Ser poeta es un destino irremediable. Al menos, ser poeta entendido a la manera en la que Francisco Brines (1932- 2021) entendía ser hombre, que es algo que en el último medio siglo, el de las luces de neón, el de las francachelas, no tiene mucho público y que ni siquiera está de moda. Y que, en líneas generales, se relaciona de manera exclusiva, puede que también privilegiada, con el asunto de la muerte y con cuatro o cinco aparejos, por lo demás, indiscutidamente fundamentales: el tiempo, la memoria, el amor, siempre el amor, acaso el paisaje. La vida, al igual que la poesía, que a veces se buscan y emparentan, resulta, en su letra pequeña, tan terca como predecible: escribir, vivir, es un empeño que sucede entre tinieblas. Un trabajo lapidario, hermanado con la tierra brava, y a menudo pisoteada, que muchos se obstinan en convertir en una construcción digna de Versalles, pero que, incluso, hablando de chascarrillos y de ninfas, y hasta de futbolistas húngaros y de hidroaviones, no deja de hablar de lo mismo que hablaba Trakl o que hablaba Dante: la muerte que se hace muerte. Y que, de paso, consigue que el resto, como dicen los ingleses, sea ruido. O, peor aún, impostura, cosa del chichinabo, matraca de decorador de interiores.

Francisco Brines, penúltimo premio Cervantes, que no dejó a la muerte viva ni a sol ni a sombra, en sus más valerosas declinaciones, dedicó los últimos veinticinco años de su vida a hacer lo más difícil que puede hacer un poeta: escribir una última palabra, un texto que escape al olvido. Y no al modo infantil de los que creen en las estatuas de bronce y en la eternidad literaria, sino en virtud de lo que fue, de lo que todavía era, como escritor y como hombre; un esfuerzo ciclópeo, de tan humano, que, en sus episodios más lúcidos, parte siempre de la imposibilidad de evitar el fracaso. Y que, a lo largo de la historia, en la hora final e ineludible, cuando las paredes se quiebran, que diría García Lorca, ha engendrado numerosas obras: algunas tomadas por la desesperación, otra por el ajuste de cuentas. Las más, por la fatuidad, que es la más insufrible de las vanidades y la que más rápido arde. Rara vez, muy rara vez, al estilo de ‘Donde muere la muerte’, el libro póstumo de Brines, editado por Tusquets, en el que el autor se enfrenta a sus demonios y a la desaparición con una honestidad desgarradora, inscribiéndose en esa tradición, tan escasa en la poesía actual española, que puede leerse de abajo a arriba empleando como eje la sinuosa y alocada carrera que es el discurso de la humanidad; siendo, en suma, contemporánea de su tiempo, pero también válida para los primeros lectores del Tao Te King, de Lucrecio o de Platón. Ferozmente universal. Y sin que eso signifique, más bien lo contrario, sacrificar su vigencia ni su condición íntima.

Brines fue, a todas luces, un poeta cuya literatura, lejos de enviudar con el transcurso de las décadas, consiguió sobrevivir a la combustión y el timbre apocalíptico con el que se anuncian siempre las nuevas (y, en muchas ocasiones, antañonas) vanguardias, manteniéndose leal a sí mismo y haciendo que la etiqueta de «elegiaco», unánimemente repetida por los críticos, sea tan redundante en su caso como el atributo de lirismo y metafísica que se endilga a la generación del 50, a la que pertenecía, y, de manera extensiva, a toda la poesía de resonancia cernudiana. Una generación que comprende, en su empecinamiento filológico, a algunos de los mejores poetas españoles del pasado siglo y de la cual era el último superviviente. Y por la que siempre desfiló con una voz singular de la que este libro representa un punto culminante. Y no sólo porque muchos de sus poemas están entre los mejores que escribió, sino por lo que transmite de su visión de la vida y, sobre todo, de la muerte, que es una muerte que recuerda, en su primera lectura, a aquella otra que dejaba entrever Fauré en la música de su Réquiem: una muerte melancólica, despojada de paños calientes y de grandilocuencia. Y, al mismo tiempo, inseparable en toda su crueldad de lo que es la vida: el canto a la infancia, cuatro ratos inasibles de duelo y de belleza, lo que, en el fondo, es casi lo mismo; un acontecimiento misterioso que tiene lugar en un cuerpo y en una casa que se rompe. El asombro y la ignorancia. «Lector, tú eliges tus poetas. Espero que tu sombra me aloje», escribe. Elijan bien. También entre la propia herrumbre.

