En una habitación sucia y mal ventilada un puñado de almas oscilan entre la salvación por la fe y la condenación por las obras. Un ateo, un creyente, un revolucionario y un verdugo dialogan hasta que el samovar se apaga, la aurora invade los cristales y Rusia, que es infinita, se derrama en la estancia con su caudal incontenible de violencia y santidad. Durante la conversación, el ser y la nada, Jesús y el Gran Inquisidor, los ucases del zar y las proclamas nihilistas habrán jugado una partida sin resultado claro.

Maestro del diálogo socrático, encarnación de ese arcano que se oculta tras todo artista que ensancha la geometría del canon, Dostoievski (1821-1881) regaló al mundo los caracteres más excesivos del siglo diecinueve, pero suponer que su genio es apenas el de un psicólogo avant la lettre resulta de una cortedad de miras que sólo los usos y abusos de la pereza intelectual justifican. Stavroguin, Kirilov, Raskólnikov, Mishkin y los Karamázov son algo más que médiums entre la conciencia de un escritor y la disciplina de la página: son la prueba de los demonios y de los ángeles que poblaban ese abismo que dijo llamarse Fiódor Mijáilovich Dostoievski. Nunca un hombre estuvo tan cerca al mismo tiempo del absurdo y de la gloria, del caos y de la iluminación. Nacerán escritores mejores y más precisos que él. Otros dotados de mayor sentido de la proporción y del equilibrio entre forma y contenido. Pero ninguno tan salvaje y tan profundo. Ninguno tan soberano en su desmesura. Perdurará cuando el Antropoceno pase. Y sus libros hablarán de lo que fuimos a quien quiera que venga tras nosotros. Serán un formidable epítome de nuestra miseria y de nuestra grandeza. Palabra de Smerdiakov, el hijo bastardo.

En dos décadas prodigiosas, las que median entre los años 1860 y 1880, el hombre de la frente ancha acarrea material de alguna mina profunda (culpa, vergüenza, venganza: todas son satisfactorias, ninguna agota el paisaje por sí sola), exprime la caldera del talento y derrama sobre el mundo una energía descomunal, que aún hoy nos calienta con generosidad. En ese lapso de tiempo, relativamente breve en la carrera de un escritor, tiene ocasión de inaugurar la literatura concentracionaria ( ‘Recuerdos de la casa de los muertos’, 1860), crea al héroe febril por antonomasia (’Crimen y castigo’, 1866), reencarna la aventura de la bondad doliente y herida en un príncipe autista ( ‘El idiota,’ 1869), redacta una de las más extraordinarias epopeyas del mal conocidas (’Los demonios’, 1872) y alumbra la más compleja, poliédrica e inagotable novela familiar que este lector recuerda (’Los hermanos Karamázov’, 1880). Quizá sólo el impulso creativo que animó a Faulkner entre 1929, cuando publica ‘El ruido y la furia’, y 1939, cuando entrega a la imprenta ‘Las palmeras salvajes’, admita parangón en la historia de la literatura.

En la estela que dibujan sus obras mayores, como un meteoro ardiente que cruzara de Este a Oeste el cielo estrellado de la modernidad europea, Dostoievski anuda la perspectiva sociológica (la balzaquiana vida íntima de las naciones a la que aspira la novela burguesa) con la inquisición íntima y el escrutinio implacable (que a tantos ha llevado a ver en nuestro hombre al antecesor de Freud), empuja al género de géneros hasta los límites de su función como mecanismo de disección de clases, épocas y conflictos, y ejecuta con maestría no igualada esa conversación tan fecunda como problemática que ampara la continuidad entre novela y filosofía, y que encarna en ochomiles del calibre de ‘Moby Dick’, ‘La muñeca’ o ‘La educación sentimental’.

Cuando Camus, cerca ya de clausurar ‘El mito de Sísifo’ dicta sentencia al respecto, es a Dostoievski a quien toma como uno de sus modelos de referencia: «Los novelistas filósofos […] consideran que la obra es al mismo tiempo un fin y un principio. Es el resultado de una filosofía con frecuencia inexpresada, su ilustración y su coronamiento. Pero que no es completa sino por los supuestos de esa filosofía. Justifica, en fin, esta variante de un tema antiguo: que un poco de pensamiento aleja de la vida, pero mucho lleva a ella. Como es incapaz de sublimar lo real, el pensamiento se limita a imitarlo. La novela que tratamos es el instrumento de este conocimiento a la vez relativo e inagotable, tan parecido al del amor. La creación novelesca tiene del amor el asombro inicial y la rumia fecunda».

Reflexionando en torno a la figura de Roberto Arlt, ese crítico exquisito que fue Juan José Saer nos previno contra la tentación de pensar que el mejor modo de abarcar la complejidad intrínseca a una situación histórica es la de acudir al género inclusivo por excelencia, la novela realista. Admirada desde la perspectiva de la época actual, dominada por la tentación constante del conflicto ya no entre verdad y verosimilitud, sino entre el mundo y su representación, la adscripción de Dostoievski al realismo abunda en la sospecha de que recluir al autor ruso en las filas de los escritores empeñados en novelar la historia no hace sino traicionar a la una y a la otra: a la historia y a la novela. La lectura de Saer a propósito de Arlt, en mi opinión el escritor en español para el que el magisterio de Dostoievski fue más fecundo, nos invita a una reflexión que haremos bien en atender. Que toda gran literatura no es en el fondo otra cosa que el empeño por transmitir una antropología. Es ahí, en la búsqueda de un criterio antropológico, donde podemos reubicar la importancia de Dostoievski en la actualidad. Porque su obra fue un anhelo en ocasiones quijotesco, siempre a un paso del exceso, pero también de una apabullante minuciosidad y emoción, por ubicar a ese hombre ya no fáustico ni armónico, sino miserable y a la vez heroico, capaz de asesinar a una usurera con un hacha y después redimirse por amor, en la correspondencia de un balance justo. No es poca cosa para un presente de incertezas y paradigmas líquidos.