Decía Godard, en aquella época en que todos, incluidos los nonatos, queríamos ser franceses y, por tanto, y tal vez sin saberlo, proustianos a perpetuidad, que la mayor ambición en la vida, especialmente si es a través de un personaje, consiste en ser inmortal y después morir. Ignoramos si Marcel Proust, que tantas páginas y horas dedicó a los devaneos del tiempo, su verdadera muchacha en flor, creía seriamente en algo tan provinciano y grosero como la propia inmortalidad, pero lo que sí está claro es que sus últimos años, los del encierro, la enfermedad y las correcciones neurasténicas, contribuyeron a dar los apliques definitivos a esa gloria gaseosa que envuelve el olimpo de la literatura y que a menudo cercena en dos mitades lo que queda después de la muerte bajo la sombra de un gran escritor; de un lado, el mito. Y del otro, la realidad. Los dos cuerpos de rey de los que hablaba Michon. El andrajo, la carne corruptible, y el otro, el inasequible y simbólico, dispuesto a continuar con el juego de la representación. Las dos partes de las que se alimenta habitualmente la leyenda, y que, en el caso de Proust, en su torrencial fluir de la conciencia, se conectan de un modo todavía más complejo, emborronando en un mismo tronco la escritura que tiene que ver con las vivencias y la que se anuda bajo los presupuestos y los pactos de la ficción.

Los centenarios de un escritor han sido siempre lo más parecido a la santurronería vaticana de lo que ha sabido dar cuenta el hombre seglar, alcanzando su apoteosis en los años en los que la efeméride, en lugar de prender del natalicio, se ciñe a la desaparición, lo cual siempre redunda en una especie de misticismo de tienda de campaña en el que nunca falta la evocación de la agonía, implacablemente poética en Proust, con su habitación de paredes acolchadas, su grafomanía solitaria, sus inyecciones de adrenalina y sus tazas de café. El Proust que fue piel y sangre y Marcel hasta 1922 conviviendo durante doce meses con el otro, el que persiste, y hasta puntualmente con un tercero, el que viene de la mano de la escolástica oficiosa y las nuevas ediciones y materiales de estudio para coleccionistas. Un baile de máscaras puede que, incluso, necesario, que a veces opera el milagro de despertar la curiosidad y conquistar a una nueva generación, pero que en otras ocasiones apenas sirve para adecentar el mausoleo y aumentar la distancia entre la creación mitológica y el escritor. Sobre todo, si las publicaciones pertenecen al dominio clamoroso de la rapiña y del oportunismo editorial, que es precisamente lo contrario a lo que ocurre con ‘Los setenta y cinco folios y otros manuscritos inéditos’ (Lumen), la piedra seminal de ‘En busca del tiempo perdido’, su monumental obra, que llega a las librerías después de una serie de avatares novelescos, con capítulos que van desde el hallazgo del manuscrito tras la muerte del albacea Bernard de Fallois, a la admirable y profusa intervención filológica de Nathalie Mauriac Dyer -bisnieta de Robert, hermano del escritor- y la traducción del novelista Alan Pauls, quien, por cierto, consigue con su trabajo el equivalente en el oficio a un triple salto mortal: hacer que los lectores en español no echemos de menos como aborígenes en celo a Pedro Salinas, responsable de la mejor versión hasta el momento de la prosa en castellano de Proust.

En ‘Los setenta y cinco folios’, con prólogo de Jean-Yves Tadié, biógrafo del novelista, nos encontramos al Proust más expuesto a la confusión entre la persona y el narrador. Un Proust que todavía respeta los nombres verdaderos de los familiares que le servirían para cincelar a sus personajes, que lleva consigo la gran obra que acabará escribiendo, que despacha en fogonazos tan brillantes como aparentemente inconexos los motivos nucleares de la heptalogía. Y que, además, empieza a decantarse, incluso en intervalos teóricos, por un estilo y una poética que acabaría por transformar la literatura y que, en su ambición totalizante, rompería los esquemas del tiempo narrativo y la propia centralidad de los hechos, dando lugar a su inagotable psicobiografía, en la que el protagonismo recae en los mecanismos de la memoria, la escritura y el pensamiento.

Una revolución que un siglo después de su alborada-los textos fueron concebidos entre 1907 y 1909- consigue provocar al lector, logrando rizar el rizo y haciendo que cada uno de los fragmentos funcionen como una auténtica magdalena metaliteraria para sus incondicionales, que automáticamente asisten al despliegue colorido y sensorial de los días de las primeras lecturas de Proust, dejando para los neófitos el placer, no menos combustible, de descubrir un libro que en su declinación más sencilla se revela siempre y mansamente como lo que es: un conjunto de textos de una escritura musical y deslumbrante, enredados en distintas versiones que dan la sensación de articularse al modo de las Variaciones Goldberg, saltando de ejercicio en ejercicio al compás de la meticulosidad, las inquietudes y el perfeccionismo del escritor. La magdalena deshojada en sinfonías distintas, todas ellas atractivas y reseñables de manera autónoma; la abuela paseando bajo la lluvia, el camino de Guermantes. Piezas que sumadas a otras como la dedicada a Venecia, de tanto recorrido posterior, desplazan al fantasma para dejarnos frente al joven destinado a sobrevivirse, dueño de un programa personal cuya influencia, ya sea directa o mediatizada, acusa el gigantismo de Wagner, penetrando incluso en nuestros días a través de experiencias artísticas aparentemente antagónicas. Y que consiguió hacer de la escritura un valor en sí mismo, capaz de devorar todo lo que la circunda, de apuntarse la única victoria posible contra el tiempo. Un tema, por otra parte, muy francés. Y del que siempre nos quedará saber qué hubiera dicho el propio autor a partir de los avances ulteriores de la neurofilosofía, la física cuántica e, incluso, la tecnología. Volver en Proust es ir. Acudan a la primera casilla.

LOS SETENTA Y CINCO FOLIOS Y OTROSMANUSCRITOS INÉDITOS

Autor: Marcel Proust

Editorial: Lumen

Traducción: Alan Pauls

Precio: 19,85€