«Llevo días quemando/ la casa de mi abuelo». Esto es lo primero que supe de Francisco Caro, poeta de Piedrabuena, y lo supe (en el Festival ‘Poesía para naúfragos’, celebrado en Cuenca) por su voz, oyéndolo recitar ‘Los clavos’ poema de su libro ‘Aquí’ editado en «los primeros días del aciago 2020» en Mahalta Ediciones. Y desde ese momento, desde aquella iluminación de su palabra, ando deslumbrado por el tono y la voz de este poeta que ha ido a la memoria y ha vuelto sin daño, que cuenta las cosas que le rodean (un algo he querido intuir del eco de Muñoz Rojas en el intimismo de lo que dice, en la claridad con que lo dice) con un lenguaje poético que se sostiene tanto en la tensión entre las palabras como en los silencios, consciente de que es la musicalidad, el ritmo, lo que da alma al poema.

Y es en esa palabra medida en sus acentos, esa palabra de sereno latido, la que utiliza Francisco Caro para hacernos partícipes de una emoción transparente, como de luz matinal, construyendo cada poema como un espacio conmovedor y fuera del tiempo, solo habitado por afectos, por ternuras, por un modo saludable de nostalgia.

En ‘Aquí’ el poeta hace convivir, converger, desde la memoria, el pasado y el presente, haciéndonos visible la eterna transitoriedad del tiempo, convirtiendo el «aquí», en un espacio de claridad, de compasión, quizás de amor, porque es el amor lo que subyace al fondo de todo, lo que alimenta estos poemas.

Todo libro tiene su lector adecuado. Diría más. Todo libro tiene su lector adecuado en el momento preciso. Si se dan esas circunstancias, el libro calará en el lector hasta enmarañarse en él, formar parte de su ser, de su identidad, de su memoria, ya para siempre, como me ha ocurrido a mí con este ‘Aquí’ que es ya un «siempre».