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La Opinión de Málaga

Biblioteca Castro

Ramón y Cajal, la ciencia de la vida

Cajal es el autor clásico más citado en la literatura científica, el más consultado por los investigadores, especialmente del sistema nervioso. Su obra ocupa un lugar preeminente en la historia de la ciencia y la medicina, a la altura de Newton o Darwin

Santiago Ramón y Cajal.

Ramón y Cajal es, junto a Severo Ochoa, el científico más importante, más universal, de la historia de la ciencia española, un genio a la altura de Newton, Einstein o Darwin, pero Cajal era también un hombre de extraordinaria curiosidad abierta al mundo, un hombre de su tiempo al que retrató en una obra literaria de gran capacidad que le valió incluso ser miembro de la Real Academia Española.

Ahora, a los 170 años de su nacimiento, Biblioteca Castro recupera lo mas escogido de su obra memorialista y de ensayo, en un exquisito volumen editado por Antonio Campos, de la Real Academia Nacional de Medicina de España.

El volumen de Biblioteca Castro recoge tres obras esenciales no científicas de Cajal: ‘Mi infancia y juventud’, ‘Los tónicos de la voluntad’, y, ‘El mundo visto a los ochenta años’.

En ‘Mi infancia y juventud’ nos detalla su infancia y juventud ligada al escenario social y político en el que transcurre. Así narra cómo fue la proclamación de la revolución de la Gloriosa en Ayerbe, donde estudiaba, con la lectura pública de las proclamas, los corros de vecinos en la plaza, los vítores a Prim, la actitud inmovilista de la Guardia Civil, el terror de los campesinos u otros hechos como las campañas carlistas en Cataluña o los avatares de la guerra en Cuba. Auténticos tesoros para la microhistoria.

En ‘Los tónicos de la voluntad. Reglas y consejos sobre la investigación científica’ Cajal establece dos grandes consideraciones sobre la ciencia. La primera es la necesidad de asentar la investigación en la observación, la experimentación y el razonamiento deductivo. La segunda es la necesidad de instruir y educar a los jóvenes en materia de inquisición científica. A partir de ahí desgrana un conjunto de reflexiones en las que aporta su experiencia como investigador

Sin duda el Cajal más literario, más vital y con más empuje emocional está en ‘El mundo visto a los ochenta años’. Es un texto, en gran medida autobiográfico donde Cajal va exponiendo reflexiones sobre la sociedad que le rodea a la luz de su edad y de su realidad científica.

Cajal describe la vida en las ciudades, la variación en el lenguaje, la evolución de las costumbres y moda femenina y lo que llama el «delirio de la velocidad», representado por los trenes, coche y aviones; pero también habla de arte, de la producción tecnológica o del patriotismo. El capítulo más sabroso es aquel en el que Cajal nos ofrece sus opiniones más personales sobre el mundo que le rodea, al margen de cualquier visión científica.

Hay una crítica general a la sociedad de su tiempo en la aceptación «inconsciente» por parte de los españoles de todo aquello que viene de fuera. Hay un «prurito de imitación simiesca» y una carencia de originalidad inaceptables. A la altura ya de sus ochenta años, Cajal se muestra contrario a muchos cambios que se producen como la desaparición progresiva de la barba y el bigote en los hombres, o la eliminación del sombrero. Rechaza también la práctica de los deportes de origen anglosajón, como el fútbol, el tenis, o el rugby y recuerda que los valores de ambición combatividad, disciplina no se enseña en los estadios sino en las escuelas.

Deplora «el delirio de la velocidad», la del automóvil, la del ferrocarril, que «escamotea el paisaje y suprime el encanto de la contemplación» y también el avión «un nuevo juguete peligrosísimo».

Frente al necesario ascenso de disciplinas científicas deplora, en cambio, que vayamos a la zaga en el arte de la invención industrial y que asista el país a una inundación creciente de máquinas importadas que «nos explotan y empobrecen». Hasta las modestas balanzas de las tiendas de ultramarinos vienen de Toledo, en Ohio, EEUU, se queja.

Su incomprensión del arte moderno y las vanguardias es total. Educado en el realismo de ese arte que imita a la naturaleza, considera el arte moderno una «degeneración» y lamenta que en los últimos año «nos han invadido los bárbaros nacidos casi todos en Francia, Alemania, Holanda o Escandinavia que tratan de envilecer nuestros museos con los engendros más disparatados» y añade que no hemos caído aún en España en las «idioteces deliberadas» de Picasso o de Kandinsky y sus «manchas indescifrables», inferiores a los dibujos del cuaternario.

Cajal fue un firme defensor de la unidad de la patria y su concepción del patriotismo tiene cierto regusto reaccionario, incluso. Sus comentarios nacen de su ideología muy conservadora en cuestiones políticas de tal manera que califica a la Segunda República de «aborrecido régimen republicano», a las Cortes de «asamblea revolucionaria», llama al líder vasco Sabino Arana «vacuo y jactancioso» y echa en falta «un cirujano de hierro» que imponga la unidad moral de la península.

Ya hace cien años Cajal advertía del «peligro» del separatismo catalán. Dice no estar en contra de la concesión de privilegios regionales «pero a condición de que no roce en lo más mínimo el sagrado principio de la unidad nacional».

«Me asombra que la mayoría de los catalanes deseen emanciparse y cortar las amarras. ¿Tan mal le ha ido a las oligarquías barcelonesas explotando el atraso y dejadez industrial castellanos?».

Y dibuja un panorama patrio parecido al actual: «Convengamos en que moramos en una nación decaída, desfalleciente, agobiada de deudas, empequeñecida territorial y moralmente, en espera angustiosa de mutilaciones irreparables».

Espera no obstante que en las «regiones favorecidas» prevalezca el buen sentido, sin llegar a situaciones de violencia y a desmembraciones fatales para todos».

Una última mirada, más actual, al mundo de la mujer. Cajal se felicita por los esfuerzos de muchas jovencitas por emanciparse del parasitismo familiar y que hasta entonces aspiraban a ser maestras, literatas, o modistas y hoy «aprovechando leyes generosas y equitativas» han asaltado la universidad y los cargos técnicos y políticos. Muchas de ellas son «médicas, abogadas, farmacéuticas, diputadas, y con el tiempo serán juezas y ministras ¿por qué no?», pero que todo ello «no la apartan de su misión esencial de captar, suave y dulcemente, al posible marido».

Obras escogidas

Santiago Ramón y Cajal 

Editorial: Biblioteca Castro

Edición: Antonio Campos 

Precio: 50€

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