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Diarios de Chirbes: Escribir es dudar

La segunda parte de los Diarios de Rafael Chirbes nos muestra las dudas, el pesimismo de un escritor que basa su grandeza en enfrentarse cara a cara a sus demonios

Rafael Chirbes

En la primera entrega de sus Diarios que Anagrama publicó en octubre de 2021 nos encontramos a un Rafael Chirbes aún fuerte de espíritu y cuerpo, en las dos décadas que van de sus 36 a sus 57 años y donde muestra de manera más descarnada, su mundo interior y los temas que le afectan, las relaciones sentimentales, las eróticas y también las amistosas, los placeres del sexo desenfrenado que siempre buscó en su condición de homosexual, del consumo de drogas y alcohol y también del peso de la amistad la felicidad, el amor; también sus ansias de escritor, su esfuerzo por alcanzar el reconocimiento, su inmensa capacidad de lector empedernido, sus viajes, sus películas.

En esta segunda entrega, de estos ‘Diarios. A ratos perdidos’, un Chirbes ya cercano a los sesenta años ha dejado atrás, por obligación o por consecuencia, esa vida anterior desordenada y la conduce ahora con el freno de mano medio echado, teniendo en los espejos retrovisores la visión de los desengaños y desencantos que le acompañarán en su día a día y que expone con melancólico realismo en cada página del diario. Le duele vivir, le duele la literatura y escribir... pero no ceja en ello. Hay un cuestionamiento permanente, constante de su capacidad para lograr sus exigencias vitales: la de escribir en primer término; hay un dudar de sí mismo, que le impone su alto nivel de exigencia con todo lo que afronta. Y junto a ello ese ensimismamiento, ese gozo vital por sus lecturas, las ciudades que visita, la música, el cine...

Como en los anteriores, estos diarios suponen una especie de desnudo integral del personaje por exigencia propia. Pero ahora hay un desánimo, un fatalismo que alienta su espíritu a fuerza de los desengaños y golpes recibidos. Franqueado más de la mitad del camino de la cincuentena, el escritor se siente golpeado, sin estímulos, mermado por la cercanía de la vejez y la exigencia de retirada. Por primera vez desde hace mucho tiempo le asalta la idea de «quitarme de en medio, encontrar un poco de paz». Pero el sufrimiento redime. «¿Y si viniera la muerte y se acabara el sufrimiento?»

Pero mantiene su deseo de escribir «sin prisa y sin miedo, ese nivel de exigencia, que le lleva a «no tolerarte a ti lo que no toleras a otros». Por esos las dudas y el pesimismo planean de continuo sobre la novela que está escribiendo, ‘Crematorio’, aquella que a la postre le dará el reconocimiento de escritor genial.

Cree que será la última; piensa que sus páginas están «cargadas de retórica», de eso que «Marsé llama prosa sonajero». Se acerca a sus páginas y cada día lo deja para otro día. «Me falla la fuerza, la voluntad, la inteligencia, qué se yo, me falta casi todo», y ca e en el derrotismo: «Tengo la impresión de que he quedado en fuego fatuo este oficio de escritor en el que tanto empeño he puesto y del que tan escasos resultados he obtenido». Le resulta duro vivir así aislado, solo y desconfiando permanentemente de sus novelas, dudando de ellas, sin darles valor. «Me digo: párate, baja. Ya está. Pero es tan poca cosa. Tres novelitas que son nada más que una. ¿Y todo eso en medio siglo?».

Hay una desazón permanente por el trabajo, el pensar de continuo que le falta reflexión, más elaboración, piensa que lo que escribe es solo el borrador de lo que debería escribir. La insatisfacción es permanente. Pero no ceja.

Pero junto a ello hay entrega y pasión, especialmente en sus lecturas. Demuestra ser un magnífico crítico literario y ensayista, que pone pasión fervor en sus escritos de manera que provoca que el lector se acerque a una librería a leer o a releer a tal o cual escritor.

Diarios. A ratos perdidos 3 y 4 

Rafael Chirbes 

Editorial: Anagrama

Precio: 24,90€

Nos da cuenta así de sus lecturas: Virgilio, Galdós, La Celestina, Montaigne Pierre Michón: «que hermosura de sonido, que envidiable literatura», Patrick Modiano, Memorias de Adriano, La Regenta, donde admira sus primeras páginas, su capacidad de seducción literaria «de la que carecen incluso las mayores novelas de Galdós».

Siempre encuentra agradable extasiarse con las ciudades que visita. Los bellos paisajes invernales de La Toscana, o con París: «Ninguna ciudad del mundo me transmite tan intensamente la sensación de que el hombre es un animal civilizado», con Nápoles, «la ciudad de los grandes decorados, telones espléndidos que esconden miseria; con Nueva York o sus años en Marruecos «que me sedujo pues me ofrecía una serie de cosas que había conocido en mi infancia, mezcladas con otras desconocidas», con Valencia, que «sigue teniendo corazón y tripas campesinas, pero se esfuerza en enterrarlos bajo cosméticos de lujo, joyas caras y ropa de marca, una ciudad más ostentosa que rica».

Admirable su manera de describir su fascinación por Goya «sus elegantes grises la delicadeza de sus colores intermedios, los plateados, los tonos de acero, los matices de negro».

Pese a sus dudas, los Diarios constituyen una lección de literatura, un ejercicio de buen hacer literario con la impronta de un escritor de raza, bien cimentado en su época que señala con brío que «la literatura no es fábrica de consuelo, al contrario, desnuda y pone al descubierto los engranajes de su tiempo».

Así son sus Diarios un testimonio crudo y brutal, sin retórica ni maquillaje. Literatura de alto voltaje, al fin.

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