, a la altura de Jean-Paul Belmondo y Raymond Queneau. Así que cuando hace unos días descubrí que acaban de publicar ‘Astérix tras las huellas del grifo’ (Salvat, 2021), le eché un buen ojo –y creo que esta misma tarde, en cuanto me libere de mis obligaciones con el ordenador, saldré a hacerme con un ejemplar-. No envidio la tarea de Ferri y Conrad, autores que desde 2013 se encargan de alimentar nuestra nostalgia y que ya han firmado cinco álbumes: todos sabemos, y ellos los primeros, que nada de lo que hagan podrá igualar nuestro recuerdo soñado de lo que es un buen tebeo de Astérix y Obélix. Creo que es una verdad tan injusta como inevitable. Y aún así, y a pesar de la decepción garantizada para muchos, salvo para los aficionados más irredentos y los lectores muy pequeños, la primera tirada llega a las librerías de todo el mundo en diecisiete lenguas y alcanza los cinco millones de ejemplares. Parece que este par de galos es lo poco que nos sigue uniendo a los europeos en este atribulado siglo XXI. ¡Están locos estos romanos!