“Ha sido adjudicado el premio de novela instituido por el semanario ‘Destino’, en memoria del que fue su secretario de redacción, el escritor Eugenio Nadal. Entre los 28 concurrentes al mismo, el jurado calificador ha elegido por tres sufragios contra dos, la novela ‘Nada’, de la señorita Carmen Laforet de Canarias”. Con este sencillo breve, ‘La Vanguardia’ anunciaba el 9 de enero de 1945 lo que fue un inesperado terremoto que inició el lento cambio de la literatura española –como española era entonces ‘La Vanguardia’, por imperativo de un franquismo que quizá nunca supo qué hacer con aquella señorita Carmen Laforet de Canarias-. Incluso hoy, en plena celebración del centenario de Carmen Laforet (1921-2004) quizá aún no sepamos muy bien quién fue aquella joven que puso patas arriba el plácido status quo de los escritores que ganaron la guerra. Porque Laforet fue una explosión, y hoy casi nos parece una leyenda, pero quizá solo era una escritora que solo quiso escribir, como una necesidad vital, y vivir su vida a su manera.

“Hemos hecho una guerra para acabar con la democracia y ahora la democracia se proclama desde un pequeño premio literario”, exclamó con enfado y rabia César González-Ruano en la Noche de Reyes de 1945 al saber que una muchacha desconocida le había arrebatado ese pequeño premio literario al que él también se había presentado. Carmen Laforet comenzó con mucho ruido una carrera literaria que hoy nos parece que nunca quiso. Su primer gran mérito fue molestar a la vieja guardia del nuevo régimen, y hacerlo además con una novela que no entendieron y que además supo encontrar un público que también necesitaba algo diferente.

‘Nada’ fue un enorme éxito popular surgido de ningún sitio, en menos de un año agotó tres ediciones, y pronto llegó al cine de la mano del prestigioso Edgar Neville. Fue su protagonista, una inquieta Conchita Montes, la que decidió llevarla a la gran pantalla, e incluso ella misma fue quien escribió el guión -Neville jamás mostró mucho interés en el proyecto-. Aquí quizá hay una clave para entender la trascendencia del relato íntimo y existencialista que es la novela de Laforet: habla de cerca a sus lectores contando la vida diaria de una muchacha, trasunto de sí misma, y logrando en el proceso una identificación y conexión casi magnética con ellas pese a ser una obra personalísima.

“Me preocupo por aquello para lo que me creo dotada: la observación, la creación de la vida. Me preocupa el vigor de los personajes y la manera de exponer los hechos para que resulten claros a la luz mía, individual y me preocupa el que estos hechos queden objetivamente expuestos para que el lector pueda juzgarlos por sí mismo e interesarse por ellos, aceptarlos o rechazarlos a su gusto. No sé si, en verdad, he logrado todo esto en el trabajo realizado desde 1944 a 1955”, explicaba en 1956 –esos fueron sus años más activos, truncados por la dedicación a su matrimonio con el crítico literario Manuel Cerezales-. Porque ‘Nada es su cumbre, y su estrella, pero Laforet nunca dejó de escribir, aunque sí espació la publicación de sus novelas, relatos y correspondencia.

¿Acaso es tan terrible ser recordado por una sola obra? “El libro de la Laforet tenía tanto encanto y era tan representativo que efectivamente no iba a ser fácil superarlo. Digamos que respiraba la temperatura gozosa de la obra única y privilegiada. Luego, ya, sólo queda el oficio”, escribió Francisco Umbral sobre la autora de ‘Nada’ a propósito de su muerte en 2004 Y no pueden ser escritores más distintos. Pero ni él pudo dejar de reconocer algunos de sus méritos: “El libro iniciaba una nueva literatura española y en cierto modo jubilaba a los autores de antes de la guerra”, aunque él también quiso ver en Laforet a una escritora paralizada que “había inaugurado demasiadas cosas, había encendido demasiadas farolas y no se sentía capaz de mantener un mito que era ya ella misma”. Ya, pero ella escribió ‘Nada’ y con ella comenzó a cambiar un país.

Donde muere la muerte

Francisco Brines

  • Editorial: Tusquets editores
  • Precio: 14,00 €